EL TIEMPO, EL CALENDARIO Y LA ILUSIÓN DE MILENIO

Albert Einstein teorizó sobre qué pasaría si alguien acometiese con éxito la por otra parte imposible gesta de
encaramarse en un rayo de luz: el premio, vino a decir, podría ser la inmortalidad, ya que para él se detendría el reloj
mientras "cabalgase". Y no sólo eso: esta ley se cumple empíricamente a cualquier velocidad, bien que
proporcionalmente. Para conseguir efectos de longevidad perceptibles se requieren vehículos capaces de altos
desarrollos y/o viajes prolongados (v.g., a 270.000 km/seg., una hora tarda dos "de las de fuera" en transcurrir). También
sabemos hoy que el tiempo y el espacio son aspectos de un ente único, el haz y el envés de la misma cosa, como
desde Maxwell lo son la electricidad y el magnetismo o, desde Einstein mismo, la masa y la energía. Finalmente,
yuxtaponiendo ambas aseveraciones, el descubridor de la relatividad estableció que en el mundo tetradimensional
que acababa de "inventar", el espacio/ tiempo nunca resulta una entidad de valor absoluto. En este sentido,
desmintiendo a Newton y negando el determinismo mecánico laplaciano, la ciencia del siglo XX postula que en un
universo incierto, en perpetuo y total movimiento como el que nos ha tocado, no existe punto alguno perfectamente
estático y por ello toda medición es siempre relativa a algo exterior que también se mueve... Por su parte, San Agustín
intuyó tempranamente que el tiempo es una singular propiedad del universo, nacido con él e inexistente antes del acto
de la Creación, el dìa sin ayer anunciado en 1927 por el padre de la teorìa del Big Bang, el humilde sacerdote belga G.
Lemaître.

Estamos pues frente a un concepto sutil y elusivo, terreno de la ciencia, la metafísica y, para algunos, de la mística. Sin
embargo, hoy es difícil poner en duda su sólido valor como entidad "palpable" -y desde luego mesurable- de la
realidad cotidiana. ¿No es acaso raro ver a alguien sin un reloj en la muñeca? ¿Hay quien ignore en qué año vive?
Pero basta un somero análisis para ponernos en guardia respecto a cualquier pretensión de solidez. Volemos a ras de
suelo para ver qué pasa, o mejor, qué ha pasado, con el depositario último de nuestras cuidadosas mediciones
cronológicas: el calendario, ese invento babilónico que ya va en pos de su 9° milenio.

Para empezar, resulta que aunque los mayas ya conocían y usaban el número CERO antes de que naciese Cristo, la
cultura grecorromana estaba in albis al respecto. Fueron los árabes quienes siglos después se lo "soplaron" a los
matemáticos occidentales junto con sus ágiles guarismos, que sí permitían las operaciones aritméticas, cosa harto
problemática con los hieráticos números romanos. Parece sin embargo que los propios árabes aprendieron el secreto
del número cero de los hindúes y bien pudiera ser que éstos lo tomaron de Dios sabe quiénes otros... En fin, tal como
se dice, al no existir ni siquiera el concepto del cero cuando se puso en marcha la cuenta del tiempo que hoy rige
nuestras vidas, resultó inevitable pasar del "menos uno" (el A.C.: antes de Cristo) al "más uno" (el A.D.: Anno
Domini/Después de Cristo), sin transitar por el hoy obligatorio vacío de en medio. Según esto, se ve fácilmente que el 1
de enero del próximo 2000 está a 1999 años de distancia del principio de nuestra Era.

Dicho lo cual, si fuésemos consecuentes con nuestro moderno apego a la exactitud cronológica, celebraríamos
puntuales el paso del milenio a las 24:00 del 31 de diciembre del 2000.

¿O no?

Desde otro enfoque, no vendrá mal repasar ciertos reveladores trances de la Historia. Nos situaremos para arrancar en
la Roma del postrer año del ostrogodo y arriano Teodorico, el primero en ostentar el título de "Rey de Italia". Hecha la
oportuna conversión, estamos en el 525 de la entonces todavía inexistente Era cristiana, la nuestra. En busca de
perspectiva, añadiremos que se trata del año que sigue al de la muerte del casi santo Boecio, el gran inspirador de las
letras alto-medievales con su estoica "De consolatione philosophiae", escrita en prisión antes de ser decapitado. Y ése
es el interesante vértice histórico en que un abad y matemático de nombre Dionisio y de apodo Exiguus (por su
menguada talla) fue designado por el papa Juan I para calcular la venidera serie de fechas en que ubicar las sucesivas
Pascuas de Resurrección. Doscientos años antes, en el primer concilio cristiano -el de Nicea, convocado por
Constantino- se había acordado que esa fiesta se celebrase en el primer domingo tras la luna llena inmediata al paso
equinoccial de primavera (21 de marzo), canon todavía hoy vigente a pesar de las provisiones correctoras hechas al
propósito por el Concilio Vaticano II. Se deduce que la referencia es el 14º día del mes Nisán o Abib hebreo, el Pesaj o
Pascua judía del ángel exterminador y del pan ácimo, que precisamente cae en esa luna llena, fiesta de la que los
primeros cristianos querían distanciar la suya. Con un arco de aplicación de hasta 36 días y sin tener a mano algo así
como la fórmula que el físico alemán Karl F. Gauss creó al efecto hace cien años, no es cosa sencilla saber en qué día
de marzo o abril caerá la Semana Santa de un año para otro.

Y puesto que, como se ve, el encargo papal requería los prolijos cálculos que demandan las todavía hoy vigentes
tablas de epactas, entonces recién inventadas, nuestro abad se dio tiempo arbitrando como punto de partida el año
531, en que ya estamos bajo Bonifacio II, el primer godo en el Sitial de San Pedro. Había sucedido a Juan I quien, no
habiendo escarmentado en la cabeza ajena del buen Boecio, fue encerrado hasta su pronta muerte en una prisión de
Ravena, acusado por Teodorico de flirtear con la rival Bizancio, su particular bestia negra. El caso es que tal
numeración no contaba para nadie en ese tiempo: para unos era el año 247 de la Era de Diocleciano, también llamada
"de los mártires"; y para el mayoritario resto se trataba del asimismo vigente 1284, que tomaba por referencia la
fundación de la ciudad de Roma. En suma, Dionisio, por su cuenta y riesgo, en puro gesto de desafección hacia los
calendarios paganos en curso, se sacó de la manga un punto de arranque para él muy apropiado: el del nacimiento de
Cristo. ("anno Domini nostri Jesu Christi DXXXI, tal como él lo tituló). Sobresaliente en matemáticas pero quizás no tanto
en Historia, el Exiguo eligió su AÑO UNO un poco a bulto. La verdad es que nadie sabía entonces (ni mucho menos hoy)
la fecha exacta de la primera Navidad. Baste señalar la improbabilidad de que fuese en diciembre, a juzgar por el
conocido insólito hecho de que los pastores que acudieron a ver al niño Jesús pernoctasen a la intemperie. ¿En pleno
invierno?

Pero hay más: arrojan luz sobre esta cuestión algunos cálculos hechos por esos ratones de biblioteca también
conocidos como hermeneutas si lo suyo son los viejos libros sacros. Estos eruditos primero acreditan históricamente
que la muerte del infanticida Herodes "el Grande" aconteció en el año equivalente al 4 antes de Cristo para después
basarse en la narración evangélica que San Mateo hace del episodio de la matanza de los Santos Inocentes... y concluir
en que hay que ubicar el acontecimiento de Belén en esa inmediación temporal.

Bueno, ya lo sabemos: ahora resulta que el paso del milenio se nos deslizó sin ruido, sin pena, gloria ni efecto 2000
hace cosa de cinco, seis o siete años...

