A&D
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El laberinto español
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La Cuestión Catalana
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Dalí.- El Gran Masturbador
Dalí.- El gran masturbador
(El cuadro de este genio catalán no es casual introducción a esta historia)
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Introducción

La intención del libro de Gerald Brennan fue narrar los antecedentes históricos de la guerra civil. Brennan, en el prólogo, manifiesta su simpatía por la República pero proclama su objetividad. Critica a la Iglesia católica española "...es cierto que una Iglesia tan rígida e intransigente como la española no se concibe en Francia o en Italia. Pero acaso no sucede así con casi todos los grupos o instituciones españoles?. Los españoles que con más fuerza se oponen a ella - los intelectuales y los liberales - son precisamente los que desean que su patria sea más europea. No dudo que éste sea un ideal con fuerza de atracción para quien haya nacido en España; pero, para quien mira desde este lado de los Pirineos, puede parecer que la principal virtud de España reside en su intratabilidad".

"La muerte por monotonía, por uniformidad, por despersonalización - si conseguimos escapar a la destrucción en otra guerra - es el destino que nos ofrece este bonito "brave new world" (Mundo Feliz) que se caracteriza por la amalgama y el control universal. A esa muerte opondrá España una prolongada resistencia".

Al final del prólogo a la segunda edición, añade:

"Con un poco de paciencia, las derechas hubieran conseguido sin guerra mucho de lo que querían, pues el Frente Popular se estaba desmoronando rápidamente a causa de sus discordias internas, y las izquierdas habían intentado ya su revolución, que había fracasado. Pero los jefes nacionalistas, deslumbrados por la Alemania nazi, no se conformaban sino con una victoria total por aniquilamiento de sus enemigos; y sus seguidores, que en todo caso no pudieron elegir, estaban atemorizados. El resultado fue una guerra civil que ha arruinado a España para medio siglo."

En el prólogo de la primera edición destacan los siguientes párrafos:

"Hace casi noventa años observaba Karl Marx que, en su tiempo, el conocimiento de la historia de España era en general imperfecto. "Acaso ningún otro país, excepto Turquía - escribía -, es tan poco conocido y tan mal juzgado como España." A continuación explicaba que la razón de ello era que los historiadores, "en lugar de considerar la fuerza y los recursos de estos pueblos en su organización provincial y local, han bebido en las fuentes de su historia cortesana". ( ). Las historias corrientes de la península dan una impresión falsa de los sucesos que describen. La razón principal es la siguiente: España, tanto económica como psicológicamente, difiere en tal grado de los demás países de Europa occidental, que las palabras con que se hace principalmente la historia - feudalismo, autocracia, liberalismo, Iglesia, ejército, parlamento, sindicato, etc.,- tiene sentidos muy distintos de los que se les presta en Francia o Inglaterra."

A continuación ofrece una serie de razones, para que esto fuera y sea, en ciertas formas y en pleno fondo, todavía así. Entre ellas, escribe:

"España es el país de la "patria chica". Cada pueblo, cada ciudad, es el centro de una intensa vida social y política".

"España es un conjunto de pequeñas repúblicas, hostiles o indiferentes entre sí, agrupadas en una confederación de escasa cohesión. En algunos grandes periodos (el Califato, la Reconquista, el Siglo de Oro) esos pequeños centros se han sentido animados por un sentimiento o una idea comunes y han actuado al unísono; mas cuando declinaba el ímpetu originado por esa idea, se dividían y volvían a su existencia separada y egoísta. Esto es lo que ha dado su carácter espectacular a la historia de España. en lugar de unas fuerzas que se van formando lentamente, como es el caso de otras naciones europeas, se han sucedido alternativamente los minúsculos conflictos de una vida tribal y unas grandes explosiones de energía que, económicamente hablando, surgen de la nada. Así pues, el principal problema político ha sido siempre el alcanzar un equilibrio entre un gobierno central eficaz y los imperativos de la autonomía local. Si en el centro se ejerce una fuerza excesiva, las provincias se sublevan y proclaman su independencia; si esa fuerza es insuficiente, se retiran sobre sí mismas y practican una resistencia pasiva. En sus mejores épocas, España es un país difícil de gobernar".

