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Herodoto y la Historia

Introducción

En esta ocasión vamos a relatar muchos de los hechos que acaecieron en la antigüedad, en Grecia, Egipto y Asia Menor, según una de las muchas traducciones de la versión que nos legó Herodoto, para muchos, el Homero del siglo V a.C. Es la historia de una época convulsa, la de la formación de los imperios griego y persa y de decadencia del imperio de los faraones. Es la historia de una de las áreas de nuestro planeta, cuna de civilizaciones desde hace miles de años que, solo un siglo después de la muerte de Herodoto, fue el escenario de la cultura helénica que Alejandro Magno (356 - 323 aC), hijo y sucesor del rey Filipo de Macedonia, extendió desde Grecia hasta el río Indo en los límites con la India, tras el dominio de los estados griegos y la conquista de Egipto y de Persia.

Los autores son, una vez más, nuestros personajes inmortales de A&D, Aquiles y Diomedes.

Aquiles y Diomedes, queremos recordaros, fueron dos de los valerosos héroes de la Iliada de Homero (s.VIII a.C.) que participaron en el asalto final y destrucción de la Ilión del rey Príamo, durante la Guerra de Troya, allá por los últimos siglos del segundo milenio anterior a nuestra era. Para ellos, cuya memoria sobrevivió a su época, continúa siendo un gran placer colaborar en un nuevo trabajo y aportar su peculiar visión de los principales acontecimientos que tuvieron lugar en aquellas remotas épocas. Esta colaboración sigue siendo posible gracias a la inmortalidad que les ha brindado el webmaster, propietario y único dios olímpico de esta web, mediante un contrato indefinido que es la envidia de muchos de los humanos del siglo XXI, contrato que nada tiene que ver con la situación de "Eutanasia Laboral" con la que la civilización actual viene eliminando a sus mayores de los campos de batalla de nuestros días, despreciando "olímpicamente": sus conocimientos, su experiencia y su eficaz contribución en el desarrollo de las nuevas generaciones que hoy, en una alocada carrera de dudoso éxito para el auténtico desarrollo de la humanidad, les vuelve la espalda, iniciándose, así, una política sin precedente en la historia de las civilizaciones.

¿Quién fue Herodoto?

Nuestro historiador vino al mundo en Halicarnaso, una de las colonias griegas de Asia Menor situada al sur de la costa oriental del mar Egeo, costa de la antigua Lidia, más tarde Anatolia, hoy Turquía. Su nacimiento tuvo lugar en una fecha, difícil de determinar con exactitud, entre los años 490 y 480 aC., y su muerte ocurrió entre los años 429 y 425 aC. Pánfila, mujer erudita de los tiempos del imperio de Nerón, recién inaugurada la era cristiana, fijó su nacimiento en el año 484 a.C. Muchos historiadores han venido a coincidir en que Herodoto fue testigo de las guerras médicas y de las del Peloponeso (430 aC.). Fue un incansable viajero que recorrió varios países, además de los estados/reino de Grecia. Recorrió Egipto de punta a punta, parte del Imperio Persa, llegando hasta su capital, Susa, y, también, la Magna Grecia, que abarcaba Sicilia y la parte meridional de la península italiana, repobladas por los atenienses. Allí residió varios años, en la ciudad de los turios, pero se sabe que se encontraba en Atenas, en el año 432 a.C., durante la reconstrucción de la Acrópolis, en fechas cercanas a la del final de su vida.

Toda su obra fue redactada en prosa, utilizando el jonio moderno, por lo que es considerado el primer prosista entre los historiadores. Homero, unos tres siglos antes, utilizó en sus obras la gran variedad dialectal del jonio antiguo. La Iliada contiene diecisiete mil versos o hexámetros dactílicos y la Odisea, quince mil; tipo de versificación empleado como recurso para memorizar con mayor facilidad los extensos textos de ambos poemas épicos.

Como tal vez sepáis, la Odisea narra las aventuras de nuestro compañero Ulises, una vez finalizada su genial y decisiva intervención en la Guerra de Troya, durante el dilatado y accidentado periodo de regreso a Itaca al reencuentro de su reino y de los fieles brazos de su paciente y laboriosa esposa Penélope, cuya fidelidad conyugal contó con la protección de su bravo hijo Telémaco frente al acoso de los numerosos pretendientes que soportó, la prudente esposa, en ausencia de Ulises. La variedad dialectal de la Odisea y la falta de homogeneidad narrativa hace pensar que tuvo otros autores además o en lugar de Homero.

La escritura más antigua conocida, la cuneiforme, nació en la milenaria Sumer y, de ello, son testimonio las numerosas tablas de arcilla cocida encontradas en Mesopotamia, durante las expediciones arqueológicas de los siglos XIX y XX, entre las ruinas del palacio asirio del rey Asurbanipal, cerca de Nínive, así como en otros muchas ciudades de Oriente Medio que fueron desenterradas, a golpe de pico, por iniciativa de numerosos exploradores y arqueólogos, algunas de cuyas aventuras también damos a conocer en nuestra web sobre los "Mundos del Pasado".

En Grecia se utilizó la escritura desde el siglo XVI aC., la silábica lineal B, procedente de Oriente Medio. En el siglo X a.C., los griegos ya habían tomado parte del alfabeto fenicio o arameo, compuesto de 22 consonantes, e incorporaron una serie de vocales capaces de reproducir todos los sonidos del lenguaje. Este alfabeto fonético fue el precursor de los que, en Occidente, han llegado hasta nuestros días. Con él comenzó a desarrollarse la extensa producción literaria de la antigua Grecia, que el helenismo propagó más tarde a Italia, Egipto y Persia. El pueblo griego se distinguió de sus vecinos por ser un exaltado amante de la literatura y la cultura, un pueblo que sabía leer y escribir y que propició la primera "industria editorial" de nuestro mundo, industria que contó con Homero y Herodoto como primeros y más afamados e inmortales autores. Sus obras tienen infinitas ediciones que han sido consultadas y admiradas por unas 100 generaciones de lectores desde su creación durante el último milenio anterior a nuestra era.

Los gramáticos de Alejandría dividieron la historia de Herodoto en nueve libros, a cada uno de ellos le asignaron el nombre de una musa. De estos libros, trataremos de extraer lo que más nos haya impresionado por su originalidad o contenido, procurando dar a la narración una continuidad que refleje los acontecimientos más significativos de la historia de aquella época de formación de nuevos imperios en Asia Menor y en la Europa oriental.

En la época de Herodoto, los griegos considerábamos bárbaros a casi todos aquellos pueblos que no hablaban nuestra lengua, o cuya cultura o costumbres se alejaban de nuestra idiosincrasia o concepto de la moral. Un importante componente de la barbarie era la crueldad de sus actos y el trato indigno a sus semejantes. Herodoto tenía, como muchos de nosotros, un concepto de la divinidad parecido al que reflejó la Biblia judía. Creía en la existencia de una divinidad superior a otras más inmediatas, y que cada pueblo adoptaba una religión, con sus mitos y ritos, de acuerdo con las necesidades de relación con sus dioses. Algo, en el fondo, común a casi todos los pueblos de aquellos tiempos y a los que ahora, en pleno siglo XXI, habitan el planeta Tierra.

