A&D

==========

=====

 

 

El Islam en tiempos inciertos.

Por Arturo Rodríguez de Miñón


¡Oh dioses! que los humanos creamos

a nuestra imagen y semejanza.
¡Oh dioses! que nos ayudáis
a someter a nuestros hermanos.
¡Oh dioses! de enfrentamiento.
¡Oh dioses! a los que entregamos
la  libertad.
¡Dadnos la libertad sin profetas!
¡Que solo reine sobre el hombre
el silencio del Dios verdadero!
El Dios sin profetas.

(ARM)

 

Mensajes al Mundo

 

Uno de los libros que me llevé de vacaciones, en agosto de 2007, pero que terminé de leer dos meses después,  fue “Mensajes al mundo” de Bruce Lawrence. Es una trascripción de los diferentes manifiestos bin Laden realizó a través de diferentes medios de comunicación, desde 1994 a diciembre de 2004. El libro contiene amplios comentarios y notas de autor que lo hacen muy interesante para comprender el papel que ese extraño ser está desempeñando en el radicalismo islámico.

 

Durante esa década, Osama bin Laden ha instigado con aparente éxito la  rebelión de los musulmanes de distintos países mediante la “yihad” o guerra santa contra los que considera perversos invasores del mundo islámico y contra los musulmanes que se han apartado, a su juicio, del credo de Mahoma. Sus manifiestos se centran con especial visceralidad contra lo que llama “cruzada histórica de la alianza cristiano judaica” en territorios islámicos, liderada por los EEUU en tiempos recientes, como lo fue por Europa desde las primeras cruzadas hasta la colonización de las dos terceras partes del mundo musulmán alcanzada a principios del siglo XX.

 

Bin Laden toma el Corán y, con frecuencia, los hadices que con posterioridad editaron los seguidores del profeta, como fundamento de su repetitivo discurso religioso político. En sus manifiestos son numerosas las citas de una y otra fuentes que trae al siglo XXI desde la noche de los tiempos con la intención de justificar su rebelión integrista y radical y la utilización del terror yihadista como defensa del mundo musulmán contra la agresión occidental. Bin Laden, como ya veremos en este estudio, trata de emular al profeta en su aspecto más violento y toda su estrategia consiste en enardecer y apoyar a los musulmanes fanáticos de cualquier lugar del planeta legitimando la defensa de la comunidad islámica (la umma) mediante el terrorismo.

 

En sus manifiestos Osama bin Laden incluye citas del Corán como estas:

 

“¿Porqué cuando se te dice “ve a luchar como Dios manda”, clavas los talones en tierra? ¿prefieres este mundo a la otra vida? ¡Qué pequeño es el disfrute en este mundo!, en comparación con el de la otra vida. Si no sales a luchar, Dios te castigará duramente y pondrá  a otros en tu lugar, pero no puedes lastimar a Dios de modo alguno, porque es omnipotente” (Corán 9, 38 y 39).

 

“Si no sales  a combatir, Dios te castigará con dureza y pondrá a otros en tu lugar, pero a El no puedes perjudicarlo de ningún modo” (Corán 9, 39).

 

“Si haces una promesa solemne, pero después sigues el rabo de las vacas y eres feliz con lo que te toca y abandonas la yihad, Dios decreta la humillación para ti y no la retirará hasta que vuelvas a tu religión” (hadiz de Abu Dawud)

 

“Profeta, incita a los creyentes a luchar” (Corán 8, 13)

 

“Lucha contra ellos: Dios los castigará con tus manos, los desacreditará, te ayudará a conquistarlos, sanará los sentimientos de los creyentes y eliminará la furia de sus corazones” (Corán 9, 14 y 15).

 

“Y si alguien deja su casa como emigrante hacia Dios y su Mensajero y después es alcanzado por la muerte, tiene la recompensa de Dios asegurada. Dios es el más misericordioso y el más clemente”(Corán 4, 10) Esta cita recomienda la hégira (emigración) cuando la lucha desde dentro contra el propio país es imposible.