"Su fuerza e independencia de carácter, su reacción rápida y completa ante cualquier situación social, su integridad emotiva, su don de las palabras - y, también hay que decirlo - su crónica indisciplina -, son todas ellas características debidas a que los españoles han continuado viviendo la intensa vida de la ciudad estado griega, de la tribu árabe o del mundo medieval. La tertulia o el café ocupan el lugar del ágora. La política es municipal o tribal, y es auténtica política en el sentido de que el que pierde, paga. Así se explica la agudeza política que sorprende incluso al más superficial observador de los españoles, pero así se explica también su ineficacia. Aun las mejores cabezas rara vez logran escapar de la red de sus relaciones personales para dominar la escena a su alrededor. Las mismas causas que han hecho de los españoles el pueblo más vigoroso y humano de Europa, les han condenado a largas etapas de estancamiento político y de inoperancia."

"Está claro que la estructura de las fuerzas políticas en toda España ha sido determinada por la geografía. En el este y en el sur se produjo el nacionalismo catalán entre las clases medias y el anarcosindicalismo entre los obreros industriales y agrícolas, movimientos ambos que ponen su acento en la libertad. En Castilla había un conservadurismo autoritario y católico basado en la posesión de tierras y en un marxismo igualmente autoritario cuya fuerza radicaba en el hambre de tierras. En el norte había movimientos autonomistas vinculados a una doctrina ultra católica y agraria llamada carlismo. Aun en movimientos tan extendidos como el republicanismo se tropieza con la cuestión regional, ya que por centralistas que fueran sus dirigentes, por muy castellano que fuera su punto de vista, solo pudieron conquistar el poder con ayuda de Cataluña. De la misma manera que los carlistas, pese a sus procedimientos autocráticos, se habían visto obligados a prometer a los vascos y a los navarros sus fueros históricos, así los republicanos y socialistas de 1931, castellanos hasta la médula casi todos ellos, se vieron obligados a conceder a los catalanes un elevado grado de autonomía. Y cuando aumentó la presión de sus enemigos, incluso se vieron obligados a ir más allá y otorgar asimismo estatutos de autonomía a los vascos y a los gallegos. Este ejemplo muestra que, en España, todo régimen republicano, tiende, bajo la presión de los acontecimientos, a hacerse federal, y que, cuanto más lejos lleva su programa federal, más se debilita, pues ha transferido el poder a las provincias.

Pero ¿que es lo que hizo que estas diversas partes en que se dividía España se mostraran tan incapaces de entenderse entre sí? Dar una contestación a esta pregunta es equivalente a explicar porqué les resulta a las naciones de Europa tan difícil el vivir en armonía. España es una miniatura de Europa, y los españoles tienen gran apego al poder."

"La fuerza que alimenta a todo movimiento autonomista en la península es el descontento de la pequeña burguesía por la estrecha y pobre rutina en que vive. Su exacerbación regionalista tiene una base económica".

"Durante ocho siglos, la tarea de expulsar a los musulmanes fue la vocación propia de España, y la unidad del país fue el feliz cumplimiento de esta misión. Por entonces el espíritu cruzado había llegado a formar parte del carácter nacional de tal manera que, hasta el agotamiento completo sobrevenido en el siglo XVII, continuó la guerra santa contra los protestantes, con total descuido de los propios intereses. Como es natural, la Iglesia desempeño un destacado papel en estos sucesos. El clero era el guardián de la gran idea por la que los españoles luchaban, y bajo su influencia estos se acostumbraban a pensar que toda divergencia de opinión era delictiva y que todas las guerras eran ideológicas. Luego, en 1812, la Iglesia se vio envuelta en una lucha política con los liberales. Esta lucha condujo a una guerra civil que duró siete años y, aunque la Iglesia perdió, la política y la religión quedaron tan fatalmente entrelazadas que en adelante nunca pudieron separarse. Esto quedó claro cuando se vio que la derrota de la Iglesia la había arrojado en brazos de los terratenientes, de manera que en adelante atacar a una de estas fuerzas era atacar a la otra. La religión, que había desempeñado en los conflictos sociales de los siglos XVI y XVIII un papel armonizador, era ahora un factor de exacerbación.