Tal y como hemos constatado en la bibliografía consultada para contrastar la información que brinda "La Historia de Herodoto", nuestro autor tenía cierta inclinación a magnificar la magnitud de los ejércitos y de los contingentes navales enfrentados en las batallas que narra y, además, aunque, como cualquier historiador, tendía a reflejar hechos de la tradición oral o escrita conocida en su tiempo, novela, en ocasiones, imaginando diálogos, entre sus personajes, de dudosa autenticidad. Nosotros hemos retocado o resumido algunos de estos diálogos procurando mantener la intencionalidad de los textos originales e, incluso, hemos respetado muchos de ellos íntegramente. También hemos introducido algunos comentarios para brindar al lector otras versiones posibles o ampliar la información facilitada por el historiador, de acuerdo con muchas de las investigaciones procedentes de los numerosos hallazgos arqueológicos de finales de nuestra era: en Grecia, Egipto y el Oriente Próximo, investigaciones que siguen aportando nuevos datos sobre la actividad humana y su historia en los Mundos del Pasado. Con lo que podemos afirmar que las civilizaciones actuales tienen mucha más información y más exacta de la que se tuvo durante la civilización grecorromana.

En otra página de esta web hemos descrito la historia de las civilizaciones de Oriente Medio y Próximo desde que surgieron, unos seis milenios antes de nuestra era, en las extensas áreas regadas por los ríos Eufrates y Tigris (Mesopotamia) y en su entorno; lugares donde se desarrollaron los imperios más antiguos de la historia de la humanidad. Los sumerios, hititas, hicsos, babilonios, mesopotamios, escitas, arameos, hebreos, fenicios, filisteos, asirios, egipcios, medos, persas y griegos, entre otros pueblos, aparecen en estas páginas, en un continuado proceso de mezcla de razas y culturas, en permanente conflicto hacia el progreso, desde la noche de los tiempos de la humanidad. La citada historia de estos mundos del pasado, en esta primera fase, finaliza en tiempos de Ciro "el Grande" y de Darío I, con la consolidación del imperio persa, que es donde, prácticamente, comienza la historia de Herodoto. La ofrecemos a nuestros visitantes para que puedan conocer los antecedentes históricos de la Historia de Herodoto, reflejados en nuestra historia moderna.

Como nuestro webmaster nos tiene para casi todo, en las presentes páginas iremos publicando la historia de Herodoto por capítulos, según los vayamos concluyendo, y añadiremos, progresivamente, enlaces activos a los textos de cada capítulo para ir completando la información original con datos de otros autores más modernos. Igualmente incorporaremos documentos gráficos procedentes de la extensa bibliografía ilustrada consultada que esperamos sirvan de gran ayuda a nuestros visitantes para la ubicación de los escenarios sobre los que se desarrollaron los numerosos hechos relatados.
 
 

La Historia de Herodoto

Clío - Libro I:

Los hilos de la historia

Desde la antigüedad remota - nos dice Herodoto - existía el pensamiento de que la tradicional enemistad entre griegos y persas obedecía a los raptos de mujeres, por una y otra parte, de sus respectivos reinos. Los persas mantenían que los fenicios fueron los primeros causantes de esas diferencias, cuando se trasladaron del Mar Rojo a la franja del Mediterráneo (hoy zona del Líbano) y emprendieron sus rutas mercantiles marítimas. Los fenicios también comerciaban con Argos, el reino de mayor importancia de la Grecia de aquellos tiempos. En una de sus recaladas en las playas de Argos, raptaron a Io, hija del rey Inaco, que con otras mujeres andaba de compras en el mercadillo fenicio y se la llevaron a Egipto a bordo de una de sus naves. Como represalia los griegos de la isla de Creta viajaron a Tiro, la capital fenicia, y secuestraron a Europa, hija del rey. Más adelante en raptaron a Medea, hija del rey de Colquide. Cuando éste pidió reparación a semejante agravio, los griegos se negaron a darla, pues dijeron que ellos tampoco habían recibido reparación alguna por el rapto de Io.

Dos generaciones después Alejandro (Paris, en la Iliada), hijo del rey troyano Príamo, raptó una mujer griega, Helena, (esposa de Menelao, hermano de Agamenón), y tampoco dio reparación alguna a los griegos, apoyándose en el rapto de Medea. Fue entonces cuando los griegos (expedición del rey Agamenón a Troya) destruyeron la ciudad de Troya (Ilión), situada a la entrada mediterránea del estrecho de los Dardanelos, que une el Mediterráneo con el Mar Negro o Ponto Euxino), iniciando así sus ataques a los reinos de Asia Menor (siglo XIII/XII aC.). Los persas, que consideraban Asia bajo su influencia o poder, no querían nada de Europa ni de los griegos y decían que ellos jamás habían reclamado a sus mujeres raptadas. Por su parte, los fenicios decían que el rapto de Io no había sido tal, pues la hija del rey se había enamorado de un capitán de una de las naves fenicias atracadas en Argos y se había fugado con él voluntariamente por temor a la furia de su padre, ya que estaba embarazada del capitán.

Herodoto nos cuenta su versión sobre las razones para la enemistad entre persas y griegos:

"En lo que a mi se refiere, en este tema no voy a decir que las cosas fueron así o asá. Pero el que a mí me consta que empezó a actuar injustamente contra los griegos, a este quiero señalarle sin embajes (señalará a Creso el rey de Lidia, área coincidente, en parte, con la actual Turquía) para luego proseguir mi narración. Yo he recorrido por igual ciudades de los hombres grandes y pequeños. De ellos, los que en el pasado fueron grandes, en su mayoría, se han convertido en pequeños y los que en mis tiempos eran grandes, anteriormente habían sido pequeños. Puesto que soy muy consciente que la prosperidad humana en ninguna parte es duradera, voy a recordar a unos y otros."

El Logos (ser/esencia) Lidio

Creso, rey de los pueblos que habitaban al oeste del río Halis que vierte sus aguas al sur del Ponto Euxino (Mar Negro), sometió las colonias griegas ubicadas en Asia (en la costa este del mar Egeo, parte del dominio jónico) y más tarde la emprendió con las islas griegas. Su objetivo principal fue el saqueo, con lo que la fortuna de Creso se fue haciendo inmensa, pues además en Lidia existieron grandes yacimientos auríferos. Así sometió a jonios, eolios y efesios.

Creso, de linaje lidio, pertenecía a la realeza (dinastía) de los Heráclidas. Pero su realeza no era pura, pues fue adquirida por el regicida Giges que, tras asesinar a su rey, Candueles, se casó con su hermosa viuda. Candules, tras 22 generaciones, unos quinientos años, era el último descendiente legítimo de Alceo, hijo de Hércules.

Entremos en la historia de este fantástico regicidio:

Candules estaba orgulloso de la belleza de su mujer a la que adoraba. Y se había empeñado en que su primer ministro, Giges, la reconociera como la mujer más bella del reino. Para ello, ante la prudencia o recato de su empleado en este aspecto, le propuso que se escondiera en el dormitorio real para observar a la reina al desnudarse antes de entrar en lecho nupcial. Giges se escandalizó y se opuso a semejante deseo del rey: "Señor que palabras tan insanas me dices cuando me fuerzas a contemplar la desnudez de tu esposa. La mujer cuando se despoja del vestido se despoja también del pudor. Yo te doy crédito: ella es la más hermosa de todas las mujeres. Pero te suplico que no me exijas cosas feas, pues desde antiguo hay un dicho que todos debemos aplicar: Que cada cual contemple lo suyo".