 

No cabe duda de que los actos de terror llevados a cabo por su “ejército” han tenido un impacto demoledor en el mundo. Sus mensajes han tenido una gran difusión global que ha conseguido movilizar un buen número de células yihadistas bajo su inspiración, amparo y, en ocasiones, instrucción y financiación directa o a través de su principal organización, Al Queda. Con su ejército de fanáticos Bin Laden y Al Queda han conseguido poner en jaque a todos los gobiernos y servicios de seguridad de multitud de países de occidente y oriente incluidos varios de fe islámica, como Arabia Saudí, Marruecos, Jordania, Argelia y otros. Bin Laden se ha convertido en un nuevo líder para muchos musulmanes que indudablemente se han sentido y se sienten sometidos por occidente tras una larga historia de agresiones económicas y militares, muchas veces injustificadas.

 

Conviene tener presente que la “umma” (supernación, confederación o comunidad islámica), de acuerdo con los textos de Bruce Lawrence, “…lleva 200 años sometida a ataques, desde la primera invasión de Egipto (Napoleón) en los últimos años del siglo XVIII y la conquista del Magreb,  en el siglo XIX, por parte de Francia, pasando por la captura británica de Egipto y la italiana de Libia, el reparto de todo Oriente Próximo entre el Reino Unido y Francia al final de la primera Guerra Mundial, los sobornos a gobernantes nominalmente independientes en la Península arábiga, hasta el actual control estadounidense de toda la región”. Hay que recordar que los países europeos controlaban, a principios del siglo XX, antes de la descolonización, cerca del 90% de los territorios musulmanes.

 

Tampoco conviene olvidar: el generoso uso de gases tóxicos y bombardeos de las aldeas iraquíes, por Winston Churchill, en la década de 1920. La fundación en Palestina del Estado de Israel (1924) tras la arbitrada división de sus territorios. El aplastamiento del levantamiento palestino de 1930. La guerra colonial de Francia en Argelia entre 1950 y 1960. Los cientos de miles de muertes por desnutrición y enfermedades infligidas a los niños iraquíes en la década de 1990, por las sanciones ejercidas por la ONU al Iraq de Sadam Hussein. Pasando por alto la guerra del Golfo que supuso el desplazamiento de 500.000 soldados al desierto para la defensa de Kuwait frente a Irak. No son menos ciertos los miles de civiles muertos en Afganistán por las invasiones, rusa primero y euro-americana después, tras los atentados al World Trade Center, a las que siguió la reciente guerra e invasión de Irak que también causó miles de muertes de inocentes y que abrió una posterior oleada de atentados terroristas en nombre de la resistencia a la ocupación y a la impuesta democratización del país.

 

Todo ello y la desproporción de las cifras de muertos de uno y otro bando hace exclamar a Bin Laden “Vosotros habéis matado y nosotros debemos matar. Vuestros inocentes no son menos inocentes que los nuestros”. “Aunque nada pueda justificar jamás-dice Lawrence- el asesinato por venganza de inocentes por parte de Bin Laden, la indiferencia de los líderes occidentales a las atrocidades cometidas contra los musulmanes ayuda a explicar por qué, a pesar de la extendida repulsa (incluso en el mundo islámico) por el uso que hace del terrorismo, la gente común de Oriente Próximo sigue admirándolo e incluso confiando en él”. Uno de los sociólogos más equilibrados, Michel Man, escribe “…Mientras los Estados Unidos intenten controlar Oriente Próximo, él y otros como él serán sus enemigos”.

 

Osama Bin Laden ha empeñado su vida en una misión suicida y lo asume. Aunque su final, si todavía vive, sea la muerte a manos de su enemigo. Con un poema puso final a su sermón para la Fiesta del Sacrificio:

 

“Dejadme entonces ser un martir,

morando en un elevado paso de montaña

entre una banda de caballeros que,

unidos por la devoción a Dios,

descienden para enfrentarse a los ejércitos”.

 

Su leyenda le sobrevivirá, como sobrevivió la del Che Guevara. Su esfuerzo es titánico 

en la lucha por la supervivencia de la umma, por la recuperación de sus tradiciones milenarias y  por la eliminación de los descreídos de un mundo que, para él y otros muchos derrotistas no musulmanes, se debilita por su materialismo y olvido del mensaje de Dios. Esfuerzo titánico, como lo fue el esfuerzo de Mahoma, “el último profeta”, y de sus seguidores por hacer triunfar  el islam como credo universal.

