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Diana de Gales
Del Ritz de París a Althorp House
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"Debemos recordar que somos vecinos,
no una parte del continente. "
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... Y la frase de Bolingbroke (1678-1751) quedo suspendida en el aire pendiendo sobre Inglaterra y mecida por el eco como si hubiera sido recitada en las melodías celtas miles de años atrás.
Si todavía existe algo mágico en las tierras de Europa, sin duda es el ángel que planea sobre el pueblo inglés desde sus orígenes, y ese pueblo se ha conmovido con frenesí inaudito, en este cada hora más deshumanizado mundo nuestro, ante la trágica e inesperada muerte de Diana de Gales  y además ha reclamando, con grande insistencia, una clara manifestación de dolor humano en la Corona, egregio símbolo del frío Estado Británico, y la manifestación de la Reina fue mucho más lejos de lo que un latino pudiera haber esperado de los aparentemente hieráticos y distantes monarcas de los anglosajones.

El Reino Unido, que en esta historia llamaré INGLATERRA, dejó de ser parte del Continente tras la recesión glaciar. "Insular pero no aislada", separada del resto del Continente por una estrecha y poco profunda franja de agua fue el gran paraíso refugio de diversos pueblos continentales que sucesivamente invadieron la lejana Thule. Desde los Iberos (procedentes de España) hasta los Normandos, pasando por los Celtas, Romanos, Sajones y Daneses (Vikingos) las invasiones de la isla verde se suceden durante siglos dando lugar a una cultura, una personalidad y una forma de estado que la diferencian claramente de sus vecinos europeos.

Es la magia del alma celta, bretona y anglosajona la que siempre prevaleció entre las cálidas brumas y sobre los verdes prados ingleses  y la que una vez más ha conseguido unir a los británicos con las gentes del Continente y con las del resto del mundo. Los cinco continentes fueron alcanzados por la tragedia de una joven noble con una intensidad, nada frecuente ante otros acontecimientos, y tanto los vecinos próximos como los lejanos se sintieron, influidos por un despliegue informativo sin precedentes, integrados y satisfechos por la magnífica escenificación del dolor británico, que durante varios días fue reflejo de su propio dolor por la muerte de una famosa y ya legendaria princesa celta, alta, de cabellos de oro y blanca piel, que fue capaz de conmover miles de millones de corazones que se han unido a los de las bellas islas del Atlántico en una especie de rito idólatra de alcance mundial.

Diana de Gales, Lady Di, Lady Diana Spencer, inició el último día de agosto de 1997 un mágico viaje, desde el Ritz de París hasta su morada final en Althorp Hall, donde llegó transformada en el primer mito de siglo XXI. Un personaje peculiar que se incorporará a la galería de seres de leyenda universal y que ha conseguido hacer temblar los cimientos de la casa real inglesa y de los moradores del Palacio de Buckingham, residencia real desde 1837 que fue construida por el Duque de Buckingham en 1703 y adquirida por el Rey Jorge IV en 1762.

No creo que la Historia haya conocido una más espectacular y rápida resurrección de la imagen de  ser divino o humano, ni creo que se ha haya producido un fenómeno similar en la historia de otros planetas. Han corrido millones de litros de tinta, se han impreso miles de millones de periódicos y revistas y se han distribuido cientos de miles de imágenes y sonidos en todas las ediciones gráficas y electrónicas, analógicas o digitales, del mundo. Sensibilidad y sensiblería han emanado por todos los poros de una humanidad que colectivamente ha sentido deslizarse por su alma o su piel una lagrima de compasión por la Lady de nuestra era. Tardaremos en asistir a un fenómeno similar y solo Dios y Hollywood saben lo efímero o perdurable que puede ser su recuerdo. Será, en fin, lo que los medios de comunicación quieran.

Tanto la Reina Isabel y el Príncipe Carlos como el Gobierno de su Majestad saben sobradamente que deberán hacer gala de gran imaginación para evitar males mayores a una institución que en no pocas ocasiones, a lo largo de la historia de Inglaterra, se ha visto zarandeada por la opinión de un pueblo, exigente con sus reyes, que es capaz de destronarlos y reemplazarlos cuando defraudan las esperanzas que ha depositado en ellos. Once dinastías se han sucedido durante los últimos once siglos y desde el primer monarca de toda Inglaterra, el Rey Egbert de Wessex (802-839).

La esencia de Inglaterra está tan ligada a la sólida tradición de la institución monárquica como la esencia del catolicismo al Vaticano y hasta el republicano más radical dudaría antes de prescindir de ella. Será un tremendo error la destrucción de esta tradición que acarrearía la de otras muchas de ese pueblo encantador que ha sabido resistir el vulgar deterioro político en el que lo
s ambiciosos y ciegos burócratas europeos han sumido a otros países del Continente, en una sorda y equivocada lucha por barrer cualquier referencia superior que pueda distraer la mirada y dependencia emocional de las gentes.
 
 

Alfredo el Grande, Guillermo el Conquistador, Arturo, Enrique VII y Victoria, reyes, entre otros muchos, cuya mágica huella no ha borrado el tiempo, deberán negociar con Diana, en el Walhalla, el paraíso de los anglosajones, y bajo el arbitraje de Odín, Thor y Freya, la forma de reconducir los impulsos del pueblo que le llora conmovido por su desaparición. Carlos debe ser Rey y Diana debe ser colocada en un lugar preferente entre las Walkirias celestes y 
proteger desde allí el mantenimiento de la magia de una monarquía que ella no supo entender pero que, secularmente y sin interrupciones, presidió el destino de un pueblo que siempre destacó en la historia latina y cristiana, en el desarrollo de la civilización de nuestro mundo y en el progreso de los pueblos de su ya lejano Imperio.

Somos solo unos cuantos guerreros románticos los que seguimos creyendo que en el sentido contrario al devenir común está la verdadera esencia y la magia de la vida y yo Diomedes inspirado por mi entrañable compañero de armas Aquiles, el de los pies ligeros y corta vida, quisiera elevar desde esta publicación electrónica del siglo XXI un canto de inmensa confianza en la nación inglesa, en su monarquía y en su legítimo y paciente heredero, el Príncipe Carlos, resumiendo su historia conocida en las páginas de nuestra WEB. Historia que basada en la "Historia de Inglaterra" de André Maurois me permitirá unir, jugando con la magia de la máquina del tiempo, las epopeyas Homéricas en las que participé, a la epopeya de la Gran Nación Anglosajona.

Althorp Hall.- Origen y destino de Lady Di
 
 
 
"He tenido este pueblo más de diez siglos bajo mi custodia,
ninguno de los vecinos que osó desafiarnos pudo vencernos.
He sostenido bien a mi país y le he llevado a reinar durante siglos sobre medio mundo.
No he tenido hasta ahora emboscadas traidoras.
No he jurado en falso.
Estoy contenta de haber construido este tesoro para mi país y de haber mantenido su magia y sus hermosas tradiciones.
Ya no necesito estar aquí por más tiempo."
 
Esta monarquía no debe morir,
aunque fuera la última sobre la Tierra.
 


 

 
 
 
 
 
 

 
 
 
 

 
 
¡¡ Dios salve a Britania !!
¿¿¿...Que siga la comedia.!!!!
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