El rey insistió en su plan y a Giges no le cupo más remedio que aceptar la indigna misión. Llegada la noche, Candueles le escondió tras la puerta del dormitorio real para que pudiera salir, sin ser visto por la reina, una vez contemplado el desnudo. La reina entró en el dormitorio y se desprendió de los vestidos quedando totalmente desnuda antes de entrar en la cama. Visto el bello cuerpo de la reina, Giges se deslizó hacia la salida. La reina había advertido su presencia, pero disimuló y no dijo nada, pues supuso la complicidad del rey en la soez trama urdida y concibió vengarse de Candueles, ya que entre los lidios, como entre otros muchos pueblos, era una gran vergüenza ser visto desnudo, incluso para los hombres.

Al día siguiente, convocó a sus más fieles servidores y los dispuso a la venganza. Mandó llamar a Giges y le dijo: "Giges, te voy a dar a elegir entre dos caminos: O matas al rey, te casas conmigo y te adueñas del reino. O mueres tú por mirar lo que no debes y hacer caso de Candueles."

Tras profundas vacilaciones, Giges contestó tembloroso: "Ya que me fuerzas a matar a mi señor, ahora mismo quiero oír de que manera le echaremos mano" (¡Toma con Giges! - Así se las ponían a Zeus). La reina respondió: "El ataque partirá de la misma posición desde la cual me viste desnuda; el asalto será cuando él duerma" - respondió la reina sin parpadear.

Más tarde, cuando Candules reposaba, Giges, vigilado por los leales a la reina, para evitar que se arrepintiera o fallara en su fatal cometido, se deslizó hasta el lecho y partió el corazón del rey con el puñal que la bella le había procurado. Así se hizo Giges con el reino y con la hermosa viuda. (Un hombre con suerte).

Como los lidios se tomaron a mal la desgracia de Candueles - nos dice Herodoto - fue necesario que oráculo de Delfos, portavoz del dios Apolo en el Atica, se pronunciara en favor del regicida. Para ello, el nuevo rey envió emisarios con abundantes presentes y exvotos de oro y plata a la Pitia (sacerdotisa o médium) del oráculo. Además de los exvotos envió siete crateras de oro y plata que pesaban treinta talentos. Se cree que fue el primer bárbaro que consagró ingentes tesoros a Delfos, después del rey Midas, (otro de ricachón, famoso hasta nuestros días), hijo de Gordias, que en su día envió un trono de oro y plata que se encontraba, junto a las crateras, en Corinto. Este oro y plata son llamados por los de Delfos, gigadeos, en honor a Giges. El pronunciamiento de la Pitia fue favorable, pero lo acompañó de un mensaje (ambiguo como todos los que emitía el oráculo) que con los años se cumpliría: "Los heráclidas sufrirán castigo hasta el quinto descendiente".

Giges se convirtió en un tirano y reinó treinta y ocho años. Solo se distinguió por sus campañas contra Esmirna y Mileto, colonias griegas en Asia Menor.

Sigamos con Creso.

Creso acogió en su corte de Sardis al sabio legislador ateniense Solón, que había creado para los atenienses una serie de leyes con la condición de que no fueran derogadas en diez años, como mínimo. Solón, también, fue el creador del calendario ático que más tarde fuera aceptado por todos los griegos. Este calendario contaba con meses intercalares que se introducían periódicamente, entre el resto de los meses del año, para hacer coincidir las estaciones con los principios de mes y ajustar el año oficial al solar. Solón cifraba la vida media de un hombre en unos setenta años, 26.250 días.

Creso deseaba que el prestigioso griego le reconociera como el hombre más feliz de la tierra ya que poseía inmensos tesoros. Solón, utilizando su diplomacia habitual, no estaba dispuesto a ello y le dijo: "Muchos hombres ricos no son más que unos desgraciados, y muchos, que gozan de una hacienda moderada son afortunados" - y añadía - "El que consiga concluir felizmente su vida en posesión de la mayor cantidad de bienes y de dicha, podrá ostentar el nombre de "el hombre más feliz" - y continuaba su discurso - "En cualquier caso es preciso atender al final, pues a muchos el dios les ha hecho entrar en la felicidad para luego hundirlos de raíz".

Al omnipotente Creso le disgustaban estas consideraciones y despidió a Solón sin mediar palabra. Poco después, fue presa de un sueño terrible. Veía como uno de sus dos hijos, Atis, era traspasado por una lanza de hierro. Creso aterrado por la visión onírica, ante la posibilidad de perder a su único heredero, ya que su otro hijo era sordomudo, dejó de encomendarle tareas arriesgadas, limpió de los cuarteles de lanzas y jabalinas y comenzó a planear su boda para que sentara la cabeza y se asegurara descendencia.

En ello estaba, cuando un día apareció en el reino un extranjero que solicitaba ser purificado por el rey, de acuerdo con una antigua tradición griega que propiciaba que un hombre que hubiera cometido una grave falta en su país fuera rehabilitado en el de sus vecinos, si el rey del mismo lo consideraba apropiado. Creso lo hizo traer a su presencia y le pregunto cual había sido su crimen. "Me llamo Adrasto y maté voluntariamente a mi hermano. Fui desterrado por mi padre y despojado de todas mis propiedades" - contestó humilde el extranjero. Creso, deslumbrado por la noble presencia y sinceridad del extraño, le permitió que permaneciera en palacio mientras y que expiara su culpa.

Por aquellos días, había aparecido en los alrededores de palacio un enorme jabalí que aterraba a los campesinos. Atis, contra la voluntad de su padre, se empeñó en salir a darle caza y consintió en ser acompañado por Adrasto, como protección, contra una posible emboscada, impuesta por Creso, que no pudo resistir al ardor empleado por el joven en su empeño de salir a dar caza al salvaje animal, pues estaba hastiado de su largo encierro en palacio para evitar el riesgo de ser muerto según el fatal sueño paterno. En el ardor de la cacería, Adrasto lanzó su jabalina con tan mala fortuna que traspasó el cuerpo de Atis que de forma repentina se había cruzado entre él y el jabalí. Creso vio cumplido el vaticinio de su sueño y no quiso tomar venganza de Adrasto que, aterrado por su sino, se quitó la vida sobre la tumba del hijo del rey.

Creso vivió los dos años siguientes sumido en un profundo dolor, pero el hecho de que Ciro, rey de los persas, hubiera iniciado ataques a algunas ciudades aliadas de Lidia, le obligó a salir de su postración y se dispuso a frenar el creciente poderío de los persas. Antes de emprender la campaña, envió emisarios a consultar los oráculos griegos, libios y egipcios para conocer cual podía ser el más fiable para posteriores consultas sobre sus intenciones de guerra. Para esto, indicó que se preguntara a los oráculos: ¿En que se ocupa Creso, rey de Lidia, en su palacio de Sardis en estos momentos?. Cada emisario debería escribir y sellar las respuestas y llevarla, en secreto y velozmente, a Sardis, para ser contrastadas por Creso.

Solo el oráculo de Delfos adivinó lo que el rey estaba haciendo en el momento de la consulta. Su respuesta fue: "Se cuantos granos de arena hay en el mar y lo que éste mide. Entiendo el mundo y escucho la voz del callado. Me llega a la entraña el olor del quelonio, tortuga que cuecen sobre bronce, a la vez que tajadas de oveja. Debajo de la tortuga está el bronce, también por encima la cubre."