Preciso es aclarar que Dionisio no fue el único que enredó en esto del calendario: en octubre del 48 A.C., el gran Julio
César llegaba a Egipto persiguiendo a Pompeyo. El trabajo sucio de acabar físicamente con su rival se lo hizo sin contar
con nadie y por la vía rápida el rey egipcio Ptolomeo XII (otro Dionisio de nombre "de pila", griego al fin y al cabo que
era, como todos los modernos faraones desde que Alejandro Magno instauró la disnastía encabezada por su general
Ptolomeo, el primero de la serie, tal como Napoleón hizo en Suecia con el infiel Bernadotte). El caso es que al huésped
romano no le gustó el obsequioso regalo: honró fúnebremente a su antiguo amigo-tornado-enemigo y encarceló a un
sorprendido y atribulado Ptolomeo. Acto seguido hizo llamar a la hermana y esposa del preso, la notoria Cleopatra,
refugiada como estaba en Siria por haber apostado por Pompeyo antes de la debacle de Farsalia pocos meses atrás.
Debió influir en el ánimo de César el hecho de que ella tenía entonces 22 gloriosas primaveras, una nariz algo
ganchuda -feucha pero resultona- el cuerpo a escala dos tercios de una Cindy Crawford (dicen, pero seguro que
exageran) y desde ese momento mucho que agradecer al conquistador de las Galias. Éste, ya cincuentón, picó muy a
gusto el anzuelo de aquel portento de mujer con la que con intenciones de alta política tuvo un hijo, Cesarión, de tan
trágico destino como sus dos progenitores. Para más lío, el depuesto rey-hermano-esposo de la ya reina-en-solitario se
alzó en armas tras haber sido "excarcelado" para acallar las fuertes protestas populares. Cuando murió ahogado en el
Nilo tras su derrota frente al aliado de Roma Mitríades. Cleopatra, para guardar las apariencias, se casó con su otro
hermano: Ptolomeo XIII "el Niño", de doce años. Este rey nominal murió al poco, envenenado por su adúltera esposa,
fratricida hermana y ponzoñosa cuñada.

¿Alguien se ha preguntado alguna vez cuál es el significado de la palabra "arpía"?

Reanudamos el hilo de nuestra historia de la mano del poeta-historiador Lucano, quien sitúa la siguiente escena del
drama en uno de los banquetes con que Cleopatra agasajó a su novio romano a lo largo de los nueve frenéticos meses
que éste pasó en Egipto. Dice este sobrino de Séneca en su relato que la reina bailó anticipatoriamente a lo Salomé
para su protector mientras éste prestaba atención a la explicación que alguien le daba sobre las peculiaridades del
calendario egipcio, basado en el ritmo exacto de las inundaciones del Nilo. A pesar del curvilíneo, insinuante y muy
distrayente espectáculo, algo se le debió quedar en la mollera a César porque, a su regreso a Roma al año siguiente,
concibió y parió -asistiéndole en el "alumbramien-to" el sabio alejandrino Sosígenes- un nuevo calendario superador
del rudimentario y gastado del legendario rey Numa Pompilio (el sucesor de Rómulo) cuyo módulo constructor era el
mes lunar puro y simple, daba años de 355 días, exigía continuos ajustes no siempre santamente ejecutados y por todo
ello acumulaba insufribles errores.

A este segundo rey de Roma debemos la incorporación en el siglo VII A.C. de los meses de enero (Januro, del dios
Jano) y febrero (Februo, el otro nombre de Plutón) al calendario previo de sólo 10 meses. Por ello, los cuatro últimos
nombres del actual conservan sus originales resonancias ordinales con un desfase de dos puestos por defecto (v.g.
octubre = octavo en vez de décimo). Añadamos que Julio César hubo de inaugurar su nueva cronología injertando a su
calendario 17 días de un golpe y, entre otras provisiones, aumentando en 10 días el año antiguo. Así liberó al mundo
romano de la cronología puramente lunar, pasándose/pasándonos a la solar. La referencia primordial siguió sin
embargo siendo la fecha de la fundación de la ciudad de Roma, que ya se ve no es eterna...

Y es que al multiplicar por 12 los 29’5 días que dura el mes sinódico salen 354 días: la duración del año lunar estricto,
ello sin tener en cuenta las 3 centésimas de error mensual por defecto que hoy sabemos faltan a esa medida. Estamos
hablando de la clase de mes cuya duración se hace cargo del recorrido "extra" de la Luna arrastrada por la Tierra en
su decurso solar, a su vez arrastrada por el astro rey en su propio periplo. Por su parte, el llamado mes sideral se
refiere al tiempo que le toma a nuestro satélite circunvalarnos, sin más movimientos asociados. Mide 27’32 días,
exactamente la duración del "día" lunar, lo que da razón de lo de su cara oculta. Aunque cuesta algún esfuerzo "ver"
el porqué de tal fenómeno, lo cierto es que no es casual que sea así. La explicación radica en que también nuestro
planeta produce enormes mareas en su satélite, a la recíproca, e interviene poderosamente en los sucesos lunares.

A diferencia de los musulmanes con su puro año lunar de 354 días, nosotros nos regimos por año trópico = 365’2422
días solares medios, el que mide la distancia temporal entre dos pasos consecutivos de la Tierra por el equinoccio
vernal o de primavera. Debido al desplazamiento de este punto hacia el Oeste, su duración es unos 20 minutos menos
que la del año sideral. El año trópico nace de las necesidades sentidas por todas las culturas primitivas,
primordialmente preocupadas por el ritual y las cosechas. Una, la de los mayas, logró medirlo con un error de 0’0002
(unos 3 segundos) mil años antes de la modificación gregoriana. Con los medios al alcance de estas civilizaciones
tempranas, resultaba más sencillo establecer el día en que las horas de luz se igualaban con las de oscuridad que
medir unidades temporales a lo largo de todo un ciclo anual.

Correspondiente a su homónimo mensual, ya mencionado, existe el año sideral. Es el que mide el lapso entre dos
pasos consecutivos de la Tierra por el mismo punto de la eclíptica (v.g. su afelio o, similarmente, el perihelio). Su valor
(365’25964134 días solares medios) es de interés puramente astronómico.

En fin, es de admirar que el nuevo año juliano, de 365 días y cuarto, llegase a una aproximación centesimal. Esa
fracción de día nos adentró en el uso de los años bisiestos, genuina aportación egipcia que allí fue posteriormente
abolida por el Islam hasta que, en viaje completo de ida y vuelta, los cristianos coptos la trajeron para sí a la casa
originaria. La anécdota del calendario juliano es que la teoría no se aplicó bien al principio y tuvo que ser Augusto
quien, tras suprimir varios bisiestos seguidos, enderezó las cosas allá por el año 8 de nuestra Era.

Y tal era el marco en que se movía el Exiguo cuando para su coleto lo adaptó al suyo alterando sólo el punto cero
-mejor dicho, UNO- de la cuenta anual, como ya sabemos. Como también que su "invento" fue olímpicamente ignorado
en su tiempo...

Pero existía un deslizamiento astronómico provocado por la implacable acumulación de los 11 modestos minutos y 12
segundos de exceso anual que, como se dice, inevitablemente se le colaron de rondón en sus cálculos al ayudante de
César. Bien mirado, fue toda una hazaña haberlo hecho con el instrumental disponible: el clásico y coquetón reloj de
arena, tan ornamental hoy como incalibrable siempre. Quizás fuese una "sofisticada" clepsidra pero, a efectos de
precisión, algo aunque poco cambia el agua como sustituto de la arena. También era entonces de uso corriente el reloj
de sol, escasamente apto para medir decimales... Habrían de transcurrir 18 siglos para el advenimiento del primer
cronómetro digno de ese nombre: en 1765 la Junta Inglesa de la Longitud adjudicó a un tal John Harrison el premio del
concurso convocado para resolver de una vez por todas el acuciante problema de la determinación de la longitud en el
mar, dato imposible de poseer con la exactitud necesaria sin un buen reloj. Sirva la anécdota de que a mister Harrison
le costó Dios y ayuda cobrar su premio....