A principio del presente siglo, la fe religiosa había declinado en todo el país. Primero fue la clase media, a la cual siguió el proletariado, pero la religión había significado tanto para los menesterosos, que tuvieron necesidad de algo para llenar el vacío que aquella dejaba. Y este algo no podían ser sino las doctrinas políticas - anarquismo o socialismo- que les estaban aguardando". Las clases pobres se adscribieron, pues, a esas doctrinas con el mismo espíritu, con el mismo fervor religioso y la misma simplicidad con que en tiempos pasados habían aceptado el catolicismo. Durante algún tiempo pudo pensarse que era posible un arreglo pacífico, pues los dirigentes socialistas deseaban la reforma más bien que la revolución; pero la intransigencia de la clase gobernante combinada con la aparición del fascismo en Italia y Alemania hizo imposible todo acuerdo".

"La guerra civil fue la explosión del polvorín que se había ido acumulando lentamente. Las elecciones en las que venció el Frente Popular habían distribuido las fuerzas políticas españolas en dos bandos opuestos, aunque la clasificación fuera a todas luces defectuosa. El ejército se sublevó entonces, esperando, con su acostumbrado exceso de confianza, imponerse en pocos días a las masas de las grandes ciudades. Pero el heroísmo de la clase obrera frustró este proyecto, y empezó la revolución tanto tiempo esperada por el proletariado, aunque probablemente él nunca habría sido capaz de iniciarla. Es propio de las revoluciones el brindar momentos en que parecen próximos a realizarse todos los sueños más brillantes de la raza humana, y los catalanes, con su carácter expansivo y dramatizador, no quedaron a la zaga de otros pueblos a este respecto. Quienes visitaron Barcelona en el otoño de 1936 jamás olvidarán la emocionante y exaltante experiencia y, a medida que se afirmó la resistencia a la rebelión militar, las impresiones que de allí se llevaron se propagaron a círculos cada vez más amplios. España se convirtió en el escenario de un drama en el que parecían representarse en miniatura los destinos del mundo civilizado. Quienes tenían ojos para el futuro miraban, como en una bola de cristal, esperando leer su propia suerte".

"¿Qué decir del futuro? La guerra civil española fue una espantosa calamidad en al que todas las clases y todos los partidos perdieron. Además del millón o dos millones de muertos, la salud del pueblo se ha visto minada por su secuela de hambre y de enfermedades. Cientos de miles están todavía en la cárcel. Tanto física como moralmente, España es una ruina de lo que fue. La esperanza de una resurrección radica en la indomable vitalidad de la raza española...)".

Con las siguientes palabras termina el prólogo:

"Este libro, que empecé para distraer mi espíritu de los horrores y angustias de la guerra civil, es sencillamente una prueba más de la impresión profunda y duradera que deja España en quienes la conocen".

Del primer capítulo, la Restauración, hemos recogido los siguientes textos:

"...aunque los españoles tienen ingenio, capacidad y medios suficientes para restaurar su país, no lograrán hacerlo; y aunque enteramente capaces de salvar su Estado,
no lo salvarán - porque les falta voluntad de hacerlo".
Sebastiano Foscarini, embajador de Venecia en Madrid de 1682 a 1686.
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"Son españoles los que no pueden ser otra cosa" (Cánovas del Castillo).

"El Conde Duque de Olivares llegó al poder en un momento crítico con la misión de salvar y reconstruir el país, y había fracasado. Su gran error, tal como Cánovas del Castillo lo veía, era el error habitual de los españoles: intentar llevar adelante ambiciosos proyectos sin considerar en lo debido los medios económicos y materiales, sobre los cuales debían asentarse tales proyectos".