Cuando Creso recibió este escrito, no cupo en sí de gozo, pues él mismo había descuartizado la tortuga y la oveja que, después, coció en un caldero de bronce con tapa del mismo metal. El resto de los oráculos dieron respuestas muy alejadas de lo que se esperaba. Inmediatamente se puso a la tarea de reunir un gran tesoro para enviarlo a Delfos y preguntar sobre la suerte que le esperaba en caso de enfrentamiento con los persas de Ciro. Además, inmoló tres mil cabezas de ganado sin taras en honor de Apolo, dios protector del oráculo de Delfos, pues creía haber ofendido al dios por haber dudado de la veracidad del oráculo y haberle sometido a prueba. Quemo copas de oro, vestidos y túnicas en una gran hoguera; de esta manera esperaba ganarse al dios. Después, fundió gran cantidad de oro y moldeó ciento dieciséis baldosas. Cuatro, de ellas, de oro macizo con un peso de dos talentos cada una (unos sesenta kilogramos), el resto fueron de oro blanco de gran contenido en oro. Además, moldeó un león de oro de diez talentos de peso y dos crateras de grandes dimensiones. Una de ellas era de oro y la otra de plata de seiscientas ánforas de capacidad (cada ánfora puede contener hasta 37 litros). En las Teofanías, fiestas de primavera que festejaban la aparición de Apolo, los de Delfos mezclaban en ellas el vino con agua. Se afirmaba que las crateras eran obra del famoso artista Teodoro de Samos. Además, realizó otras ofrendas, entre las que se incluyó un apreciado cinturón de la mujer de Creso.

Los emisarios llegaron al oráculo y transmitieron la pregunta de Creso, en estos términos: "Creso, rey de los lidios y de los demás pueblos, convencido de que este es el único oráculo verdadero existente entre los hombres, ofreció dones que no desdicen las respuestas y ahora consulta si debe salir en campaña contra los persas y si debe añadir al suyo un ejército de soldados aliados."

Tal fue la consulta y los oráculos vaticinaron que si Creso salía en campaña contra los persas destruiría un gran imperio. También le aconsejaron que trabara amistad y alianza con el pueblo más poderoso entre los griegos.

Creso, que como estamos viendo a lo largo de esta historia, era un tío o muy prudente o muy desconfiado, insistió de nuevo, en dos ocasiones más, con nuevas preguntas al oráculo. Contestando a la última consulta, la Pitia le envió el siguiente vaticinio: "Tú, cuando un mulo resulte rey de los medos, entonces, lidio de pies delicados, al Hermo arenoso te escapas, no te sea rubor que te tilden de hombre cobarde".

Creso entendió que el dios le animaba a la campaña y se puso a la tarea de seleccionar el mejor aliado. Después de una intensa actividad diplomática, sin éxito, con atenienses y espartanos, estableció una alianza con los lacedemonios. Avanzada la preparación de la campaña, un lidio, de nombre Sándanis, le aconsejó que desistiera del empeño, pues el consideraba que no podría sacar ningún beneficio, ya que los persas, un pueblo austero, si se aficionaban a disfrutar de su contacto con las riquezas de los lidios se aficionarían a ellas y jamás podrían quitárselos de encima. Por otro lado, los persas nunca habían demostrado interés en atacar a los lidios, pues consideraban suficiente el alcance de su imperio. Pero Sándanis no consiguió convencer a Creso.

Este comenzó la campaña ocupando Capadocia (Siria) y extendiendo sus tropas hasta el sur del Ponto Euxino. Iba recogiendo efectivos de los pueblos ocupados y, así, llegó a su primer enfrentamiento con los ejércitos de Ciro. La contienda terminó sin el triunfo de ninguna de las partes en combate. Creso se dio cuenta de que se encontraba en inferioridad frente al ejército persa y decidió retirarse a Sardis para reunir más efectivos. Pero Ciro avanzó sobre Sardis y los lidios se vieron obligados a presentar combate en las afueras de la ciudad. Ciro utilizó los camellos de su intendencia como caballería de choque, aprovechando el terror que, tradicionalmente, inspira el camello sobre el caballo y situó la infantería como segunda línea de ataque. De este modo consiguió dispersar la caballería lidia y obligar a los lidios a replegarse y encerrarse dentro del recinto fuertemente amurallado de Sardis. Conseguido esto se inició el asedio de la ciudad.

Los refuerzos solicitados a Esparta no llegaron, pues los espartanos se encontraban enfrascados en otras contiendas. Después de catorce días de asedio, la ciudad fue asaltada por la acrópolis, un lugar en el que los lidios, por considerarlo inexpugnable, no habían puesto vigilancia. Cuenta la leyenda que, durante el reinado anterior, el rey Meles había paseado con un león por todo el recinto amurallado de Sardis, pues según los augurios así quedaban protegidos los muros de la ciudad contra los ataques, pero el rey no paseó con el león por la acrópolis, por hallarse, ésta, alejada del centro de la ciudad y considerar, aquella zona, inexpugnable. Sin embargo, los asaltantes penetraron por aquel lugar, tomaron la ciudad y apresaron a Creso que estuvo cerca de sucumbir a manos de un guerrero. Creso tenía un hijo mudo, sobre el que el oráculo hizo en su día un vaticinio a Creso: "Oirás su voz en un día que será el comienzo de todos tus males", y así ocurrió. Cuando el guerrero se disponía a dar muerte a Creso, pues no le conocía, contraviniendo las órdenes de Ciro, que le quería vivo, el mudo gritó: "¡Tú, hombre, no mates a Creso!". Aquellas fueron sus primeras palabras y después no dejó de hablar durante toda su vida.

Una vez tomada la ciudad, Ciro dispuso que Creso fuera quemado en la hoguera con siete nobles lidios a cada lado. Cuando la pira de leños ya estaba dispuesta y todas las víctimas atadas a sus respectivos postes, Creso invocó el nombre de Solón, pues recordó, entonces, el concepto que el sabio le había transmitido, en su día, sobre la felicidad de los hombres. Aquello despertó la curiosidad de Ciro y detuvo a los soldados que ya acercaban las antorchas a los leños. Creso tuvo que explicar a los interpretes lo que Solón le dijera en su día: "Se trata de un hombre por quien yo habría dado grandes riquezas a los tiranos, si les hubiera permitido oír lo que él me predijo a mí y que es extensivo a la humanidad entera y, principalmente, a todos aquellos que hoy se creen felices, pues predijo mi triste final cuando yo era un hombre rico y feliz." Ciro, escuchados los interpretes, advirtió que estaba a punto de matar a un hombre que había sido, hasta hacía poco, tan feliz como él mismo y temió ser castigado por ello, pues calculó que, entre los hombres, nadie goza de seguridad plena. Pero las llamas habían prendido un lugar de la enorme pira y los soldados no podían apagarlas.

Creso, al comprender la intención de Ciro, invocó a gritos al dios Apolo para que le asistiera. De pronto, se espesaron las nubes y un gran chaparrón sofocó las llamas. Ciro comprendió que Creso era un hombre piadoso, al que los dioses escuchaban, y ordenó que sus hombres liberaran a Creso y a los suyos. Y le habló así: "¿Quién te aconsejó salir en campaña contra mi país y te hizo mi enemigo en lugar de mi amigo?". "Rey - contestó Creso - el causante fue el dios de los griegos que me incitó a la campaña, pues nadie es tan necio que elija la guerra en lugar de la paz: en ésta los hijos sepultan a los padres, en aquella los padres sepultan a los hijos. Es cosa de los dioses que las cosas hayan ocurrido así. Creí que el oráculo me confirmaba la destrucción de tu imperio, cuando de la del mío se trataba. Tras oír estas palabras, Ciro mandó desatarle, le sentó a su lado y le trataba con consideración, pues le consideraba un hombre sincero y piadoso(era el año 546 a.C.).