 

En este artículo voy a tratar de enfrentar opiniones radicales a favor y en contra del Islam para que el lector pueda juzgar donde considera que debe situarse. Voy a utilizar parte del contenido de los manifiestos de Bin Laden y de los tres libros que la periodista  y escritora Oriana Fallacci escribió mientras esperaba una muerte cierta por una larga enfermedad cancerosa, después de casi una década de silencio, con motivo de los atentados al Wall Trade Center: “La rabia y el orgullo”, “La fuerza de la razón” y “El Apocalipsis”. Una trilogía que encontró una enorme difusión y que fue objeto tanto de elogios como de despiadadas críticas en todo el mundo. Pero antes voy hacer un ligero repaso de la historia del mundo árabe, del islamismo, de las religiones que lo precedieron.

 

Es difícil todavía establecer si la acción de bin Laden ha sido útil para el futuro de los musulmanes. En la actualidad, solo podemos decir que ha provocado una reacción violenta de Occidente en gran parte de Oriente, que Afganistán e Irak han sido invadidos, que cientos de miles de inocentes han muerto, han emigrado o se encuentran desplazados de sus hogares y en la indigencia más atroz y que los tutelados procesos de democratización iniciados en sus países encuentran tremendos problemas. Que Irán sigue amenazado seriamente y que la inseguridad mundial ha alcanzado cotas insospechadas por la permanente amenaza terrorista. Una situación que no se resolverá por la via de la represión.

 

Mahoma

 

Mahoma (570 -632) consiguió crear una religión monoteísta, inspirada en las tradiciones semitas y hebreas, que fueron recogidas en el Antiguo Testamento, la Torá judía, los evangelios cristianos, y en otras corrientes religiosas similares de la región. Mahoma y sus discípulos acertaron a simplificarlas de forma eficaz para facilitar su aceptación por las tribus árabes. Eliminó cualquier tipo de misterio de difícil asimilación, como los de la santísima trinidad o la ascendencia divina del gran profeta que dio origen al cristianismo y que le precedió seiscientos años.

 

Para Mahoma, Jesús de Nazaret fue un digno profeta, nacido de virgen, pero no era considerado hijo de Dios ni Dios hecho hombre. Mahoma se reconocía de carne y hueso hijo de sus terrenales padres, pero depositario de la revelación divina y de la única verdad del Dios único. Mahoma declaró que el resto de las religiones monoteístas en las que se inspira, plagia o adapta con sustanciales errores de interpretación, han corrompido con el paso del tiempo el auténtico mensaje de Dios y que su misión es la de mantener la pureza del mensaje divino de acuerdo con lo que le comunica directamente, durante años, el mensajero de Dios, el ángel Gabriel.

 

Con el proselitismo iniciado en La Meca y en Medina consiguió en muy poco tiempo, sin desprecio por el decisivo poder de convicción de la espada, integrar en la nueva religión multitud de tribus árabes nómadas y guerreras, hasta entonces politeístas, celosas de sus propias tradiciones y en un gran porcentaje totalmente ajenas una práctica religiosa significativa.

 

En Arabia habitaban varias tribus judías e, igualmente, las comunidades cristianas ocupaban territorios árabes. Se cree que, en el área de Yazrib, luego bautizada Medina por Mahoma, los judíos alcanzaban el 50% de la población. Estaban cohesionados por su milenaria fe, no hacían un proselitismo acusado y permanecían ajenos a cualquier influencia religiosa árabe o cristiana.

 

Judío era entonces como ahora el que ha nacido judío y abraza la Torá o Antiguo Testamento que recoge la ley de Dios recibida por Moisés unos dos milenios antes del nacimiento de Mahoma. Las revelaciones, órdenes, leyes y promesas a Abraham y a sus descendientes forman el núcleo principal de los cinco libros del Antiguo Testamento: Génesis, Exodo, Levítico, números y Deuteronomio. “Dios hablaba con Moisés cara a cara como un amigo” (Exodo 32-11) Aunque Dios le advertía “…no podrás ver mi rostro, porque ningún hombre podrá verme y seguir viviendo” “…podrás ver mis espaldas, pero mi rostro no debe ser visto” que se podría interpretar “nunca conocerás mi esencia, pero sí mi palabra”.