"Cambó, distinguido banquero e industrial, jefe de los conservadores catalanes, recapitula lo que él describe como "La inmensa ficción del régimen constitucional en España desde Fernando VII hasta septiembre de 1923":

"Durante todo un siglo, España ha vivido bajo la apariencia de un régimen democrático constitucional, sin que el pueblo haya tenido nunca, directa o indirectamente, la menor participación en el gobierno. Los mismos hombres que le dieron sus derechos políticos tuvieron buen cuidado de hacer que no los pudiera ejercitar nunca".

"El prototipo de la sociedad moderna española ha de buscarse en el siglo XVII, en el periodo que siguió a la inmensa expansión que transformó a un país rudo, mal cultivado y pobre (con excepción de Cataluña y otras regiones del Sudoeste, en que prevalecían las influencias mediterráneas), pero viril, en un vasto imperio. (...El orgullo español, la creencia española en los milagros, el desprecio por el trabajo, la impaciencia y el gusto por la destrucción, aunque ya existían antes en Castilla, recibieron entonces un poderoso impulso. A partir de 1580, las pocas fábricas de paños que existía en el país desaparecieron, y los españoles se convirtieron en un pueblo rentista, una nación de caballeros, que vivían en parasitaria dependencia del oro y la plata que les llegaban de las indias y de la industria de los países bajos. ( ) ...La España del siglo XVII muestra claramente la decadencia de una clase gobernante que había dominado a la civilización europea sin llegar a comprenderla ni asimilarla nunca".

"Como demuestra claramente la historia España ha existido únicamente como nación cuando se sintió bajo la influencia de una gran idea o impulso; tan pronto como declinaba esa idea, los átomos de la molécula se separaban y empezaban a vibrar y a chocar unos con otros. Lo vemos por primera vez en tiempo de Augusto, cuando la civilización romana sometió a las belicosas tribus íberas. Apenas acabada la conquista España hizo suya la idea de Roma, en una medida jamás lograda por la Galia, y automáticamente empezó a producir generales, emperadores, filósofos y poetas, hasta el punto de que Italia llegó a parecer una simple provincia de España.

Pero la decadencia en los siglos siguientes fue tan completa que ni siquiera los Pirineos lograron proteger a la península contra las hordas germánicas, que se precipitaron sobre ella en aluvión. Ultimos entre estos, los visigodos, fundaron un reino bastante estable sobre las piezas rotas del Imperio, pero sin llegar a inspirarle nueva vida de modo que, alrededor del 710, unos millares de árabes y africanos fueron capaces de conquistar y convertir en pocos años la mayor parte de la península. El Islam aportaba consigo una gran idea igualitaria - la hermandad de clases y razas bajo una bandera -, idea que el cristianismo, con su jerarquía eclesiástica y su indiferencia por las virtudes cívicas había dejado de ofrecer.).

La Reconquista empezó cuando los pequeños reinos bárbaros en que había quedado dividida la España del norte, adquirieron - bajo la influencia de los monjes franceses de Cluny - una nueva conciencia de su papel histórico, pero la idea subyacente de la reconquista no era en esa época tanto religiosa como social y política. Los primeros cruzados de la Reconquista traían una nueva forma de libertad, la de las comunas autónomas que con extraordinaria fuerza y vigor habían brotado como por magia por todo el centro y el norte del país. La razón de ser de tales comunas era que los reyes y los nobles, deseando repoblar las llanuras abandonadas y defenderlas, a su vez, contra los moros, se había visto obligados a dar libertad a sus siervos y aun a concederles amplios privilegios.