Cuando Creso advirtió que los persas saqueaban la ciudad, casa por casa, preguntó a Ciro:

"Rey, ¿Qué es lo que hacen tus hombres con tanto interés?". "Saquean tu ciudad" - respondió Ciro. A lo que replicó Creso: "No saquean mi ciudad ni mis tesoros, puesto que ya no me pertenecen, lo que se llevan te pertenece a ti. Si tu les dejas saquear lo que es tuyo y hacerse con grandes riquezas, es de temer que ocurra que el que más haya obtenido pueda levantarse en tu contra. Por tanto, si te place, haz lo que voy a decirte: pon guardias en todas las puertas que quiten parte del botín a todos los que salgan por ellas, diciéndoles que se debe ofrecer un diezmo a Zeus. Así no te harás odioso por haberles despojado por la fuerza, sino que lo entregarán de buen grado, si se perciben que se obra rectamente." Ciro se alegró por el consejo, pues lo halló muy razonable, ordenó ejecutar la orden de Creso y le dijo: "Pídeme un don que te agrade y quisieras obtener ahora mismo", a lo que Creso contestó: "Señor, me concederías la máxima gracia si me permitieras enviar estas cadenas al dios de los griegos que más venero, Apolo, para preguntarle si tiene por costumbre engañar a sus bienhechores". Ciro concedió: "No solo obtendrás esto de mí , sino cualquier otra cosa que necesites".

Se enviaron emisarios a Delfos con la consulta de Creso y cuando regresaron a Sardis trajeron la siguiente respuesta del oráculo: "Incluso a un dios le es imposible cambiar el curso del destino, y estaba escrito que los descendientes de Giges pagarían por el regicidio cometido con Candueles. Apolo deseaba que el desastre de Sardis ocurriera a los descendientes de Creso, porque Creso le es grato al dios, pero no fue capaz de torcer a las Moiras (el destino). Aunque, también, debes considerar, que acudió en tu auxilio cuando estuviste a punto de ser quemado en la hoguera. Además, el vaticinio del oráculo fue que se destruiría un gran imperio y tú debiste volver a consultar para conocer si del tuyo se trataba, pero te ofuscaste. Tampoco entendiste lo que Apolo quiso significar con su último mensaje sobre el mulo, mezcla de asno y semental equino, pues se refería a Ciro, hijo de la hija del rey de los medos y de un persa de clase inferior a ella, debiste escapar al Hermo arenoso y no enfrentarte a Ciro".

(A continuación, Herodoto habla de las costumbres de los lidios, algunas de las cuales referimos aquí).

Creso poseía grandes tesoros procedentes del saqueo y rapiña de varios de los pueblos de la costa oriental del Egeo. Además disponía de grandes cantidades de oro procedente de los abundantes yacimientos auríferos de sus dominios (Herodoto cita las arenas auríferas del río Tmolo). Asimismo, nos habla sobre que las mujeres lidias se prostituían, además de practicar otros trabajos remunerados, como eran: la participación en la construcción de templos y la conservación de tumbas. "Exceptuando que sus hijas se prostituyen - dice Herodoto - los lidios tienen costumbres similares a las de los griegos: Fueron de los primeros hombres que acuñaron y usaron monedas de oro y plata y los primeros que se dedicaron al comercio. Los lidios cuentan que los primeros juegos, a los que hoy juegan los griegos, fueron de invención lidia y al mismo tiempo que los inventaron colonizaron Tirrenia (Valle del Po en la Italia central), pues, en tiempos del rey Atis, hubo en Lidia una gran escasez que obligó a emigrar a sus gentes. El rey dividió a los lidios en dos grupos y echó las suertes. Unos se quedaron en el país y otros tuvieron que abandonarlo. Al frente de los expatriados puso a su propio hijo, Tirreno, que condujo a los lidios hasta Esmirna. Allí, armaron naves y se hicieron a la mar hasta llegar al país de los humbros, donde fundaron la ciudad donde todavía habitan como tirrenos, en memoria del hijo del rey.
 
 

El Logos persa, 1ª parte

(Aquí describe Herodoto el sometimiento de Lidia a Ciro y se investiga quién fue Ciro y como los persas se hicieron dueños de Asia).

"Tal como algunos persas escriben, sin exagerar, las acciones de Ciro, así voy a escribir yo, aunque sé que sobre Ciro hay tres versiones distintas".

En los comienzos del primer milenio antes de Cristo, los asirios dominaban casi toda el Asia septentrional, hasta el Indo y la cordillera del Himalaya. Los medos se independizaron hacia el 700 a.C. El rey medo Deyoces se hizo con el poder y construyó la gran ciudad de Ectábana y en ella una fortaleza fortificada rodeada de cinco murallas concéntricas que pintaron de diferentes y llamativos colores. El rey se aisló en ella con sus más fieles servidores y se convirtió en un tirano que tenía dispersos por todo el reino una multitud de "agentes encargados de ver y oír", la primera policía secreta conocida, "los ojos y oídos del rey", y consiguió integrar las tribus desperdigadas por el territorio. Fraortes heredó el reino, tras los cincuenta y tres años de reinado de su padre, y sometió a los persas conquistando un pueblo tras otro. Después se enfrentó a los asirios y llegó hasta Nínive, pero murió durante el asedio a la ciudad con gran parte de su ejército, tras veintidós años de reinado.

Le sucedió Ciaxares que alcanzó un gran poder. Creo un ejército regular, estructurándolo en tres cuerpos: lanceros, arqueros y caballería. Extendió el imperio a occidente del río Halis y vengó la muerte de su padre arrasando la ya milenaria Nínive. Los escitas, pueblos europeos que habitaban las orillas del Volga y del Don, cerca del Mar Caspio, invadieron los territorios del norte de Asia, desde el Mar Azov. Rodearon el Cáucaso y vencieron a los medos en una gran batalla. Continuaron su avance hacia el sur en dirección a Egipto; pero cuando alcanzaron las tierras de Palestina, les salió al encuentro el faraón Psamético, "cargado de presentes", rogándoles que cesaran en su avance. Los escitas accedieron y regresaron hacia el norte, no sin antes saquear algunas ciudades sirias y el templo de Afrodita Urania de la ciudad de Ascalón. La diosa, como venganza, les pegó "la enfermedad de las mujeres", un tipo de enfermedad venérea causante de impotencia. Los escitas llamaron a estos enfermos "enareos" que significa castrados. Continuaron extorsionando a los pueblos de Asia a su antojo durante veintiocho años (633 - 605 aC.). Un día Ciaxares reunió en un banquete grandioso a todos los jefes escitas, cuando estos estuvieron borrachos los exterminaron en una sangrienta masacre con gran parte de sus tropas.

De esta forma, los medos recuperaron la hegemonía sobre los territorios ocupados, reconquistaron Nínive y sometieron a los asirios exceptuando a los babilonios. Ciaxares murió después de un largo reinado de cuarenta años. Le sucedió su hijo Astiages que tuvo una hija llamada Mandane. En un sueño, Astiages vio que de su hija manaba tal cantidad de agua (orina) que se inundaba toda Asia por completo. Los magos, expertos en oniromacia, pertenecientes a una de las tribus medas, asustaron a Astiages con su interpretación del sueño, de forma que éste evitó dar su hija en matrimonio a ninguno de los nobles del reino y la casó con el persa Cambises, considerado de inferior clase social, para que se alejara del reino. Astiages volvió a tener un sueño y le pareció ver que de su hija crecía una vid que se multiplicaba por toda Asia. Los magos interpretaron el sueño diciendo que el hijo que Mendane esperaba le arrebataría el reino. Astiages, alarmado, encargó a su primer dignatario, Harpago, que, personalmente, sin delegar la misión en nadie, raptara al niño al nacer y le diera muerte, y después le mostrara el cadáver como prueba del cumplimiento de su deseo.