 

Las poéticas historias sobre la creación del mundo y de la vida sobre la Tierra, El Diluvio, los patriarcas, desde Noe y sus hijos Sem, Cam y Jafet y las doce tribus de Israel creadas por los doce hijos de Jacob (Israel), hijo a su vez de Isaac y nieto de Abraham, así como otras muchas tradiciones semíticas y mesopotámicas, fueron recogidas  por un pueblo errante, pero siempre  tan celoso de sus tradiciones ancestrales y de su larga historia como ansioso por encontrar y establecerse en la patria que Dios les prometía, entre el mediterráneo y el Eúfrates, pero en la que no lograban establecerse por la agresión permanente de otros pueblos o civilizaciones que históricamente les han negado la paz y la autonomía. Solo en tiempos del mítico rey David y de su hijo Salomón, unos 1500 años antes del nacimiento de Mahoma, conocieron la gloria de poseer algo parecido a un reino autónomo, entre el río Jordán y la costa mediterránea, y de edificar un gran templo en Jerusalén. Aquello fue efímero, el templo fue destruido bajo el imperio persa y los judíos forzados al exilio o al cautiverio.

 

La conquista de Babilonia (539 a.C.) por  Ciro “El Grande” permitió el retorno de los judíos cautivos, desde tiempos de Nabucodonosor, a Palestina, provincia o satrapía persa llamada Abar-Nahara  “Más allá del Río (Eúfrates)”. Fue en esa época cuando Esdras dirige la restauración espiritual del pueblo judío en Jerusalén y da forma definitiva al Pentateuco o Antiguo Testamento y se reconstruye el templo.

 

Hititas, persas, egipcios, griegos, romanos dominaron sucesivamente el supuesto reino de los judíos. Hacia el año 70 d.C., bajo dominio romano, los judíos se rebelan contra el imperio y padecieron inmediatas y graves represalias. El templo es destruido definitivamente y los judíos sometidos y forzados, en su mayoría, a la Diáspora o exilio. Del templo de Jerusalén solo quedó el Muro de las Lamentaciones. Los romanos permitían a los judíos, en fechas señaladas, la entrada en Jerusalén y la oración y lamentos frente al muro del oeste, único resto del templo.

 

Tras su expulsión se establecieron en varios lugares de oriente y occidente formando comunidades religiosas con notorios hábitos socialmente diferenciados de los de los pueblos de acogida. Algo que los exiliados judíos ya cristianizados no imitaron. Los cristianos se mezclaron con los gentiles y convenciendo pacíficamente y con progresivo éxito universalizaron su nueva fe entre ellos en un imperio romano todavía en  expansión. Fe que llegaría a ser la oficial del imperio solo dos siglos después, en tiempos del emperador Constantino, a pesar de las iniciales persecuciones padecidas por los seguidores de Jesús de Nazaret. Una medida inteligente promovida por San Pablo que los judíos ortodoxos “pueblo de dura cerviz” (según Yahvé) fueron incapaces de digerir.

 

Las comunidades judías y cristianas eran prósperas y bien cohesionadas, un referente para el joven Mahoma sobre la importancia que una religión de larga tradición monoteísta, recogida en un libro sagrado bien estructurado, la Biblia, puede tener para la integración social, la unidad de los pueblos y el sometimiento a una ley única. Por otro lado, era consciente de los resultados obtenidos por el cristianismo en todo el imperio romano y lo que la prédica del Nazareno, un profeta reformador o innovador de la tradición judía, había conseguido en el universo conocido.

 

El imperio romano de occidente se estaba desintegrando, pero todavía existía el admirado imperio bizantino de oriente con sede en Constantinopla. En Arabia el eco del paso triunfante de la Roma cristianizada no se había extinguido, incluso los cercanos territorios de Etiopía y Egipto también eran cristianos. ¿Porqué no ser el nuevo reformador? “el nuevo y último profeta”. Su pueblo necesitaba, un nuevo enviado del dios de la tradición judeo-cristiana que pudiera integrar a su agitado pueblo en una comunidad pujante, capaz de unir a los árabes e incluso de crear un imperio.

 

Las tribus árabes, diseminadas en su mayoría por el desierto y en el entorno o interior de las ciudades sagradas, eran nómadas y aficionadas a guerrear entre ellas bajo el mando de sus diferentes jeques. Sus principales actividades eran la ganadería y comercio mediante caravanas que recorrían la península y llegaban hasta Siria y Mesopotamia . Existían diversas tribus y diferentes clanes dentro de ellas ya fueran nómadas o sedentarias.

 

La vida en el desierto era dura y peligrosa, los ataques a las caravanas eran frecuentes y una pronunciada sequía podía acabar con el ganado y la tribu. Adoraban, sin excesiva pasión a diferentes dioses, según sus diversas tradiciones tribales, no tenían una idea del más allá y ningún lazo común político o espiritual que las uniera. Incluso se diferenciaban en sus dialectos. Los árabes puros habitaban el sur de Arabia y no hablaban árabe. Los conocidos como árabes arabizados vivían en la parte occidental de la península frente al Mar Rojo y las tribus más poderosas residían en La Meca y Medina. La lengua árabe más pura era la empleada por los beduinos.