Este movimiento hizo un alto en el siglo XIII a consecuencia de la crónica incapacidad de los castellanos para pensar en términos económicos y agrícolas, en lugar de hacerlo en lugar de hacerlo en términos militares y pastoriles. Con su incompetencia y falta de instinto comercial arruinaron los nuevos e inmensamente ricos territorios que habían conquistado, y la España cristiana dejó aplazada y a medio terminar su tarea a lo largo de más de dos siglos, cayendo en guerras civiles sin sentido y, en consecuencia, en la anarquía.

La unión de Castilla con Aragón, la toma de Granada y la concentración del odio popular sobre los judíos proporcionaron con casi milagrosa subitaneidad el motivo y la fuerza del tercer gran periodo - una empresa militar, religiosa, de colonización -; pero declinó tan rápidamente que ya en 1640 cuatro regiones de España intentaron su secesión e independencia: Portugal la logró; y una larga guerra civil fue necesaria para evitar que Cataluña se uniese a Francia".

En notas a pie de página, escribe:

-" El imperio español del siglo XVI carecía de bases económicas en España. Si el descubrimiento de América por Colón no hubiera acaecido, España se habría visto en quiebra en 1570 a consecuencia de la rebelión de los Países Bajos, por falta de dinero para mantener esta guerra".

-" Martínez de la Mata escribía a mediados del siglo XVII: "El defecto más evidente que se encuentra en la entraña de esta República consiste en que no existe en ninguna de sus partes ni amor ni interés por la conservación del todo; cada hombre piensa únicamente en su utilidad presente y en modo alguno en la futura".

"Hablar de la pereza del pueblo español sin explicarla equivale a no decir nada. El sistema de trabajo en toda sociedad queda determinado mucho menos por el proletariado que por las clases dirigentes. Donde la clase media es industriosa, el pueblo sabe como trabajar. Si conseguimos que trabajen las clases privilegiadas, habremos resuelto la clave del problema. (Aguilera en El Trabajo Nacional, 16 de marzo de 1910)".

"...España a partir del momento en que perdió su fe católica, ha sido sobre todo un país en busca de una ideología. Una idea nueva, incitación a la acción común, se presiente que podría liberar todo ese cúmulo de energías hasta aquí únicamente dirigidas contra si mismas; y en vez de batallar sin objeto en torno a sus propios problemas, España podría muy bien enviar rayos de luz y de energía hacia el mundo".

La Cuestión Catalana

El segundo capítulo se titula "El régimen parlamentario y la cuestión catalana" y comienza con una cita de Giovanni Cornaro, embajador de Venecia en España en los años 1681-1682:

"El gobierno de España es el más perfecto que pudieron imaginar los antiguos legisladores, pero la corrupción de los tiempos ha ido llenándolo de abusos.
Desde el pobre hasta el rico, todo el mundo consume y
devora la hacienda del rey:
los unos, a pequeños bocados; la nobleza, a boca llena;
y en cuanto a los grandes en cantidades fabulosas...
Hay muchos que piensan que se trata en verdad de un milagro
el que la monarquía continúe manteniéndose."
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"¿No es España, después de todo, el país en que la historia - y de qué monótona manera - se repite una y otra vez?"

"Desde 1900 hasta 1923, fecha en que Primo de Rivera acabó con el régimen instaurado por Cánovas, éste sistema funcionaba año tras año con mayor dificultad. Dos eran las razones principales de ello; la primera, que el mero paso del tiempo y el gradual despertar de la opinión pública desacreditaban cada día más el sistema. En segundo lugar, la actuación de zapa del rey, que obstaculizaba sistemáticamente el movimiento que tendía a restaurar el prestigio de las Cortes mediante elecciones libres, con lo que preparó el camino para una victoria del ejército."

"Tal vez la máquina política hubiera seguido funcionando algún tiempo más por cauces relativamente tranquilos, derramando sus beneficios sobre la pequeña casta dirigente y sus paniaguados, de no haber surgido un problema, demasiado urgente para poder ser soslayado y demasiado serio para ser ni remotamente resuelto por tan desacreditada institución. Era la cuestión catalana. Durante más de veinte años había envenenado la atmósfera política en España más aún que la cuestión irlandesa envenenó la de Inglaterra. Con la diferencia, por añadidura, de que Cataluña no es una isla retardataria y empobrecida, sino la principal zona industrial de la península.