Con el paso de los años el deslizamiento se hizo notar. El primero en darse cuenta de tal asincronía fue el benedictino
inglés Beda el Venerable, santo y doctor de la Iglesia. Sin embargo, como otros sabios después que él, dejó las cosas
quietas para no trastocar lo que píamente tenía por cronología sagrada. Pero sí se aventuró a utilizar el olvidado
sistema propuesto dos siglos atrás por Dionisio el Exiguo a la hora de fijar las dataciones en su "Historia Ecclesiástica
Gentis Anglorum", acabada en el año 731 "ab incarnatione Domini", tal como dejó escrito. Y como Beda era de los que
sientan cátedra, a él debemos el espaldarazo que para su definitiva implantación necesitaba nuestro calendario
cristiano...

Cursan ya los plúmbeos siglos de la Baja Edad Media y entra en la escena del siglo XIII un gran animador del mismo,
el franciscano Roger Bacon, científico de casta y filósofo universal. Precursor de Galileo al propugnar el método
experimental como el único científicamente seguro, postuló la primacía de esta clase de ciencia sobre cualquier otra
forma de conocimiento. Pronto entró en colisión con la aristotélica tradición científica al uso, lo que terminó
poniéndolo entre barrotes, tras los que pasó gran parte de su vida adulta. Tres siglos y medio después, su émulo pisano
no le superó en esto con esos nueve últimos años de la suya bajo lo que hoy llamamos arresto domiciliario.

El caso es que los poderosos enemigos eclesiásticos de nuestro iconoclasta fraile sabían que éste mantenía asidua y
privilegiada correspondencia con Clemente IV, lo que provocaba enormes suspicacias y no pocos celos. Ambos se
conocían de cuando el franciscano enseñaba en la Sorbona y el futuro Papa provenzal se llamaba Guido Foulques
(apodado "Le Gros = el Gordo"), soldado primero y eminente jurista y consejero del mismísimo San Luis IX que fue
después. En una de sus cartas, allá por el 1267, Roger -que tenía un genio del diablo- hizo saber al Pontífice que había
detectado una tal falta de alineación astronómica respecto a la fecha "oficial", que se imponía una pronta drástica
corrección. Pero el Papa murió al año siguiente; y el célebre fraile, vulnerable sin su admirador y protector -que ya le
había sacado del calabozo en una ocasión- pronto terminó, como se ha dicho, en una celda conventual donde pasó 14
años por introducir "novedades sospechosas" en su copiosa, original, brillante, anticipatoria y provocativa obra
filosófico-científica. El Doctor Admirable murió, ya octogenario, a los dos años de ser liberado a la muerte del papa
Nicolàs IV, a quien no debía caerle muy bien.

Y ya no hubo nueva oportunidad hasta el pontificado de Gregorio XIII. Bajo un mandato emanado del concilio de
Trento, este Papa, ni corto ni perezoso, bien y largamente asesorado por el prestigioso matemático Bamberg y
póstumamente por el no menos eficiente Luigi Lilio, asió el toro del calendario por los cuernos y decretó en 1582
(trescientos y pico años después de la científica y apremiante "llamada al orden" de R. Bacon) que los fieles que se
fuesen a la cama el martes día 4 de octubre despertasen sin más el miércoles 15 (todos menos quienes, como Santa
Teresa de Jesús, no abrieron los ojos ese amanecer ni nunca jamás). De esta forma se amortizaban los 10 días de
exceso acumulados desde Julio César. Para prevenir futuros deslizamientos se afinaron los decimales acordando que
de los años terminados en dos ceros sólo fuesen bisiestos aquéllos cuyas dos primeras cifras fuesen divisibles por 4. El
1900 no lo fue y el 2000 lo será. Así de sencillo es el que llamamos calendario gregoriano.

Bueno, en sus comienzos no lo fue tanto. En los principados alemanes afectos a Roma, las masas se echaron a la calle
para protestar por los 10 días que alguien pretendía robarles, mientras que los prestamistas se devanaban los sesos
tratando de ajustar los réditos en un mes de ¡21 días! Y los recaudadores reales se hacían parecidas preguntas sin
respuesta. No sorprende saber que los protestantes explotaran la confusión reinante atribuyéndola a las fuerzas del
Maligno operando en y desde la persona del odiado Pontífice.

Sólo España y Portugal -a la sazón incorporada a la corona de Felipe II- se adhirieron al edicto papal sin rechistar,
además de las repúblicas y los Estados Pontificios que formaban Italia. El resto de los católicos europeos obedecieron
dos años más tarde, mientras que los protestantes tardaron más de un siglo en ver la luz. Inglaterra se tomó 52 años
más en pasar por el aro, bajo los auspicios del conde de Chesterfield (no, no se trata del descubridor del tabaco; su
introducción en Europa se lo debemos al francés Jean Nicot, allá por el 1556. ¿Suena ese apellido a algo?).

Tras años de campaña "promocional", el dicho conde inglés logró que la Cámara de los Comunes acordase que los
súbditos de su graciosa majestad se acostasen un miércoles día 2 de septiembre de 1752 para despertarse un jueves
día 14. Es preciso observar que en esta ocasión los ingleses hubieron de añadir un día (11) a los de la corrección
gregoriana (10) cuando, como acostumbran hacer, volvieron al redil europeo con tal tardanza que el tren del sol ya ni
se veía desde el andén. Pero la marca es para los suecos, que se hicieron eso, el sueco, un año más.

De nuevo se armó el follón. Las anglicanas turbas se manifestaron con violencia pidiendo la devolución de los
preciosos once días sustraídos a sus vidas; y hasta hubo muertos. Los banqueros londinenses rehusaron pagar los
impuestos correspondientes a esas inexistentes jornadas y forzaron la modificación del final del año fiscal que hoy y
desde entonces cae en el 5 de abril en vez del previo legal 25 de marzo.

No ha faltado el "hipo" de la Revolución Francesa -con su pintoresco calendario ateo y decimal, sostenido durante casi
14 años- y la renuencia de los cristianos ortodoxos. A ésta se debe el que la Revolución Rusa de octubre (25) sea para
nosotros la de noviembre (6), lo que arroja un saldo de 12 días. Preciso es añadir que los bolcheviques rompieron con
la ortodoxia y se hicieron gregorianos cronológicos antes del primer aniversario de su triunfo. Grecia siguió juliana
hasta 1923.

Hoy todo el mundo occidental está ya de acuerdo en lo de las fechas, pero queda en pie la pregunta del milenio que
viene. Y es que, además del soslayado tema del desfase de hasta dos horas existente entre la hora oficial (llamada
"ecológica") y la hora universal (la astronómicamente auténtica); de las considera-ciones hechas a propósito del
inexistente AÑO CERO; sobre la ignota auténtica fecha del nacimiento de Cristo y, finalmente, acerca de la historia de
las centésimas del calendario juliano, nos queda al menos una penúltima cuestión por resolver. Veamos: también a
nuestro gregoriano se le cuelan entre los dedos 26 segundos (siendo 2’5 centésimas más corto, se origina una
acumulación de error de 1 día, 4 horas y 48 minutos cada 4.000 años). Esos segundos de nada se han convertido hoy en
una acumulación de casi tres horas, bien que, calculadora en mano, sabemos que hasta el año 4909 no se podrá
corregir el día entero. (Entre nosotros: la cuestión práctica de reducir mediciones de sucesos astronómicos que
comportan varios decimales a cifras de días y meses enteros es como aforar agua ayudados de una cesta de mimbre.)

De lo cual se desprende que cualquiera que sea el día bueno para la celebración del paso secular-milenario (sin entrar
en otras consideraciones, que haberlas hailas) los puristas habrán de hacer sonar las campanadas a las 21: 02 en vez
de a las 24:00.