Cuando el niño de pecho estuvo en su poder, Harpago no fue capaz de cumplir la horrenda misión y encargó de ella a uno de sus boyeros (pastor) de confianza que vivía en los montes junto al ganado, un lugar lleno de fieras al norte de Ectábana, ciudad situada al sur del Mar Negro. Pero la mujer del pastor había dado a luz un hijo muerto el día anterior. Cuando su esposo le contó los pormenores del cruel encargo recibido, se negó a que lo cumpliera. Le propuso que expusiera al hijo muerto en el monte y, después, lo entregara a Harpago. Así, ella se encargaría de cuidar del hijo de Cambises y Mendane como si fuera suyo y, de esa forma, el hijo muerto recibiría una sepultura real y el pequeño superviviente conservaría la vida. Cuando el boyero entregó los despojos del niño muerto a Harpago y, éste, lo expuso ante el rey, nadie descubrió el engaño y se le dio sepultura con todos los honores.

Cuando Ciro cumplió los diez años, ya era el cabecilla de su infantil pandilla, le habían nombrado su rey y acataban sus órdenes en los juegos de guerra a los que tan aficionados son los niños. Pero un día, uno de ellos, hijo de un importante personaje de la corte, Artambares, se negó a cumplir las órdenes de Ciro y éste no dudó en castigarle: le ataron a un poste y le azotó con un látigo. Cuando le soltaron, el niño regresó enfurecido a la ciudad y le contó a su padre la humillación recibida del hijo del boyero. Artambares fue con él a ver al rey y le contaron lo sucedido. Astiages ordenó la inmediata presencia del pastor y de Ciro. Cuando estuvieron ante él, el rey se dirigió a Ciro, preguntándole las razones que había tenido para humillar, de semejante forma, al hijo de uno de sus cortesanos. Ciro contestó con arrogancia y sin titubeos:

- "¡Soberano! Yo traté a éste con justicia, los niños de la aldea me proclamaron rey en nuestros juegos, ya que les pareció que yo era el más indicado para ello. El resto de los muchachos iba cumpliendo mis órdenes, pero este me desobedeció sin darme explicaciones, por lo cual recibió un merecido castigo, pero si yo debo ser castigado por ello, aquí me tenéis."

Astiages quedó impresionado y empezó a reconocerle, pues la respuesta había sido la de un hombre libre y su arrogancia propia de un dignatario (el genotipo) Además, en los rasgos del niño adivinaba los suyos propios. Así que, despidió a Artambares, dio orden de conducir a Ciro al interior de palacio y se quedó a solas con el boyero. Al atemorizado boyero no le cupo más alternativa que contar la verdad y el rey hizo llamar a Harpago. Este reconoció que había delegado la misión de dar muerte al niño en el pastor, pero que siempre creyó que el niño muerto era el nieto del rey. Astiages disimuló su cólera y dijo:

- "Lo que ha pasado a este niño a mí me ha hecho sufrir mucho, no ha sido cosa leve sufrir los reproches de mi hija ni los remordimientos. Pero ya que el destino ha girado esto para bien, tú, Harpago, manda a tu hijo a palacio como amigo del recién llegado y dispónte a acompañarme en un banquete que, por el muchacho, quiero ofrecer en acción de gracias a aquel de los dioses al que corresponda este honor.

Harpago regresó a su casa y envió a su hijo de trece años a palacio, como el rey había demandado. Cuando el niño llegó a palacio, Astiages mandó que lo degollaran y desollaran miembro a miembro y que asaran parte y cocieran el resto. Una vez que todo estuvo preparado, comenzaron a llegar los invitados al banquete, incluido Harpago. Astiages y los demás fueron servidos con tajadas de carnero, pero a Harpago le sirvieron las carnes de su hijo, a excepción de la cabeza, las manos y los pies que conservaron aparte en un cesto tapado, para que no advirtiera el engaño. Cuando Harpago hubo saciado su apetito, el rey le preguntó si había quedado satisfecho, él respondió que estaba muy satisfecho y agradeció al rey su generosidad. Entonces, los servidores, que habían recibido instrucciones en ese sentido, invitaron a Harpago a destapar el cesto colocado junto a él y a tomar lo que quisiera. Harpago destapó el cesto y vio los restos de su hijo en el interior. Aparentemente no se inmutó y cuando el rey le preguntó si había reconocido animal del que había comido la carne, Harpago le respondió afirmativamente y que aceptaba complacido todo lo que hiciera el rey. A continuación recogió el cesto con lo que quedaba de las carnes y se fue a su casa, ocultando el inmenso dolor que le atenazaba.

Ciro "el Grande"

En cuanto a Ciro, Astiages consultó con los magos lo que debías hacer y ellos le recomendaron que, aunque creían que el peligro del vaticinio que hicieron en su día ya había pasado, pues el niño ya había sido nombrado rey por sus amigos y nada había ocurrido al rey, era conveniente enviar a Ciro a Persia, junto a sus padres. Así se actuó, y Cambises y Mendane recibieron con grande alegría al hijo que creyeron muerto. Ciro creció y se fue haciendo un hombre valeroso muy apreciado en el país de los persas.

Harpago le enviaba con frecuencia magníficos regalos, pues, desde el banquete, había concebido la idea de vengarse de Astiages. Su estrategia consistió en ir convenciendo a los medos más poderosos de la necesidad de deponer al rey y de nombrar rey a Ciro. Cuando consideró que el terreno estaba suficientemente abonado, para comunicarse con Ciro y burlar la estrecha vigilancia de los caminos, le envió un mensaje en el vientre de una liebre que llevó uno de sus leales disfrazado de cazador, con la instrucción verbal que debía ser Ciro el que, personalmente, la desollara en privado. Ciro cumplió a rajatabla las instrucciones, abrió en canal la liebre y leyó el siguiente mensaje:

"Hijo de Cambises, los dioses velan por ti, de otro modo no habrías disfrutado la suerte que has tenido librándote de la muerte recién nacido. ¡Véngate de Astiajes, que me propuso asesinarte! Vives gracias a mí y a la voluntad de los dioses. Yo pagué muy cara tu salvación, como sabes. Ahora, si me haces caso, serás rey del país que gobierna Astiages, pues todos lo desean. Incita a la rebelión a los persas contra los medos y yo te ayudaré, pues Astiages me nombrará jefe de sus ejércitos para sofocar la rebelión y yo haré que todo se vuelva contra él. De modo que ponte manos a la obra cuanto antes."