 

El joven Abu-l-Qasim Muhammad ibn abd Allah ibn abd al-Muttalib ibn Hassim, (Mahoma o Muhammad), huérfano desde niño, introvertido, con gran disposición para la meditación y la reflexión espiritual, pertenecía a la más importante tribu sedentaria  que dominaba en la Meca, la gran tribu de Quraysh. La Meca era una ciudad sagrada y centro de comercio y peregrinación desde tiempos remotos y ya existía la Kaaba repleta de un sinfín de ídolos o dioses.

 

Mahoma recibió una buena educación, dirigida por su abuelo y su nodriza, aunque según algunas fuentes no sabía leer ni escribir, cosa que dudo.  Se casó con una viuda rica Jadiya, hija de uno de los jeques más influyentes y, durante algún tiempo, Mahoma se incorporó a las caravanas que comerciaban por la península arábiga y territorios al norte. Aquello le proporcionó muchas y válidas informaciones sobre la diversidad  de las tradiciones árabes y las características y potencial de su raza. No tardó mucho en comprender que para integrar a sus hermanos debía imitar a judíos, cristianos y otras corrientes religiosas monoteístas preislámicas como la de los hafenies y divulgar una religión similar, simplificada y adaptada a su indócil pueblo, eliminando antiguos símbolos y cualquier tipo de iconografía que pudiera facilitar el cáncer de la idolatría y confundir el mensaje que debía divulgar mediante la predicación.

 

Sabía igualmente que para combatir la discordia existente entre árabes debía unificar las lenguas y purificar y reconvertir los lugares de culto politeísta. Por otra parte, debía respetar la identidad de los ancestrales protagonistas judeo cristianos como eran Abraham, Ismael, Moisés, Jesús y otros tantos. Los árabes arabizados se consideraban descendientes Abraham a través de su hijo bastardo y primogénito, Ismael, así como los judíos descendían de Isaac, hijo legítimo del patriarca. Como cita el Antiguo Testamento (Gen 16, 9-10) el ángel de Yahvé consuela a la concubina de Abraham, Agar, que ha sido expulsada de la tribu por Sara, legítima aunque estéril esposa de Abraham, con las siguientes palabras:

 

“Vuélvete a tu ama y sométete a ella…Multiplicaré mucho tu posteridad que a causa de su número no se podrá contar…”.

“He aquí que estás embarazada y darás a luz un hijo al que llamarás Ismael, pues ha escuchado Dios tu aflicción. Será él como un onagro (asno salvaje) humano, su mano contra todos y la mano de todos contra él, y enfrente de todos habitará (afirmara su estirpe aunque todos se opongan)”. Ismael en hebreo significa “Dios escucha”.

 

Curiosa profecía bíblica ya que el Islam se identifica bajo la estirpe de Ismael. Abraham tenía 86 años cuando nació Ismael y unos 100 cuando, milagrosamente por deseo divino, la anciana Sara engendró a Isaac. El onagro (equus onager) es un asno salvaje asiático de un metro de altura de largas orejas y pelaje pardo con una raya oscura sobre el lomo. Forma manadas en los desiertos de Asia meridional desde la más remota antigüedad.

 

Para los islamistas, el Islam no nació con Mahoma, Mahoma es el reformador por inspiración divina de las anteriores religiones monoteístas del Medio Oriente que han ido deformando el verdadero mensaje de Dios convirtiéndose en infieles, una jugada intelectual muy hábil. Ningún árabe admite que su religión sea denominada Mahometanismo. La solera era necesaria no solo para dar credibilidad a su nuevo mensaje, sino también para facilitar la posible reconversión o alianza, sin excesivos traumas, de las tribus judías y de las comunidades cristianas.

