A&D
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"ELPuerto del Aguila"
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El Olimpo donde
Aquiles y Diomedes
¿descansan?
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Todos los dioses y amos del universo tienen su Olimpo,
allí descansan de sus frecuentes batallas y preparan su nuevas hazañas.
Algunos notables e intrépidos guerreros humanos no son menos
y también tienen los suyos.
Allí recomponen sus maltrechos cuerpos tras los combates
y preparan, entre trinos y el siseo del viento,
bajo el astro sol, las encinas, los eucaliptos o bajo las estrellas y la luna,
su vuelta al campo de batalla.
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Este es el Olimpo donde Aquiles y Diomedes
se pierden de cuando en cuando,
un paraíso de cerca de 900 hectáreas
al sur de Extremadura,
la dehesa "El Puerto del Aguila"
solo a trece kilómetros de uno de los
pueblos más bellos de España,
Llerena, un pueblo de la bella Extremadura.
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Llerena
 
Llerena fue un antiguo centro de poder español cerca de la famosa Ruta de la Plata. Allí tuvo sede "La Santa Inquisición". Y cerca, en Casas de Reina, tuvieron asentamiento las legiones de Roma, entre los muros de una fortificación sobre la colina y por el anfiteatro todavía suenan ecos en latín. En Llerena, el pueblo más estético y blanco de la región, la vida parece detenerse bajo un cielo azul intenso. Su plaza principal, está circundada: por níveas edificaciones soportadas por blancos arcos y columnas de piedra, por el ayuntamiento y por una grandiosa iglesia, de portal de piedra y blanco cuerpo, coronada por una soberbia torre de ladrillo rojizo plagada de palomas y cigüeñas que no cesan de revolotear, allá en lo alto en el campanario. La torre y su giraldilla desafían el intenso azul del cielo y en él penetran sin rubor.
 
En una de sus calles, próximo a la plaza, todo es próximo a la plaza en la que vivió Zurbarán, se encuentra el convento de clausura de las Madres Clarisas. A través del torno, no pocas veces, y tras hacer sonar un timbre que siempre suena lejano, y responder al musical "Ave María Purísima" de una invisible hermana, Aquiles y Diomedes han recibido la más deliciosa confitería. Las perrunillas, las yemas de Santa Clara, las princesas, los tocinillos de cielo, las sultanas, las delicadas palmeras de fino hojaldre y cualquier tipo de tarta han convertido los desayunos y postres, de nuestros héroes y sus familias, en un festín incomparable.
La belleza de las mujeres de Llerena y la amabilidad de sus hombres han sorprendido con frecuencia a Diomedes, el más receptivo ser a la hermosura femenina, la ternura y la hombría de bien. Tanto durante la Semana Santa, como en carnavales, hemos podido apreciar el magnetismo encantador y el resplandor de hembras de todas las edades, realzados con sus mejores galas.
 