Habrá que empezar por decir que el problema de Cataluña presenta un aspecto bastante especial del problema general del regionalismo español.). Las diferencias regionales han tenido como consecuencia el nacimiento de fuertes patriotismos locales, que levantan la cabeza en cuanto se afloja la tensión del poder central. Durante la guerra de la Independencia, por ejemplo, veintitantas juntas provinciales se declararon independientes, y una de ellas, la Junta de Murcia, habiendo tenido ocasión de tratar con el gobierno británico, escribía que su provincia deseaba tratar con él "no como un comerciante con otro, sino como una corte con otra corte; como una nación soberana con otra nación soberana".

De nuevo en 1873, durante la breve existencia de la República federal, con una sola excepción, todas las ciudades del sur y del este, de Sevilla a Valencia, sacaron a relucir sus orígenes de ciudades estado mediterráneas y se declararon puertos francos y cantones independientes, no reconociendo ninguna autoridad central, y apenas ha habido un levantamiento campesino desde 1840 en que cada aldea no haya reunido en asamblea a sus habitantes, declarándose Estado libre y soberano. Creo, sin embargo, que sería un error considerar dichos movimientos como muestras de un deseo real y sostenido de independencia frente a Madrid. La unidad económica de España no puede ser puesta en duda por ninguna persona cultivada. Tales insurrecciones eran en gran parte, solamente protestas contra el mal gobierno.

Pero el problema catalán es cosa muy distinta. Tanto lingüista como culturalmente, Cataluña forma más bien una unidad con el sur de Francia que con el resto de la península. Bajo la influencia de la clase rica de comerciantes que la gobernó durante la Edad Media, llegó a adquirir un carácter activo y emprendedor y una mentalidad europea muy diferente de la de sus vecinos semipastoriles de las mesetas interiores. Los siglos XIII y XIV constituyeron el periodo de su máxima prosperidad. Primero bajo los condes de Barcelona y más tarde unida a la corona de Aragón, monopolizó el comercio marítimo en el Mediterráneo occidental y extendió su dominio sobre Nápoles y Sicilia. Pero el descubrimiento de América y la ruina del comercio mediterráneo por los turcos provocaron su decadencia. Sin embargo hasta mediados del siglo XVII, siglo y medio después de su unión a Castilla, cuando el prestigio de esta monarquía había empezado a declinar, no comenzó a surgir un movimiento separatista.

España era entonces todavía la misma confederación de estados con poca trabazón interna que fuera a principios del siglo XVI. Las provincias que pertenecían a la corona de Castilla mantenían alguna cohesión, aunque las Vascongadas pudieran ser consideradas como repúblicas semiindependientes, y los asturianos y gallegos conservasen sus fueros y privilegios locales. Pero los reinos y el condado (Valencia, Mallorca, Aragón y Barcelona) incorporados en la corona de Aragón contaban cada uno con sus propias leyes y cortes, y el rey no podía levantar impuestos ni hacer entrar tropas extranjeras (esto es, castellanas) en su territorio sin antes obtener su permiso. Tan extranjera se consideraba en realidad a Castilla frente a un miembro cualquiera de la federación aragonesa, que los catalanes mantenían cónsules en Andalucía; por otra parte, a los súbditos de la Corona de Aragón no se les permitía comerciar en América.

(En 1596 Felipe II concedió permiso a sus súbditos de la Corona de Aragón para residir en América, pero de hecho se les ponía tales obstáculos que no llegaron a comerciar sino mucho más tarde. Hasta 1717 Sevilla mantuvo el monopolio de todo el comercio colonial.