Ciro, lo hizo. Convocó las diferentes tribus persas, comunicó su plan y los persas acogieron favorablemente la idea de rebelarse contra los medos, ya que estaban hartos de rendir tributo a Astiages y de ser considerados súbditos de inferior rango. Enterado Astiages de los planes de Ciro, le convocó a su presencia, a lo que Ciro contestó con ironía que se hallaría ante él antes de lo esperaba. Astiages, comprendiendo la respuesta, ordenó a los medos que tomaran las armas para sofocar cuanto antes el intento de rebelión persa y nombró a Harpago general en jefe del ejército. Cuando llegó el momento de la batalla, Harpago cumplió la palabra dada y el ejército medo se dio a la fuga sin apenas presentar resistencia. Astiages trató de reaccionar, convocando los escasos recursos militares que le eran fieles, y presentó batalla a las tropas persas que avanzaban sobre su reino. Fue derrotado y hecho prisionero y Harpago se presentó, rebosante de satisfacción, ante él, injuriándole. De este modo, terminó el dominio medo que se había prolongado durante ciento veintiocho años. Ciro retuvo a Astiages a su lado, sin causarle daño, hasta que murió. Así comenzó el dominio persa de Oriente Medio.

Costumbres persas

Entre ellas, destacaban: la ausencia de la habitual costumbre de erigir templos y estatuas en honor de los dioses, pues creían que los dioses no tenían naturaleza humana y la idolatría, común a otras culturas, les parecía una estupidez. Todos los dioses se concentraban en una sola divinidad, pero, desde tiempo inmemorial, también adoraban fuerzas de la naturaleza como el sol, la luna, la tierra, el fuego, el aire y los vientos. Habían aprendido de los asirios y de los árabes a rendir cierto culto a Afrodita Urania, Milita para los asirios y Alibal para los árabes; los persas la llamaban Mitra.

Los sacrificios eran celebrados en un lugar considerado puro, pero sin utilizar altares, aunque siempre en presencia de un sacerdote o mago que era quien disponía, a su antojo, de los trozos de carne sacrificada. Cuando comenzaba el sacrificio, el sacerdote entonaba un canto, himno o responso, que hablaba del origen de los dioses. El día más celebrado por los persas era el de su cumpleaños. Organizaban un gran banquete con abundante comida de carne buey, de caballo, camello o asno asados al horno. Los persas comían pocos platos, pero muchos postres que servían, a la vez, para saciar completamente el apetito y quedar satisfechos. Les gustaba acompañar las comidas con mucho vino y acababan todos ebrios, pero estaba prohibido orinar o vomitar delante de alguien. Cuando estaban embriagados, deliberaban sobre los más graves asuntos y las decisiones tomadas eran revisadas cuando estaban sobrios, aunque también procedían de forma contraria. Los persas de la misma clase social, se saludaban con un beso en la boca, y con uno en la mejilla si existía una pequeña diferencia social. Cuando había gran diferencia de clase, el inferior hincaba la rodilla en tierra y besaba la mano del de clase superior.

Los persas creían que su fuerza residía en el número de pobladores. Por tanto, un gran hombre se distinguía, no solo por su valor en la guerra sino también por el número de hijos que tenía, y el rey gratificaba económicamente a sus grandes hombres. La educación de los hijos se iniciaba a los cinco años y duraba hasta los veinte. Hasta los cinco años estaban al cuidado de las mujeres y los padres les ignoraban, para evitar quebraderos de cabeza en caso de que murieran durante la crianza. El parricidio era inexistente, entre ellos; los delitos solo se castigaban con dureza cuando estos se repetían y causaban un grave perjuicio. Las faltas más vergonzosas eran: la mentira y no pagar las deudas. Si un ciudadano enfermaba de lepra o de manchas blancas, era expulsado del territorio, pues se consideraba que había pecado contra el sol. La mayor parte de los cadáveres no eran enterrados ni incinerados para no corromper la tierra ni el fuego, eran devorados por las alimañas y los buitres (Costumbre que todavía se puede contemplar en algunas regiones asiáticas, donde se descuartiza a golpes el cadáver mientras las carroñeras cumplen su misión sanitaria).

Continuemos con la historia de Ciro

Tras la conquista de Lidia, los jonios y los eolios se apresuraron en enviar mensajes tratando de pactar un sometimiento al rey persa, en las mismas condiciones que los lidios. Pero Ciro les contestó "¡Basta ya de baile! Cuando os toqué la flauta os negasteis a bailar". La velada amenaza de Ciro, de proceder con ellos con mayor dureza, les forzó a la defensa de sus ciudades y a pedir la protección de Esparta. Pero los espartanos escurrieron el bulto, aunque enviaron un mensaje a Ciro, con veladas amenazas de represalia, en caso de que abusara de sus conquistas. Ciro, que lo que en realidad deseaba era hacerse con Babilonia y Egipto, dejó en manos de uno de sus generales el remate de la conquista de las colonias griegas y del Levante. Sardis quedó bajo el mando de Tabalo y el transporte de los tesoros lidios quedo a cargo de Pactias, un lidio. Pactias no tardó en encabezar una rebelión contra Tabalo. Enterado Ciro, pensó en sofocar la rebelión y expulsar de Lidia a los rebeldes, pero Creso le aconsejó que se limitara a sofocar la rebelión y que obligara a los lidios a un cambio de actitud cara al futuro, y le habló así: "Envía allí a alguien que les prohiba adquirir armas, oblígales a que se pongan túnicas bajo sus mantos, que calcen coturnos y que enseñen a sus hijos a tañer la cítara, a cantar y comerciar; pronto comprobarás que se te han convertido en mujeres de hombres que eran. Y ya no deberás temer más que se te subleven."

Ciro acogió con agrado el consejo y envió al medo Mazares con la misión. Cuando éste llegó a Sardis, Pactias había huido, comunicó las órdenes de Ciro y, a partir de entonces, los lidios comenzaron a cambiar de costumbres y de género de vida. Después, Mazares capturó a Pactias y sometió varias ciudades antes de morir. Le sustituyó Harpago que continuó su labor consolidando el poder persa en la región. En primer lugar atacó Focea; los focenses eran grandes marinos que habían descubierto regiones del Adriático, del Tirreno (Italia occidental), Iberia y Tartesos en donde habían entrado en relación con el longevo rey Argantonio. Harpago pidió a los focenses que se sometieran al poder persa de Ciro, pero estos, que amaban su libertad y odiaban la servidumbre, se hicieron a la mar con mujeres y niños y Harpago, finalmente, tomó una ciudad desierta. Algo parecido ocurrió con los teos. Focenses y teos, después de muchas peripecias, se establecieron en Córcega, Cerdeña y en el sur de Italia (la región de Calabria).

Después de someter a los jonios, Harpago sometió a los carios y a los licios y así controló el Asia meridional, junto al Egeo y el Mediterráneo; así como Ciro había hecho con la del norte, antes de emprender la conquista de Asiria, el imperio más rico, que se extendía sobre los dos ríos mesopotámicos, desde el nacimiento del Eúfrates y el Tigris hasta el Gofo Pérsico.

El Logos babilónico.

Tras la destrucción de Niníve, Babilonia se convirtió en la ciudad más importante de Asiria. Ocupaba una gran extensión, cuyo perímetro medía cuatrocientos estadios, (realmente no superaba los 20 Km.) y fue edificada como ninguna de las ciudades conocidas hasta entonces.