Y no nos metamos en el parchís del Año 2000 mahometano, chino, tibetano, persa o el de los judíos. Allá éstos con su
año 5760 (desde la creación del mundo al 30 de septiembre, nos dicen, pareciendo ignorar la palabra "millones" que
debiera ir detrás, o casi). Allá los primeros con su AÑO CERO de 354 días que empieza el día de la héjira de Mahoma,
allá por 16 de julio del 622 nuestro: que les vaya bien con su sistema lunar y ajustes en ciclos de 30 años que produce
dataciones difícilmente reducibles a las nuestras sin recurrir a complicadas tablas. Y, en fin, allá el resto de los citados
con su astronomía, su aritmética, su mística o su cábala. Nosotros ya tenemos bastante con nuestra dosis de
incertidumbre aun sin haber entrado a considerar un último asunto que desvirtúa la medida misma del tiempo, el que
toma por referencia el giro de nuestro planeta alrededor de su eje y se fija en las fases lunares.

Porque es un hecho científicamente cierto que bajo el efecto de las mareas se produce el telúrico rozamiento de las
masas acuáticas contra el fondo y las orillas de sus cuencas y de las distintas capas geológicas entre sí. Esto produce la
conversión en calor de una parte de la energía cinética de rotación y -el principio de la conservación de la energía
obliga- en una disminución en la periodicidad del giro planetario, algo del orden de un segundo cada 100.000 años.
Según esta teoría -confirmada por el estudio de las acrecencias diurnas y anuales de antiquísimos arrecifes coralinos-
los días son hoy más largos que cuando el planeta empezó a dar vueltas y, en consecuencia, todas nuestras
mediciones del tiempo están infinitesimalmente viciadas.

Hay cálculos que dicen que 570 millones de años atrás -época de los fósiles más antiguos- los días tenían poco más de
20 horas actuales y los años eran de 428 días. Sólo resta ponderar el aumento de la periodicidad del giro lunar que
esta permanente alteración "a la baja" conlleva y, en consecuencia, el incremento de la distancia de nuestro satélite a
la Tierra, según dicta la ley de conservación del momento angular. Aunque esto no afecta al tiempo que toma nuestro
recorrido orbital, sí hemos de afrontar el hecho de que los meses sufren los alteradores efectos "inflacionistas"
deducibles de la tercera ley de Kepler. Los meses y, allí donde se estile, por su mediación, los años.

Ironiza Stephen Hawking en su "Breve Historia del Tiempo" al decir que cuando alguien le preguntó a San Agustín "qué
hacía Dios antes de crear el mundo", debiera haber contestado: "preparar el infierno para quienes hacen esta clase de
preguntas". Al guiño del talentudo sucesor de Newton en la cátedra de matemáticas de Cambridge, añadiríamos que si
alguien no tiene muy clara la definición de la palabra entelequia, hallará en el galimatías del tiempo y de su hijo
natural el calendario un buen ejemplo para ir haciendo boca...

Puede que todo esto nos deje algo confusos respecto al rigor cronométrico de las celebraciones de esta ya inminente
singular Nochevieja que nos ha de trasladar a un nuevo siglo de tres ceros y por ende a un nuevo milenio, éste con su
particular terror milenario, muy apropiadamente en clave cibernética y adjetivado efecto 2000.

Que no cunda la alarma ni prospere el desánimo. No hay que dar demasiada importancia a las disquisiciones aquí
hechas a título de mero divertimento divulgativo histórico-científico. Al fin y a la postre -¿apostamos algo?-
celebraremos el tránsito milenario arrastrados por la masa de quienes no habiendo "enriquecido" su intelecto con este
leve artículo ni otras aportaciones de mayor calado, ignorarán que su desinhibida alegría celebratoria será
técnicamente inapropiada.

Valga un inciso más para reseñar que una mujer tan bien informada y perspicaz como la condesa de Pardo Bazán,
confesase muy de pasada su zozobra ante este enrevesado asunto en un artículo periodístico escrito al filo del tránsito
del 1900, resignándose ella a la inacción por culpa de su confesada paralizante perplejidad.

Habremos de tomar nota de esta actitud algo pasota para no revolucionar en exceso nuestro motor neuronal. Para ello,
el público informado debiera aceptar los hechos sabiamente, es decir, con algún grado de estoicismo. Y, salvando el
contexto del macabro ejemplo que a continuación se ofrece, hacer propias las palabras -o al menos la intención en
ellas- del checo Juan Hus cuando vio a una viejecita arrimar una rama seca a la pira sobre la que él observaba la
ciudad de Constanza por última vez: ¡oh sancta simplicitas!, dijo el pobre hereje, acreditando una imperturbabilidad de
las que se ven pocas fuera del cine y las novelas.

Si no lo hacen, puede que a más de uno se le agüe la fiesta.

Y eso sería imperdonable.

¡Feliz milenio!

Madrid, febrero de 1999

 

 DIEZ DÍAS QUE NUNCA EXISTIERON  (Versión original completa)

Propongo que la pregunta que condensa el título de este artículo se incluya en su forma más desarrollada en la
próxima edición del TRIVIAL: "¿en qué singular momento histórico dejaron de morir y nacer personas durante más de
una semana?"

Si nadie respondiese, cuando el introductor desvelase el misterio diciendo "en los 10 días que van del el 4 al 15 de
octubre de 1582", el protestón de turno, con toda razón esta vez, podría argüir (si además estuviese bien informado)
que, para tener el mínimo rigor exigible, la más laxa de las posibles formulaciones debiera haber terminado en cuatro
palabras portadoras de un matiz esencial: "... en el orbe católico".

Llegados a este punto, algún todavía desorientado jugador empezaría a caer en la cuenta de que se trata del
memorable episodio en que un Papa -Greogorio XIII, nacido Ugo Buocompagni- se fajó con el calendario entonces
vigente para ponerlo patas arriba haciendo bueno lo de que hace falta cascar huevos para hacer tortillas. Y si en el
imaginado grupo hubiese un memorión adicto a las fechas, podría lucirse y redimir su inicial mudez añadiendo que
nuestra gran Santa Teresa de Ávila se extinguió en casi perfecta sincronía con el viejo calendario pues por pocas horas
no llegó ella a ver el primer amanecer del nuevo.

En realidad, huevos rotos aparte, la corrección gregoriana del previo calendario juliano fue elegantemente sobria en
las formas y, aunque de profundas consecuencias, apenas trastornó las vidas de sus contemporáneos más allá del
histerismo de los unos, fruto de la prevalente ignorancia supersticiosa de la época y, por parte de los "otros", de la
artificiosa alarma provocada por ellos mismos. Éstos son quienes, tras rechazar de plano la norma, buscaron
aprovechamiento político en la situación creada por la bula papal -amenaza de excomunión incluida- en las ya
revueltas aguas de la Europa de la Reforma.

"Con el fin de restaurar, por tanto, el equinoccio vernal en su lugar primitivo, que los Padres del Concilio de Nicea
hicieron coincidir con el XII Kalendas Aprilis [21 de marzo], prescribimos y mandamos en relación con el mes de octubre
del presente año (1582) que se supriman los 10 días comprendidos entre el III Nonas [5 de octubre] y el día que precede a
los Idus [14 de octubre], ambos inclusive".

Sólo la España de Felipe II -que entonces comprendía también Portugal- y el enjambre italiano secundaron de forma
inmediata y sin rechistar la bula Inter gravissimas ("Con la máxima ansiedad...") promulgada el 24 de febrero, de la que
arriba, en cursiva, se ofrece su párrafo más significativo.