Diomedes suele ir a desayunar a Llerena. Sentado en "La Casineta", bajo los arcos de la plaza, despacha, con despiadada gula, media barra de pan con aceite virgen de oliva con ajos, huevos fritos con panceta y un doble de café con leche que remata con un zumo de naranja, "para desengrasar". Entre bocado y bocado levanta la cabeza y su alma es inundada por la visión de la torre de la iglesia recortada bajo un cielo sin nubes o, a veces con "Davinccianas" nubes blancas plenas de sugerentes formas; "Es más bella que la Giralda"- dice contundente, como acostumbra a convencer a quien quepa la menor duda -.
Muchas tardes, antes del anochecer, tomamos en "Los Claveles" gambas y pescadito frito, ambos de excelente calidad, recién traídos de Huelva. Lo acompañamos con cerveza o con fino "La Guita", y allí, junto a la plaza,
todo toma mejor sabor que en la feria de Sevilla o en el Rocío.
...Y es que Llerena condensa todo el encanto y misterio
de los pueblos de Extremadura.
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Blanca Llerena, ¡¡TE AMAMOS!!
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El Puerto del Aguila
Igual que un cuadro sin marco no es nunca el mismo cuadro "El Puerto del Aguila" no sería el mismo sin la proximidad de Llerena.
A menos de treinta metros de la carretera comarcal de Llerena a Santa Olalla, que desemboca en la carretera general que conduce a Sevilla en menos de una hora, y nada más rebasado el arroyo de "los Molinos", a TRECE kilómetros de Llerena se encuentra situado el entrañable y antiguo cortijo de "El Puerto del Aguila". Comprende un conjunto de edificaciones, rodeado de leves y suaves colinas cubiertas de encinas y de una gran pradera que se extiende al sudeste,
frente a la fachada del edificio principal.
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(La nena favorita de Diomedes, junto a la iglesia)
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(Idem, junto a la fachada principal)
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¿ Quién será este?
Tal vez la reencarnación de Marte.
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El cortijo está enmarcado por el norte y sudeste por una hilera de eucaliptos de cerca de veinte metros de altura. Cuando sopla con fuerza el viento, sus ramas, emiten el rumor del oleaje del mar y, los troncos, ligeros chasquidos. Al cerrar los ojos y muchas veces, al despertar, cuando eso ocurre, nos creemos en las cubiertas de las naves que nos condujeron de Argos a Troya.
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(Ella, la favorita de Diomedes, sigue posando)
Adosada a la gran casa está la iglesia; una amplia construcción con hermoso altar y retablo, púlpito y coro, con su pequeño órgano, ya cansado y mudo. Una gran cruz blanca remata el campanario de dos enormes campanas. La cruz, que se divisa espléndidamente desde lejos, desde todos los cerros, suele ser la modelo favorita de los cientos de fotografías que Diomedes toma del "Puerto".
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(Ninfas y pequeños guerreros de la prole celebrando un cumpleaños)
 
 
En el puerto, "nuestro Olimpo", solemos coincidir con otros guerreros, divinos y humanos, de la familia, sus mujeres y su prole, y los días discurren apaciblemente. Largas excursiones a caballo y a pie, pesca, recogida de espárragos, baños en las siempre frías aguas, largas charlas, lectura, juegos de cartas.
Diomedes, tras sus lesiones en combate, rehuye la monta y camina durante horas por los montes, por el arroyo de Los Molinos y por el río Vial que recorren la finca. Se sumerge en las numerosas pozas de agua limpia y helada y toma el sol como los dioses le vieron nacer. Así despierta su insaciable apetito antes de las pantagruelicas comidas que nos ocupan buena parte del día.
Corderos, pavos, cochinillo, cocidos extremeños, fabadas y unos huevos de los de antes que saben a los de la madre de todas las gallinas, son parte de la dieta habitual durante nuestras estancias en el "Puerto".
Las ninfas, que son mayoría en la familia, juegan, además, a construir cabañas y charlan incansablemente, con ese don tan envidiable que los dioses han concedido a las hembras de todos los tiempos, para transportarse, delicada e imaginativamente, a escenarios diferentes del que suelen estar y que nada tienen que ver con  la indolencia, la pereza mental y los juegos guerreros o balompédicos de los jóvenes, enérgicos y rudos varones.
 
Y así es nuestro "esforzado" descaso en uno de los paraísos de este mundo. Un lugar sin teléfonos que suenen, sin cables eléctricos que rompan la armonía del paisaje. Sin más compañía que los corderos, vacas, cerdos, caballos y las verdes praderas y colinas, de las estribaciones de la sierra de Cazalla, en las que no cesan de pastar sin conciencia del paso del tiempo ni del fin que les espera. Aguilas y buitres en lo alto de los cielos de azul intenso.
Amaneceres con los primeros trinos de las golondrinas y el canto de los gallos. Puestas de sol en el cortijo leyendo bajo la luz color cobre del oeste y el canto vespertino de cientos de menudos pájaros.
En los ríos: carpas, barbos, galápagos y cangrejos.
En el monte: conejos, liebres, perdices, abutardas, patos, cigüeñas, búhos, cárabos. En la noche: todas las estrellas y el leve resplandor de otras galaxias, todo brillando exultante y atrayente contra un cielo negro, absoluto, profundo y sin fin; que algunos días la principesca luna llena  enturbia, borrando parte de las estrellas con su fría y limpia luz. En esas noches  hemos saludado eclipses y despedido al cometa Haley Bop e incluso al lejanísimo cometita japonés
cuyo nombre todos hemos olvidado.
Y Ese es, "El Puerto del Aguila"
un paraíso encontrado.
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A&D
 
  diomedes@terra.es