Estaba protegida por dobles murallas con cien puertas, rodeadas de un gran foso inundado con agua salada. El Eúfrates la dividía en dos barrios, repletos de construcciones de tres y cuatro pisos. En el centro de cada barrio se elevaba un gran edificio; uno de ellos era el palacio del rey y el otro el templo de Marduk (dios equivalente al Zeus griego, el dios Baal, citado en la Biblia). Sobre el templo había ocho torreones, uno sobre otro, y en el último estaba el templo del dios. En una habitación había una cama; los caldeos decían que, en ella, era donde Marduk pernoctaba con la sacerdotisa cuando acudía al templo. Debajo de esta estancia había otra con una gran estatua de oro del dios que Jerjes, hijo de Darío I, se llevó durante su reinado. Sobre Babilonia reinaron muchos reyes y la primera fue Semíramis (dudamos de esto). A ésta, le sucedió otra reina llamada Netocris que realizó grandes obras y canales. Cuando Ciro salió en campaña, un hijo de Netocris, Labineto, gobernaba Asiria. Cuando Ciro puso sitio a la inexpugnable Babilonia, se produjo una rebelión en el interior de la ciudad que facilitó la toma de la ciudad por las tropas persas. (Rebelión en la que sin duda estuvieron implicados los hebreos cautivos).

El país babilonio estaba surcado por grandes canales para la navegación y el riego de los campos. Además de cereales, la principal cosecha era la de dátiles, el fruto de Demeter, con los que se preparaban alimentos, vino y miel. Una de las costumbres que impresionó a Herodoto fue la de la subasta de doncellas casaderas al mejor postor. Los más ricos se quedaban con las más bellas y los pobres con las más feas e incluso recibían dinero por ellas. Como no existían médicos, otra costumbre era que los enfermos fueran conducidos al ágora y allí se les recomendara remedios por aquellos que habían padecido males parecidos (costumbre de la que también hacen uso muchos hipocondríacos en nuestros días). Los persas enterraban a sus muertos cubriéndoles con miel.

Una costumbre que le resultaba odiosa a Herodoto era que toda mujer del país debía, una vez al año, sentarse en el templo de Afrodita y entregarse a un extranjero. Se sentaban en unos pasillos y cuando el hombre depositaba el dinero sobre sus rodillas y exclamaba "¡Invoco a la diosa Milita (Afrodita)!, ellas no podían rehusar y se entregaban para cumplir el deber sagrado con la diosa. Las que estaban dotadas de belleza y figura regresaban pronto a sus casas, pero para las poco agraciadas la espera podía durar hasta tres o cuatro años. También los chipriotas tuvieron costumbres semejantes. Entre los babilonios existían tribus que solo se alimentaban de pescado; lo secaban al sol, luego lo trituraban y amasaban una pasta que comían cruda o cocida como el pan.

La muerte de Ciro

Cuando Ciro consiguió dominar toda Asiria, se dirigió hacia las llanuras orientales del Mar Caspio (cerca del Mar Aral), con el objeto de conquistar aquellas tierras del norte de su nuevo imperio. El Caspio es un mar interior que podía ser recorrido longitudinalmente por naves de remeros en unos quince días y de transversalmente en ocho.

En las llanuras orientales habitaban los masagetas, su reina era Tomiris. Los masagetas utilizaban en los carros y armas de guerra mucho oro y bronce, pues carecían de hierro y plata. Entre sus costumbres figuraba la monogamia, pero todos podían disfrutar de la mujer del prójimo, sin que ni la diferencia de edad fuese un impedimento. Cuando uno se hacía demasiado viejo, lo sacrificaban con su ganado y se pegaban el gran banquetazo. Este era el final feliz de su vida. Pero si se moría de enfermedad, no se comía su carne y se le enterraba bajo tierra; no ser inmolado se consideraba una desgracia y un deshonor. Los masagetas vivían de sus rebaños y del pescado del río Axares y bebían mucha leche. Veneraban al sol, el más veloz de los dioses, al que sacrificaban veloces caballos, "lo más veloz de todo lo mortal para el dios más veloz".

Cuando Tomiris conoció las intenciones de Ciro, le propuso dos alternativas: o ella se retiraba tierra adentro, sin presentar batalla, permitiendo la invasión o se le permitía integrarse con los persas en las tierra bajo su dominio. La mayor parte de los consejeros recomendaron al rey que aceptase la segunda alternativa, pero Creso, cuya influencia seguía siendo patente, le dijo: "Yo tengo una opinión contraria a la de estos, pues si accedemos a que el enemigo entre en nuestro territorio y se rebela después, corres el riesgo de ser derrotado y que los masagetas se extiendan por tus dominios. A mi me parece correcto que crucemos el río y que avancemos tanto cuanto ellos se retiren, para después derrotarlos con un truco. Prepararemos un buen banquete y dejaremos un pequeño contingente de hombres que lo disfrute y que les inciten a probar los manjares y el vino sin mezcla de agua. Cuando estén hartos y ebrios, caeremos sobre ellos con todo el ejército que, hasta entonces, permanecerá oculto".

Ciro, aceptó el consejo y respondió a Tomiris que podía retirarse tierra adentro. Luego pensando que la campaña sería larga, decidió que su hijo y heredero, Cambises, y Creso regresaran a Persia. Recomendó a su hijo que tratara siempre bien a Creso aunque la campaña contra los masagetas fuese adversa. Días después, Ciro cruzó el río Axares que le separaba de las tierras a invadir. Ya en territorio masageta, tuvo un sueño: vio a Darío, hijo mayor del jefe persa del clan Aqueménida, Histaspes, con dos alas en los hombros proyectando una enorme sombra que abarcaba Europa y Asia. Esto le hizo pensar que Darío, de solo veinte años de edad, conspiraba contra él, pero el dios solo quería indicarle que Darío sería rey. Ordenó a Histaspes que enviara emisarios a Persia en su busca y le trajeran a su presencia, ya que por su edad no había participado en la campaña. (De hecho, Darío, a la muerte de Cambises durante su regreso de la conquista de Egipto, asesinó al hermano de éste y legítimo sucesor, y se hizo con el trono. Durante su reinado el imperio persa alcanzó el máximo esplendor).

Los masagetas actuaron como estaba previsto. Un tercio de su ejército se había rezagado en la retirada y atacó a los persas que simulaban disfrutar de un banquete. Estos huyeron y los masagetas se dieron el atracón y después, borrachos, quedaron dormidos. Ciro atacó entonces y mataron a muchos e hicieron prisioneros a otros, entre ellos a Espargapises, hijo de la reina Tomiris, que al despertar de la borrachera, humillado por su torpeza y viéndose prisionero, se suicidó.

Tomiris montó en cólera y amenazó a Ciro con exterminar su ejército si no se retiraba: "¡Te juro por el dios del sol, señor de los masagetas, que te hartaré de sangre a ti, el insaciable!". Ciro no hizo caso de la amenaza y avanzó sus líneas. Se trabó un feroz combate que duró varias horas y al fin los masagetas se hicieron con la victoria, sembrando de cadáveres persas el campo de batalla. Allí murió Ciro, llamado "El Grande", después de un reinado de veintinueve años. Tomiris le cortó la cabeza y la sumergió en un odre lleno de sangre, mientras exclamaba: "¡Ahora, según te amenacé, te hartaré de sangre!".
(Herodoto concedió más crédito a esta versión, de la muerte de Ciro que a otras muchas que habían llegado hasta su época; versión, además, muy próxima a las actuales. Ciro reinó desde el año 559 al 530 aC.)

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FIN
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Aquí termina el libro de Clío, con la muerte de un rey que fue bien admitido por los pueblos que conquistó, el rey que fundó el Imperio Persa, un rey tolerante, especialmente con el pueblo judío al que permitió salir de su exilio en Babilonia, marchar a Jerusalén y reconstruir su templo, tanta veces derribado a lo largo de la historia.
Seguiremos publicando otros capítulos

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