El resto de los países católicos se adhirieron dos años más tarde. Los protestantes, tal como antes se indica, tardaron
casi 120 años (1700) en entrar por el aro, olvidadas ya sus primeras invectivas y acusaciones contra el odiado pontífice
-pura encarnación de Lucifer, dijeron que era-. El caso es que quizás no les faltaba del todo razón a quienes en el lado
del cisma se maliciaban que, con la maniobra del calendario, el catolicismo militante sólo pretendía el golpe de efecto
que la Contrarreforma no había logrado del todo. Y es que Gregorio XIII resultó ser un Pontífice muy combativo. Baste
la muestra de que mandó acuñar una medalla para conmemorar la terrible masacre sufrida por los hugonotes en la
célebre noche de San Bartolomé...

Inglaterra -renuente como de costumbre a incorporarse a cualquier movimiento paneuropeo- se lo estuvo pensando 52
años más. Tras años de campaña, un Mr. Stanhope, conde de Chesterfield, logró convencer al Parlamento de que, por
muy papista que fuese el invento, el salto atrás del calendario era necesario. Sólo que ellos tuvieron que salvar un
trecho de once días en vez de diez...

Tal como había ocurrido en el Continente cinco lustros atrás, la supresión de esos once días originó allí un gran
revuelo. Las anglicanas turbas se manifestaron con violencia pidiendo la devolución del precioso tiempo sustraído a
sus vidas; y hasta hubo muertos. Los banqueros londinenses rehusaron pagar los impuestos correspondientes a las
inexistentes jornadas y forzaron la modificación del final del año fiscal que hoy y desde entonces cae en el 5 de abril
en vez del previo legal 25 de marzo.

Los suecos cierran la lista del lado occidental: un año después que los ingleses, dejaron de hacerse, eso, el sueco.

En el mundo del rito bizantino fue Rusia -en 1918- el primer país en pasarse al calendario gregoriano, un poco tarde
para haber evitado la confusión que crea el hecho de que la revolución bolchevique del 25 de octubre es para nosotros
la del 6 de noviembre. Grecia y el resto de los miembros del ámbito cismático-ortodoxo siguieron julianos hasta 1923.

Permanecen hoy vigentes, entre los calendarios "exóticos" más seguidos, el persa, el etíope, el tibetano, el musulmán
y el de los judíos. Estos últimos están en el 5760 pues su año uno arranca de la creación del mundo, dicen sin
inmutarse. La China republicana adoptó el sistema occidental en 1911, antes que algún país que hoy se tiene por tal.
Aunque el insistente eco del viejo calendario chino pudiera hacernos pensar en su vigencia actual, en realidad ésta
sólo reviste un carácter folclórico.

Antes de entrar en los pormenores de la supresión que justifica el título de este trabajo, no estará de más repasar a
vuelapluma lo que ha sido el largo devenir del calendario desde que hace casi nueve milenios -con los primeros
vagidos del tiempo histórico- lo inventaron los caldeos mediante el sencillo recurso de crear una analogía gráfica de
los ciclos naturales fácilmente observables: los días, las fases lunares, la sucesión de las estaciones y, a partir de estas,
el supremo ciclo anual.

"Ad calendas grecas" es una forma de decir en latín facilón que una promesa hecha con ese añadido no se piensa
cumplir o se sabe falsa. El quid de la cuestión radica en que los griegos no tenían calendas... Ello abrevia nuestro
periplo calendárico pues nos sitúa en el relativamente cercano tiempo de los primeros romanos.

Aunque quizás convenga dar un pequeño brinco adelante para empezar por aquel mes de octubre del 48 a. C. en que
Julio César llegaba a Egipto persiguiendo a Pompeyo tras derrotarle en Farsalia. Conseguido pronto y sin esfuerzo su
propósito aniquilador merced a los obsequiosos y -a lo que después se vio- indeseados oficios de Ptolomeo XII, puso en
el trono de aquel país a Cleopatra, hermana y esposa de éste, tras encarcelarlo por haber decapitado a Pompeyo. La
mítica reina tenía entonces 22 gloriosas primaveras y ningún escrúpulo, así que de inmediato se hizo amante del ya
cincuentón conquistador de las Galias,

Cuenta Lucano que en el curso de un banquete en el que Cleopatra bailó ligera de ropa para su protector, éste supo de
la existencia del peculiar año egipcio, basado en el ritmo exacto de las inundaciones del Nilo. A pesar del distrayente
espectáculo, algo se le debió quedar en la cabeza a César porque, a su regreso a Roma, concibió y parió un nuevo
calendario superador del rudimentario y "gastado" romano del legendario rey Numa Pompilio (715-672 a. C.) cuyo
módulo constructor era el mes lunar puro y simple, daba años de 355 días, obligaba a frecuentes correcciones y aun así
acumulaba errores insufribles. Era éste, sin embargo, por vez primera, un calendario solar, no toscamente lunar. A este
segundo rey de Roma debemos la introducción de los dos primeros meses de nuestro año docénico, lo que a su vez
explica que, desde octubre a diciembre, los nombres estén desfasados dos puestos ordinales hacia abajo (v.g.
septiembre que, siendo el décimo mes del año, debiera llamarse diciembre). Ya se ve que Numa no se molestó en
cambiar nombres tras el incremento de la nómina.

Es de admirar que el nuevo año juliano, de 365 días y cuarto, casi diese en la diana (el de referencia o "verdadero"
-que llamamos trópico- duraba entonces casi una milésima de día menos). Esa fracción nos adentró en el uso de los
años bisiestos, genuina aportación egipcia. Se llaman así porque César decretó que los días que cada cuatro años
debían intercalarse para lograr la ansiada media de 365’25 irían en la víspera del 25 de febrero, el ante diem sexto
Kelendas Martius. De ahí que este día intercalar pasase a llamarse bis-sexto. En la reforma de 1582 se puso al final del
mes de febrero, conservando el singular día su nombre de bisiesto.

Pero la implacable acumulación de los 11 minutos y 3,5 segundos de exceso anual que como se dice se le "colaron" de
rondón al sabio greco-egipcio Sosígenes -el asesor científico de César para la ocasión- fue provocando un
deslizamiento astronómico cada vez mayor. El primero en detectar la asincronía resultante fue el benedictino inglés
Beda el Venerable, figura de autoridad indiscutida. Sin embargo, como otros sabios después (entre ellos Roger Bacon,
Nicolás de Cusa, Johannes Schröner, Regiomontano y Paul de Middleburg) dejó las cosas quietecitas para no trastocar lo
que píamente tenía por cronología sacra.

Pero -valga la digresión- Veda, el Doctor Admirable, sí se aventuró a adoptar el olvidado sistema propuesto dos siglos
antes por un abad -Dionisio, apodado el Exiguo por su menguada talla- a la hora de fijar las dataciones en su Historia
Ecclesiástica Gentis Anglorum acabada en el año 731 "ab incarnatione Domini", según escribió. Y ése era el
espaldarazo que para "arrancar" necesitaba el que hoy es nuestro calendario cristiano, es decir, el sistema contable
que toma como punto de partida el nacimiento de Cristo llamándolo año UNO. El cero no existía entonces...

En uno de los más plúmbeos siglos de la Baja Edad Media, el XIII, entró en escena un gran animador del mismo, el ya
antes mencionado Roger Bacon, fraile franciscano, científico de casta, filósofo universal e inspirador magistral de su
paisano y tocayo de apellido Sir Francis y, siglos después, del insigne Galileo. Perseguido por sus novedosas
proposiciones científicas, sus enemigos eclesiásticos sabían que mantenía asidua correspondencia con Clemente IV, lo
que además provocaba suspicacias y celos. En una de sus cartas, allá por el 1267, Roger le hizo saber que había
detectado una tal falta de alineación astronómica respecto a la fecha "oficial" que se imponía una drástica corrección.
Pero el Papa murió al año siguiente y el fraile, sin su amigo y protector, pronto terminó encerrado en una celda
conventual de su Inglaterra natal por introducir "conceptos sospechosos" en su original obra.