Es interesante imaginar los que hubiera sucedido si hubiese sido Fernando, y no Isabel, quien hubiera facilitado el dinero para el viaje de Colón. Se les habrían abierto las puertas de América a catalanes y valencianos, y Castilla hubiera estado excluida. Apenas se puede dudar de que el curso total y el carácter de la historia de España sería diferente; no habría sobrevenido la decadencia del siglo XVII, pues el desarrollo del comercio, la industria y la agricultura en el país lo habría impedido. Por otra parte, la labor de colonización se habría resentido. El tesón con que los castellanos exploraron, conquistaron y colonizaron América excede a la capacidad de cualquier otra nación en su tiempo; tiene algo de la magnificencia y el vuelo de las conquistas realizadas por las tribus árabes después de la muerte de Mahoma. Una y otra son empresas de hombres muy ligeramente apegados al suelo, y hambrientos desde su cuna.)

Ni Felipe II ni sus sucesores hicieron el menor intento por construir un estado más centralizado. La unidad de España estaba basada no en lazos políticos sino en su ideología - esto es, en la religión - y el guardián de esa unidad era la Inquisición.

No obstante cuando Olivares llegó al poder en 1623 dos cosas eran evidentes: la decadencia económica de España avanzaba a pasos agigantados, y las guerras de los países Bajos y Alemania, que ninguna relación tenían con los intereses españoles sino que habían sido emprendidas con pretextos religiosos, aceleraban esta decadencia. Los catalanes fueron naturalmente los primeros en darse cuenta de ello y en sacar las consecuencias que se imponían. Por otra parte, Olivares percibía con fundamento que en el inevitable duelo que se aproximaba con Francia, Francia había de ganar porque era un país centralizado.

(Cuando Olivares preguntó a los catalanes, cuales, en su opinión, podrían ser los remedios a los males de España, la respuesta fue: "Permanezcamos en nuestra patria. Repoblemos el campo, cultivemos nuestras tierras, fortifiquemos nuestras ciudades, abramos nuestros puertos al comercio y restablezcamos nuestras fábricas...en esto debiera gastarse el tesoro que llega de América, y no en desgraciadas guerras sin sentido."

La cuestión catalana era la misma en 1640 que en 1900. Pero también es comprensible la opinión de Olivares: "los políticos extranjeros dicen que la monarquía española es simplemente un cuerpo fantástico sostenido por la opinión general, pero sin ninguna sustancia".)

"Olivares bosquejó, por lo tanto, planes secretos para modificar los privilegios celosamente preservados por Cataluña y las demás regiones autónomas. Los catalanes tuvieron noticia de ello, y el día del Corpus de 1640, en plena guerra de España con Francia, se sublevaron colocándose bajo la protección del rey Francés. Su rebelión fue la señal de un movimiento afortunado de secesión en Portugal y también de alzamientos, fracasados estos, en Andalucía y Argón (una rebelión de los vascos había tenido lugar pocos años antes). Barcelona no llegó a someterse hasta 1652 y la guerra continuó en las montañas hasta 1659, fecha en que terminó con la Paz de los Pirineos, por la cual España entregaba a Francia la provincia más septentrional de Cataluña, el Rosellón, y el distrito de la Cerdaña. El gobierno era demasiado débil para imponer castigo alguno a los catalanes.

Apenas cuarenta años después, en la guerra española de sucesión, los catalanes se levantaron nuevamente contra Madrid y ofrecieron su apoyo a la coalición aliada. Pero cuando esta fracasó y Barcelona fue tomada por asalto después de un asedio terrible, los catalanes se encontraron con que no habían ya de tratar con los blandos descendientes de Felipe II, sino con príncipes borbónicos que habían aprendido el estilo de la autocracia en la corte de Luis XIV. Se edificó el Castillo de Monjuich para dominar Barcelona; las seis universidades catalanas fueron suprimidas, creándose, bajo la inspección del nuevo rey, una nueva en Cervera, al mismo tiempo que eran abolidos los fueros y privilegios de Cataluña. Sesenta años más tarde, Arthur Young se sorprendía de ver aún que los catalanes eran tratados como un pueblo sometido y que a sus nobles se les prohibía llevar espada. A cambio de todo esto se apoyó a los catalanes en sus nuevas industrias, concediéndoseles más tarde ciertos derechos de comercio con América."