 

Siguiendo el viejo modelo de todos los profetas semitas que en el mundo han sido, la revelación divina se le manifestaba en sueños o despierto y Dios, a través de Gabriel, le empujaba a transmitir la verdad mediante la predicación. No tardó en reunir un grupo de incondicionales seguidores. En la Meca, nadie es profeta en su tierra, encontró gran oposición a sus prédicas e incluso se burlaban de él. Mahoma se convirtió en una especie de revolucionario para la sociedad a la que pertenecía un revolucionario ponía en peligro el estatus y los intereses creados de los pueblos, tribus y clanes árabes. Ante serias amenazas, los ya iniciados, no más de un centenar, decidieron trasladarse a Etiopía donde fueron bien recibidos por las comunidades cristianas del emperador (el Negus). Más tarde se trasladaron a Yazrib, donde su labor tuvo más éxito que en la Meca. Se convirtió, en poco más de diez años en un triunfante y diplomático líder religioso, político y militar, capaz de conciliar, por la palabra o la fuerza de las armas, los intereses,  de las diferentes tribus árabes en frecuente conflicto, además de establecer alianzas con las tribus judías. A partir de entonces, cambió el nombre de Yazrib  por el de Madinat al-nabit (Medina) “La Ciudad del profeta”.

 

Así nació la comunidad o confederación musulmana  la “umma” y en el año 622 comenzó la Hégira (Hiyra) punto de arranque del calendario islámico y de una acelerada expansión territorial, iniciada con la conquista y conversión de su ciudad natal, la Meca. En la Kaaba eliminó todo rastro de dioses paganos y expulsó del santuario  a todo aquel que rechazada la nueva fe. Los árabes ya contaban con una religión, el Islam, y con un líder, Mahoma, que les prometía la gloria mediante la total sumisión al Dios único y, como es lógico, a su enviado y único portavoz. Pocos años después los musulmanes contarían con su propio libro sagrado, El Corán. Un dios al que con toda racionalidad no le atribuía imagen alguna. Esta es una de las grandes diferencias con el Dios de los judíos y cristianos que según el Génesis “hizo al hombre a su imagen y semejanza”. El Islam se deshizo de la gran corte de ídolos, de santos y de toda iconografía existente, aunque mantuvo la existencia de ángeles y demonios, del cielo y el infierno, del juicio final, de un paraíso para los buenos creyentes y del fuego eterno para  los infieles, descreídos y apostatas.

 

Además de la transmisión oral de los mensajes de Mahoma se cree que siempre existieron algunos testimonios escritos que fueron creciendo durante las décadas siguientes a su muerte, en el año 622. Durante el califato de Utman (644-656),  tercer califa después de la muerte del profeta (632), se integraron, en versión definitiva o canónica, en el libro sagrado, el Corán. Adicionalmente, durante dos siglos, fueron apareciendo cientos de miles de supuestos hechos y dichos del profeta (“hadices”), transmitidos oralmente o recogidos por escrito. Diferentes eruditos y juristas seleccionaron miles de ellos como auténticos. Son tantos que podrían ocupar cinco mil páginas. Los más respetados son los hadices de al Bujari que realizó la inmensa tarea de seleccionar unos siete mil entre los más de seiscientos mil que circulaban en su época. Al Bujari murió en el año 870. Otro legislador, Muslim bin al Hayay, muerto en el año 875, seleccionó unos nueve mil extraídos de los trescientos mil posibles. Durante los tres siglos siguientes siguieron seleccionándose dichos y hechos del profeta. Los legisladores de las facciones enfrentadas por el poder se vieron inmersos en la frenética búsqueda de hechos del profeta que pudieran legitimar sus intereses.

 

Tanto las interpretaciones del Corán como las de los hadices canónicos han sido motivo de fuertes discrepancias dentro del mundo islámico, como lo fue el mensaje de Cristo antes y después de ser recogido en el Nuevo Testamento por los padres de la Iglesia cristiana y como lo fueron muchos dogmas posteriores. El Corán y los hadices conforman la base espiritual y política del Islam. Islamismo, judaísmo y cristiandad acudieron a las mismas milenarias tradiciones religiosas, originarias de Mesopotamia, para conformar su credo. La influencia del pensamiento griego y su rica mitología fue notable, especialmente, en el caso del cristianismo y a través de éste en la filosofía básica del islamismo.

 

En tiempos de Mahoma, seis siglos después de la muerte de Jesús, el cristianismo se había consolidado como religión única en todo el imperio romano, debido a la activa labor entre los gentiles iniciada por San Pablo y seguida por los discípulos y apóstoles de Jesús. La decisión del emperador Constantino “El Grande”, reflejada en el Edicto de Milán (313), firmado también por el emperador romano de Oriente, Licinio, implantaba la tolerancia religiosa y en el Concilio de Nicea (325) quedó legalizado el cristianismo. En esa época ya existían 1.500 sedes episcopales y siete millones de habitantes de los cincuenta que tenía el imperio eran cristianos. Estas medidas imperiales fueron de gran importancia para la posterior y rápida expansión de cristianismo libre de las persecuciones que había padecido. También se desarrollaron pujantes comunidades cristianas en varios lugares del mundo oriental conocido incluido Egipto, la costa occidental del mar Rojo (costa etíope), algunas regiones árabes y los estados tapón del norte de Arabia.