Y, ya en el propio marco temporal de nuestra historia, la nueva oportunidad llegó con el boloñés Gregorio XIII, de quien
añadiremos que basó su decisión en un mandato emanado del todavía reciente Concilio de Trento para, repitámoslo, ni
corto ni perezoso, asir el toro del calendario por los cuernos y amortizar de un plumazo 10 de los casi 11 días de
exceso acumulados desde el de Nicea.

Pero más importante que la corrección cronológica era prevenir futuros deslizamientos. A este fin, se limaron al límite
los decimales disponiendo que de los años terminados en dos ceros sólo fuesen bisiestos aquéllos cuyas dos primeras
cifras fuesen divisibles por 4, es decir, uno de cada cuatro julianos seculares. Ello suponía rebajar de 100 a 97 los
bisiestos en cada ciclo de 400 años.

 

Dos porqués emergen: el de los motivos profundos de la reforma y el de las cifras precisas que la sustancian, con el
necesario añadido de los hombres que, tras calcularlas, las implementaron.

Trataremos de explayarlos.

En lo que hace al primer interrogante, está meridianamente clara la intención religiosa subyacente. La palabra clave
aquí se llama PASCUA y el antecedente más remoto hay que buscarlo en el ya aludido Concilio de Nicea, el primero de
la cristiandad, convocado por Constantino el año 325. Entre otras muchas medidas, se concertó allí la universalización
de la celebración pascual en el sentido de lograr que todos los cristianos la respetasen el mismo día, sin por aquel
momento concretar fecha. Los "reglamentistas" que llenaron de contenido esa ley no pudieron sustraerse a la
atracción de la luminaria que para ellos era la Pascua judía, la "de toda la vida". Mas, contrariando ese magnetismo,
quisieron marcar cristianas distancias sin muchos disimulos. Para ello, acordaron celebrar la suya en el domingo que
siguiese a la primera luna llena tras el paso del equinoccio vernal o de primavera (21 de marzo), canon todavía hoy
vigente a pesar de las provisiones correctoras hechas sobre el particular por el Concilio Vaticano II. La intención
plagiadora guardando-un-poco-las-formas se trasluce en la coincidencia que se da con el 14º día del mes hebreo
llamado Nisán o Abib, el de las espigas y los nuevos frutos. Éste comienza con el novilunio inmediatamente anterior al
equinoccio de primavera y transcurre a caballo de nuestros marzo y abril. En la noche de luna llena de ese 14 celebra
el pueblo creyente judío su Pesaj o Pascua del ángel exterminador y del pan ácimo, suprema fiesta religiosa del
rescate de la esclavitud y también del sacrificio litúrgico que provee la inmunidad frente a la muerte. Tras la aplicación
de la "distanciante" regla impuesta, su émula cristiana resulta en un arco de aplicación que va desde el 22 de marzo al
25 de abril, lo que hace muy difícil la tarea de calcular qué día empezará la Semana Santa de un año para otro. Hasta
un genio matemático como el físico alemán Karl F. Gauss creó al efecto hace cien años un algoritmo... que no
"funciona" bien del todo.

Queda bien claro que no es cuestión baladí el cálculo de las fechas de Pascua a lo largo de un periodo de años. La
tabla esencial para intentarlo se llama de epactas. Debemos a un tal Hipólito, allá por el siglo IV, los primeros estudios
y cálculos para crear la primera, recogidos bajo el título de Canon Paschalis. El objetivo era y es poder decir la "edad"
de la luna en el primer día del año, esto es, el punto en que se encuentra en esa fecha la luna de diciembre, la que
empezó con el último novilunio del año fenecido. Como el intervalo medio entre dos lunas nuevas consecutivas es de
29’53 días (por defecto), esa edad -o posición- de nuestro satélite en un día dado tiene 30 respuestas (del 0 al 29). Según
lo dicho, el cometido de quien elabora una tabla o ciclo de epactas no es otro que establecer ese dato, a partir del
cual, tras restar 1, es cosa de niños fijar cualquier luna nueva o llena del año y por ende el día de la Pascua, esto es,
saber de entrada cuál es el primer día 14 del mes lunar que sigue al 21 de marzo, la fecha establecida por el concilio
de Nicea para el equinoccio vernal. Ubicado este día, la Pascua será el domingo venidero más próximo. Unas simples
sumas dan todas las demás fechas de las fiestas móviles de calendario eclesiástico.

Para los curiosos: meterse en el fárrago de las epactas exige familiarizarse con el denominado aúreo número, del que
parte todo cálculo al respecto. Se obtiene sumando 1 al año de que se trate y tras dividirlo por 19 nos quedamos con su
resto. Si éste es cero, el número de marras es 19. Con él se puede abordar una muy complicada fórmula para obtener
la epacta de ese año. Sólo para escrutinio de los años venideros (hasta el 2200) aquélla se simplifica notablemente:

e = [n + 10(n)3-12]30

 

en la que "n" es el aúreo y "n3"significa resto de su división por 3. Si en la división final por 30 el dividendo es menor
que el divisor, será preciso sumar 30 al primero antes de efectuarla. Para los curiosos perezosillos se ofrece la tabla de
epactas correspondiente a los años que en ella figuran: los dos últimos guarismos del año estudiado nos llevan a las
columnas "A" y desde la casilla que les corresponda nos trasladamos horizontalmente hasta la columna de los años
seculares, en "B", hasta tropezar con la epacta en cuestión. Lo demás, ya se dice, es cosa de niños...

Se adjunta la TABLA DE EPACTAS en la última página.

En el pie de foto: Las tablas de epactas calculan ciclos de 7000 años.

 

No es aventurado suponer que la eliminación correctora de 10 días no era una necesidad per se. La fecha del
equinoccio vernal bien podía haber sido estabilizada en el 11 de marzo. El problema afrontado era que, una vez
definido el día, debía fijarse para impedir posteriores separaciones respecto a los datos astronómicos. De esta premisa
se desprende que sin duda la mayor preocupación de la "comisión técnica" gregoriana consistió en restablecer la
fecha de la Pascua; mas ello no era factible sin haber previamente estabilizado la fecha del equinoccio. Estas
reflexiones invitan a pensar que no se hubiese entrado en el trajín de la reforma sin estar en juego la celebración
pascual. Porque un error de semana y media no es una discrepancia tal que se haga evidente para el hombre de la
calle. Semejante afirmación se sostiene en la ponderación que puede hacerse de las variaciones caprichosas que el
clima nos depara de forma natural. ¿Acaso no tienen la suficiente entidad como para enmascarar de por sí la
desviación de sólo dos semanas que hoy tendríamos sin la corrección de 1582? Por el contrario, en lo que hace a la
Pascua, el error sí sería apreciable, al estar su ubicación ligada a la fecha fija del equinoccio vernal. De hecho,
Gregorio XIII en algún momento expresó el temor de que, si no se atajaba el deslizamiento, alguien terminaría
celebrándola durante la siega de las mieses.

Y, hablando de causas naturales que emborronan la lectura, aún hay otro efecto nada desdeñable que afecta nada
menos que a la duración de las estaciones. Se trata del continuo movimiento de la línea de áspides. Ésta es la que une
los puntos más alejados de la órbita de cualquier cuerpo celeste. En el caso de la Tierra éstos son el afelio y el
perihelio, que a su vez marcan los solisticios, el de verano -día de la noche más corta- y el de invierno, con su noche
más larga. Por definición, son el punto "cero" del fenómeno cíclico describible como una paulatina rotación de dicha
línea sobre el plano orbital (casi 12 segundos de grado anuales), siempre en el mismo sentido. En 1250 unía los
solsticios y en el 6500 unirá los puntos que entonces eran equinocciales, tras haber descrito un arco de 90º. Esto hace
que hoy las estaciones sean de duración desigual en nuestro hemisferio. De más a menos:
verano-primavera-otoño-invierno.

Metidos en el siempre prolijo pero enjundioso y esclarecedor tema astronómico, pudiera ser pertinente hacer un aparte
en este punto para aclarar que el tan traído y llevado deslizamiento calendárico no era obra exclusiva de los julianos
11 minutos-y-poco de exceso, error por demás insuperable en una época en que el cronómetro más fino a mano era la
simpática clepsidra.

Existían y existen además dos fenómenos disruptores:

   A.La precesión de los equinoccios (adelantamiento de los mismos).

B) El acortamiento del periodo de revolución de la Tierra.

El primero, detectado por Hiparco en el sigo II a. C., no había sido cuantificado en tiempos de César, por lo que no
entró en los cómputos de Sosígenes. Hoy sabemos que, parcialmente en función del mismo, el año trópico juliano
duraba en el 45 (a. C.) 365’24232 días y ha ido decreciendo siempre desde entonces. En 1582 esta cifra era, en su parte
decimal, 24222. La aproximación lograda entonces por Aloisius Lilius -forma latinizada de Luigi Lilio, el verdadero
pionero de la reforma en sus aspectos técnicos- fue de 24 segundos.

Hablando de la precesión, la figura adjunta muestra que la entrada del equinoccio/solsticio sucede en los dos puntos
en que los planos de la eclíptica terrestre y el de nuestro ecuador se cortan. Se manifiesta por la posición en que se
encuentra el sol en el instante en que la Tierra, en su camino a lo largo de la eclíptica, cruza la imaginaria
circunferencia que a esa distancia forma la proyección de su inclinado ecuador en la esfera celeste. El ángulo de
acometida entre ambos planos en ese momento es siempre el mismo: 23º 27’. Por lógica geométrica, coincide con el
que marca en el globo terráqueo el límite de los trópicos. Ahora bien, nuestro eje de giro, el que une los polos, no es
estable. Existe un efecto de torsión sobre el ensanchamiento ecuatorial producido por las dispares fuerzas gravitatorias
de la luna y el sol. En consecuencia, la prolongación de los extremos de este eje describen en el ancho cielo, a lo
largo de un ciclo de 25.785 años y a un ritmo anual de 52’5 segundos de grado, una circunferencia definible por los 23º
27’ que mide el ángulo que desde el centro de la Tierra cubre su radio. En razón de lo dicho, así como hoy podemos
tomar a la Estrella Polar como referencia fiable del polo norte en la noche boreal (el error actual es de sólo un grado,
disminuyendo a cero hasta el año 2050 para aumentar desde entonces), dentro de 13.500 años, por poner un ejemplo,
la polar será Vega, situada en la constelación de la Lira.

La otra manifestación visible de este fenómeno (A) es la denominada precesión equinoccial, la protagonista de este
apartado. Por ella, ese punto de encuentro (el equinoccio) por el que en un instante pasa la Tierra en su camino orbital
cruzando la línea que marca la proyección espacial de su ecuador, no es el que "debiera". Ocurre que se anticipa,
según explica gráficamente la figura correspondiente. Más significativamente, en el gráfico puede apreciarse el
cambio de plano (en color) que por causa del movimiento circular de los extremos del eje polar terrestre se produce en
el ecuador celeste. Se ve que la nueva imaginaria circunferencia es secada por la Tierra en su recorrido orbital antes
que si no hubiese sufrido alteración: esto es la precesión.

(Aquí va la figura enl color)

En cuanto al segundo (B), la ralentización progresiva del periodo de rotación terrestre se debe al rozamiento de las
masas acuáticas contra el fondo y las orillas de sus cuencas; y el de las distintas capas geológicas entre sí. Ello produce
la conversión en calor de una parte de la energía cinética de rotación. A su vez, el principio de la conservación de la
energía obliga a una disminución en la periodicidad del giro planetario, algo del orden de un segundo cada 100.000
años. Según esta teoría -confirmada por el estudio de las acrecencias diurnas y anuales de antiquísimos arrecifes
coralinos- los días son hoy más largos que cuando nuestro planeta empezó su andadura sideral y así seguirá hasta que
se pare, sin que ningún ser humano pueda sobrevivir para ver tal cosa.

 

Hay cálculos que dicen que 570 millones de años atrás -época de los fósiles más antiguos- los días tenían poco más de
20 horas actuales y los años eran de 428 días. Sólo resta ponderar el aumento de la periodicidad del giro lunar que
esta permanente alteración "a la baja" conlleva y, en consecuencia, el incremento de la distancia de nuestro satélite a
la Tierra, según dicta la ley de conservación del momento angular. Todas las variaciones orbitales que el fenómeno
aquí descrito genera, se traducen en alteraciones de los parámetros en que fijamos nuestros sistemas de medición
cronométrica, que por lo tanto está viciada en su esencia.

Lo cierto es que este B) se ignoró por completo a la hora de hacer los cálculos para el nuevo sistema calendárico. Sin
embargo, metidos como estamos en la harina de las milésimas-de-día, el dato que arroja la oportuna medición no deja
de ser relevante. Para cuantificarlo bastará decir que, de no darse, el desfase juliano en 1582 hubiese sido de un día de
más cada 130 años. Con él, éste sucede cada 128’5 años. Visto desde otro ángulo, Christoph Clavius -el bávaro,
matemático y jesuita, abanderado de la reforma gregoriana que por ello mereció poner su nombre en el cráter más
grande de la luna- calculó que su calendario cometería un error de un día entero para el año 5084. Al introducir
nosotros el parámetro de B) -que varía según la fórmula no lineal de la celearción (negativa)- este mismo error se
produce mucho antes: en 2417 años. Se llega a esta cifra por la extrapolación de la que el astrónomo americano
Simon Newcomb calculó para expresar la duración del año trópico correspondiente al año 1900, esto es, 365’242198
días.

Entre otros, el fenómeno del tenue empero implacable acortamiento de los días es uno de los que hacen imposible la
elaboración de un calendario perfecto. Y es que la primera y principal condición para intentar hacer uno viable es la
perogrullada de que -según enunció el ya mencionado Calvius- un calendario civil debe tener un número íntegro de
días, (Annum civilem necessario constare ex diebus integris), siendo así que la duración del año trópico de referencia
contiene todos los decimales del mundo. Es como tratar de llenar el espacio interior de una esfera con canicas. Nunca
se logrará por completo ni haciendo estas del tamaño de una diatomea. Por eso las intercalaciones calendáricas y
cualquier otro ingenioso recurso que se adopte representan soluciones para sólo paliar el problema, que no resolver lo
definitoriamente insoluble.

Es precisamente el grado de precisión deseable lo que constituye la falla tectónica de fricción (intelectual, claro)
configurada por quienes en los estudios previos a la reforma gregoriana y mucho tiempo después defendieron la
solución práctica que pasaba por una cierta sencillez y aquéllos que apostaban por el rigor en las mediciones
astronómicas y por la exactitud matemática.

Prevalecieron los primeros, capitaneados por Calvius, apoyándose éste en el caudal de datos aportados por Lilio a
título póstumo. En el bando de los "constructores" merece también mención especial Bamberg, el "Euclides de su
tiempo", que decían era.

Los primeros espadas de la oposición eran Francois Viète, Michael Maestlin y el irreductible Joseph Justus Scaliger (un
"mar de ciencias", según sus contemporáneos).