 

Con todo ello, tiene toda lógica que el nuevo profeta, hábilmente, mantuviera las tradiciones monoteístas judeo cristianas en su mensaje y que eliminara los dogmas cristianos más discutidos, en los que, durante siglos, se perdió y ha perdido la discusión teológica cristiana, llegando a causar terribles y sangrientos enfrentamientos por las numerosas discrepancias religiosas. Entre las que, en pleno Renacimiento, conviene recordar las luchas religiosas en Francia, entre hugonotes y católicos; en los países del Reino Unido entre anglicanos y católicos; en los Países Bajos y en Alemania, entre protestantes y católicos. Como no debemos olvidar la Santa Inquisición en España, represora, hasta bien entrado el siglo XIX, de cualquier ideología diferente de la católico-romana. Lutero, Calvino con su reforma del catolicismo dieron al traste con el humanismo erasmista. Enrique VIII, Carlos V, Felipe II, Francisco I, María Tudor, Isabel I, Enrique II y Catalina de Médicis hicieron de sus dominios escenario de los mayores enfrentamientos por la cuestión religiosa. Mientras, el Islam del siglo XVI imperaba, bajo una fe que se había mantenido casi intacta y amenazaba las fronteras europeas por el imperio otomano, bajo  el califato de Soleiman “el Magnífico”.

 

Para el Islam, Dios es una sola esencia ajena a la imagen del ser humano, Jesús no es para Mahoma ningún dios y menos, todavía, hijo de Dios. La visión de un dios único, amenazador para el infiel y de naturaleza inalcanzable al ser humano simplifica la cuestión de la relación con Dios/Alá de forma inteligente. Igualmente, los pilares del islamismo son fácilmente asumibles por los humanos: Sometimiento indiscutible a Dios. Reconocimiento del verdadero y último profeta como enviado de Alá. Práctica diaria de la oración. Conocimiento profundo, incluso memorizado si fuera posible, del Corán. Práctica de la caridad. Peregrinación obligada a la Meca y, si fuera posible, a otros lugares sagrados como necesario factor de integración. Y…la Yihad como medio de defensa y ataque al enemigo interno o externo político o religioso. Yihad que provocó innumerables baños de sangre, tanto en tiempos del profeta como después. Mahoma masacró a los judíos, iniciales aliados, y los expulsó de sus dominios. Toda resistencia a la nueva fe fue barrida por la diplomacia, las alianzas o la espada. El profeta de los primeros tiempos había sufrido una gran transformación y en aquel violento mundo se sumó a la violencia con grandes resultados. Fueron numerosas las  caravanas que asaltó y las batallas que dirigió con el éxito de un consumado y sangriento estratega militar.

 

Mahoma muere, en el año 632, por enfermedad en la cama, como todo dictador que se precie, habiendo consolidado un estado en árabe bajo una misma religión  y liderazgo que, a partir de Mahoma, quedaría representado por la máxima autoridad religioso-política del califa, jalifat Rasul Allah “sucesor del enviado de Dios”. Líder que debería ser elegido por méritos propios por los notables del reino: jefes de las tribus y clanes más poderosos. Al morir sin nombrar sucesor las luchas internas por ejercer el poder se desataron.

 

El primer califa de la llamada “edad de oro” (632-661) fue el influyente suegro y protector de Mahoma, Abu Bark,  que gobernó solo dos años. Tras consolidar la unión de todas las tribus de la península arábiga, inició la expansión exterior con las primeras conquistas en Siria y Persia. Nombró como sucesor a Umar “Señor de los Creyentes” que realizó las conquistas de Palestina, Siria, Mesopotamia y Egipto e impulsó una gran transformación de las estructuras de poder. Murió asesinado en el año 644. Le sucedió Utman, del clan Omeya de la tribu qurayshi del profeta. Continuó la expansión en territorios iranios y en el norte de Africa. Fue asesinado (656) por los seguidores de Alí, sobrino y yerno de Mahoma.

 

Alí es reconocido como califa con la oposición los seguidores de A´isha, esposa del profeta, a los que derrota en la primera guerra civil musulmana (656) tras la Batalla del Camello. Tampoco los Omeya aceptaron su liderazgo y siguieron las luchas intestinas. La expansión territorial se detuvo. Alí fue derrotado y asesinado (660) por los Omeya al mando del gobernador Sirio, Muawiya. Los partidarios de Alí y sus hijos siguieron oponiéndose al sunismo de los Omeya dando origen al chiísmo islámico, corriente religiosa que se considera la depositaria de la verdadera fe de Mahoma. Los chiítas, seguidores de Alí, representan alrededor del 15% la comunidad musulmana actual.

 

Muawiya, nuevo califa, trasladó la sede del califato de la Meca a Damasco. Bajo el Califato Omeya (661-750) se produce la segunda oleada de conquistas, hasta España por occidente y el valle del Indo (711) y el sur de Rusia (712) por oriente. Después del casi total dominio de España y Portugal se invade el sur de Francia hasta ser derrotados por Carlos Martell en la Batalla de Poitiers (732).  Pocos años después fueron expulsados hasta el sur de los Pirineos. El liderazgo de Carlos Martell en el frenazo europeo de la expansión musulmana fue lo que le consolidó como rey de los francos.

 

La dinastía Omeya es sustituida por la Abbasí (750-1258) que traslada (762) el califato a la recién fundada Bagdad, desplazando el centro del poder de Siria a Irak, en un claro proceso de orientalización del Islam que sacraliza la figura del califa y potencia la figura del imán o guía de la comunidad islámica. Los abasíes, descendientes, también, de otro clan de la tribu qurayshi y del tío de Mahoma, al´Abbas, se consideraban “la dinastía bendita” y legítima y declaró impíos a los Omeya.

 

La expansión de los árabes por el mundo, fue fulminante. Aquel pueblo convirtió su fe en el motor de una rápida invasión sin precedentes del resto del mundo medieval oriental y occidental. Judíos y cristianos fueron sometidos por la fuerza de las armas pasando a ser tributarios de los árabes en todos los lugares conquistados. A cambio del tributo se les consintió mantener su religión, aunque muchos fueron esclavizados y un gran número de judías y cristianas pasaron a los harenes, y otros fueron relegados a actividades sin influencia en el gobierno o la administración como ciudadanos de segunda o tercera clase. Los países conquistados estaban bajo el poder de los gobernadores o sultanes en representación del califa.

 

 

Los pilares de los manifiestos de Osama Bin laden.

 

Son las principales citas del Corán y de los hadices recogidas en sus mensajes.

 

Desde Sudan 1994-1995

 

“La mejor Yihad contra un sultán despótico es la palabra de la verdad” (Hadices de Ibn Hanbal).

 

“Dios Maldice a quien acoge a un innovador” (hadiz de Sahih Muslim).

 

“Quien cree en Dios que diga algo bueno el último Día o permanezca en silencio” (hadiz de al- Bukhari) los hadices de Al-bukhari (810-870) son considerados los más auténticos, solo el Corán los supera en autoridad. Recopiló 7.275 entre los más de 600.000 que merecieron su atención.

 

La invasión de Arabia 1995/1996

 

“creyentes, responded a Dios y a su Mensajero cuando os llame a lo que os da la vida” (Corán 8, 24) (…una vida de Yihad en nombre de Dios todo poderoso)

 

 “¿Porqué cuando se te dice “ve a luchar como Dios manda”, clavas los talones en tierra? ¿prefieres este mundo a la otra vida? ¡Qué pequeño es el disfrute en este mundo!, en comparación con el de la otra vida. Si no sales a luchar, Dios te castigará duramente y pondrá  a otros en tu lugar, pero no puedes lastimar a Dios de modo alguno, porque es omnipotente” (Corán 9, 38 y 39).

 

En Kurashan, 1996-1998, Citas incluidas en la Declaración de yihad contra Estados Unidos por su continua presencia en Arabia Saudita. Acusación contra el régimen saudí y llamamiento al la abdicación del rey Fahd. Bin Laden, tras varios intentos saudíes de asesinarlo, es invitado a abandonar Sudán bajo la presión de Egipto y EU.

 

Osama bin Laden, hace su propia interpretación de diferentes textos en apoyo de su acción terrorista.

 

(continuará)



A&D
diomedes@terra.es