El primero es tenido por padre del álgebra moderna. Atacó la reforma por considerarla una corrupción del calendario
juliano. Por su parte, Maestlin fue uno de los primeros en abrazar abiertamente la teoría copernicana, gesto
intelectualmente valiente donde los hubiere. Éste fue además profesor del genial Johannes Kepler en Tubinga, lo que
le reportó considerable renombre. Su objeción a la reforma se basaba en la impugnación que hizo de la epacta
elaborada para determinar la fecha de la Pascua, defendiendo él una aproximación más rigurosamente astronómica al
tema. Y es que, en realidad, los movimientos de la luna son complejos en exceso y se resisten a ser encajados en una
mera fórmula. Por consecuencia, en cualquier modelo de uso práctico siempre existe una divergencia de uno o dos
días respecto a las lunas verdaderas, esto es, astronómicas. Pero también en esto triunfó el criterio de la sencillez a
costa de la exactitud ya que, como sentenció el protestante Kepler, terciando peligrosamente en un tema tabú para sus
correligionarios y desautorizando además a su viejo maestro, "la Pascua es una festividad, no un planeta".

En lo que toca al tercero de la lista, J. J. Scaliger, resultó el más pertinaz de los tres pues mantuvo su particular y muy
viva controversia con Calvius hasta diez años después de la entrada en vigor del nuevo sistema. En sus escritos llegó al
insulto personal ("bestia" y "barrigón teutón" eran sus epítetos preferidos). Sus objeciones se dirigían a partes iguales
contra la parte civil y la religiosa del proyecto. Argüía con Maestlin que la fecha fijada para la Pascua no era exacta y
tampoco toleraba la fluctuación de la fecha del equinoccio por él detectada, fruto de la aplicación de la nueva regla de
los bisiestos, lógicamente también tenida por errónea. En realidad, el calendario que él atacaba afrontaba una cierta
desviación en ambos sentidos. Esta bi-direccionalidad terminaba equilibrando la situación y confinaba la cuestionada
fecha entre límites tolerables, según la opinión de Clavius. Lo cierto es que la estabilidad de la misma está asegurada
de por siglos, dentro de las citadas oscilaciones. En fin, una vez más se cumplió que lo mejor es el peor enemigo de lo
bueno.

Un párrafo aparte merece Luigi Lilio, profesor de medicina en la universidad de Perugia, matemático y astrónomo. Por
haber muerto seis años antes de la promulgación gregoriana, la gloria de ser el autor de prácticamente todos los
trabajos de cálculo que la hicieron posible es erróneamente transferida por algunos tratadistas a su hermano Antonio,
mero presentador de los mismos ante el Papa en la forma de un manuscrito titulado Compendium novae rationis
restituendi kalendarii.

A Lilio le tomó diez años completar su obra, dedicando el esfuerzo principal al tema de la fijación de la fecha pascual,
concreción posteriormente refinada por Calvius para ajustarla mejor a la nueva regla de intercalación de bisisetos.
Aquél propuso la luego descartada alternativa de suprimir los diez días de ajuste poco a poco; a lo largo de 40 años,
para ser exactos.

En honor a la verdad, Luigi Lilio no fue el primero en postular la rebaja a 97 de los 100 bisiestos julianos. En el año
1560 el astrónomo veronés Petrus Pitatus fijó este valor en un trabajo propio, sin que, no obstante, sea justo acusar de
plagio al de Perugia ya que la inferencia científica es lo suficientemente obvia como para admitir una muy probable
elaboración independiente.

Pero sí resulta chocante el extraordinario grado de precisión astronómica logrado por Lilio al establecer en 365’2425
días la duración del año trópico; esto es, con sólo 28 cienmilésimas de error por exceso (= 25 segundos "redondeados").
A propósito, año trópico es el espacio temporal medio que transcurre entre dos pasos sucesivos del sol por el equinocio
(figuradamente, puesto que desde Copérnico no es nuestro astro el que se mueve).

(el texto entre corchetes puede suprimirse si faltase espacio)

Es del todo seguro que Lilio hizo en principio suyo el valor del año trópico dado en sus Tablas Pruténicas de 1551 por el
último mencionado. Pero esta cifra, en su parte fraccionaria de 5 horas, 49 minutos y 16 segundos, resulta 4 segundos
más larga que el año gregoriano posterior. Para salvar la discrepancia que provoca nuestro interrogante vemos que,
expresando ese valor decimalmente en notación sexagesimal, se obtiene 14,33. Traducido este parámetro fraccionario
de base 60 a su quebrado decimal equivalente da 97/400, esto es, 2425, el decimal gregoriano.

El sistema liliano hace fluctuar la fecha del equinoccio vernal entre la estrecha frontera de los días 19, 20 y 21 de
marzo. El primero no se ha dado desde hace un siglo; y las más de las veces cae en el del medio, en contra de la
opinión extendida que señala el 21 como el de incidencia más frecuente.

Una de las características del sistema intercalar hoy vigente es que todas las fechas en el calendario se repiten en
ciclos de 400 años, de tal manera que las del 2000 son idénticas a las del 1600, ya sumergidos como estamos en el
segundo gran ciclo. Ahora bien, se precisan casi seis millones de años para que todas las fechas de Pascua se repitan
en el mismo orden.

Por último, en el capítulo del anecdotario cabe explicar por qué se eligió octubre para dar el salto corrector. Lo
explicó Calvius aduciendo que es el mes con menos fiestas religiosas (La Pilarica no contaba para él) y, al menos en su
época, tampoco significativo en lo económico-comercial. Estas consideraciones hacían de octubre un candidato ideal a
juicio de quienes deseaban causar la menor alteración posible en la vida de las personas afectadas.

(el texto entre corchetes puede suprimirse si faltase espacio)

Mas no todo son plácemes y parabienes. Y es que un calendario ideal debiera cumplir tres condiciones básicas. A
saber:

1ª.- Debe permitir la deducción de cualquiera de sus datos esenciales a partir de los demás. Estos datos son los
números del año, mes, semana y día, cada uno con su ubicación exacta dentro de su inmediato superior.

2ª.- Poder calcular de forma sencilla el tiempo que media entre dos fechas cualesquiera.

3ª.- Ser constantes las unidades secundarias de las partes integrantes con que se articule el todo.

Veamos: La primera condición sólo se cumple mediante el recurso de elaboradas tablas (los llamados calendarios
perpetuos), no siempre fáciles de usar. La segunda tampoco cumple el añadido de la sencillez, ello por causa de que,
en efecto, nuestro calendario incumple la tercera, al tener años de longitud dispar -los bisiestos- así como también
meses disímiles y por ende los trimestres.

El epílogo de este trabajo bien puede dedicarse a rendir tributo a Gregorio XIII y a "sus muchachos" porque con mérito
científico, elegancia formal y temple moral resolvieron el desajuste juliano, legando a la posteridad un calendario
suficientemente exacto como para que nadie se tenga que "fajar" con él hasta el quinto milenio.

Cabe sin embargo la respetuosa pregunta que en nombre del lector se atreve hacer el autor de este artículo para
después contestárse(la): ¿qué pasa con el error ya acumulado hasta nuestro año 2000? Pues bien, pasar, lo que se dice
pasar, no pasa nada. Pero quienes gusten de la clase de rigor esgrimido por los que aquí hemos titulado "primeros
espadas" de la oposición calendárica en el trance gregoriano, habrán de saber que si, como es presumible,
celebraron* el tránsito de milenio a las veinticuatro horas cero-cero del tenido (erróneamente) por último día del
milenio... erraron* en casi tres horas. Lo suyo-suyo hubiese sido haber engullido* las doce uvas algo así como entre las
veinte y las veintiuna.

*¡OJO! : Celebraron o "piensan celebrar"; erraron o "errarán";

hubiese sido haber engullido o "será engullir", según sea

diciembre o enero el mes en que se publique el artículo.

En una más seria reflexión final, uno tiene la panglossiana intuición de que en esto del calendario vivimos en el mejor
de los mundos posibles. A esta conclusión se llega si se tiene presente que lo de medir y ahormar el escurridizo tiempo
es como aforar agua con un canasto.

        ¡Feliz 2000! Y no menos feliz 23 de abril; domingo, por más señas. Ya saben a qué me refiero. ¿O no?

                                          GIL SÁNCHEZ

                                     E-mail: gilmasa@teleline.es