"Entre 1822 y 1837 Cataluña había perdido (no sin razón) sus leyes penales, su legislación comercial, su moneda, sus tribunales especiales, y aun el derecho a usar la lengua catalana en las escuelas sin protesta alguna. Pero muy pronto empezó a manifestarse un resurgir de los sentimientos nacionales catalanes. Después de 1860 se notó un florecimiento de la lengua, que había dejado de hablarse salvo en las aldeas, así como la fundación del primer periódico catalán y un teatro para las obras catalanas. El movimiento federal de 1868 a 1873 fue bien acogido por los intelectuales de Barcelona, y no es, sin duda, un azar el que tres de las figuras dirigentes del movimiento revolucionario, Prim, Pi y Margall y Figueras, fuesen catalanes. Pero solo la derrota final de los carlistas en 1876 convirtió el nacionalismo catalán en un movimiento realmente serio.

El campo había sido siempre carlista en Cataluña, ya que el carlismo del siglo XIX además de un clericalismo extremado representó autonomía y privilegios locales. Cuando por segunda vez el carlismo fue derrotado la Iglesia, lo mismo en Cataluña que en las provincias vascongadas, hizo pesar su influencia del lado de los nacientes movimientos nacionalistas. En Cataluña, el obispo de Vich llegó a ser uno de los jefes del partido nacionalista; y no solo las familias carlistas sino también la encopetada burguesía de Barcelona, que por lo demás se sentía inclinada hacia el clericalismo, acabó por unírsele. Hasta 1900 desde luego y, salvo un breve intermedio, hasta 1923, el nacionalismo catalán fue un movimiento predominantemente de derechas.

Almiral, jefe ideológico del federalista Pi y Margall, publicó en 1886 su famoso libro Lo Catalanisme, que resumía los objetivos e historia del nacionalismo e indicaba el camino a seguir. Esta fase del movimiento culminó en la redacción en, en 1892, de las bases de Manresa, programa político de largo alcance, incompatible con los desnudos hechos económicos y con la unidad española, pero que fue suscrito entusiásticamente por las alas derecha e izquierda del catalanismo".

"La perdida de Cuba, en la que los industriales catalanes tenían cuantiosos intereses, provocó un sentimiento de irritación contra Madrid, a cuya intransigencia con los cubanos se atribuía tal perdida. Lo cual no era completamente justo, pues la oposición de los propietarios de las fábricas catalanes a la autonomía de Cuba había sido uno de los factores que contribuyeron al desastre. Se trataba, una vez más, de la antigua oposición de Cataluña contra Castilla, basada en concepciones fundamentalmente distintas sobre la manera de gobernar, reforzada por los agravios recientes.

"En Cataluña, nosotros tenemos que sudar y trabajar
para que vivan diez mil zánganos en las oficinas
del gobierno de Madrid".

Para añadir en seguida que aunque su población es solamente un octavo de la de toda España, ellos pagaban la cuarta parte de los impuestos del Estado, y solo un décimo del presupuesto total volvía a sus provincias. Eran las mismas quejas que sus antepasados habían expresado habían expresado en 1640".

(Nota A&D: poco más o menos un discurso que también ahora, en 1998,
cerca del siglo XXI, sigue pronunciándose, ¿ por distintas razones?)

"Cuando estos sentimientos se les subieron a la cabeza a los fabricantes catalanes, mezclados con el clericalismo de las "clases acomodadas" de las ciudades y con la tradición carlista de las zonas rurales, fue cuando el nacionalismo catalán se convirtió por primera vez en una fuerza poderosa y desintegradora de la política española.

Se formó un partido, la Lliga Regionalista, que reunía a los diversos elementos de derechas, y que tuvo la buena suerte de encontrar un jefe activo e inteligente en Francisco Cambó, presidente de Fomento (más tarde presidente también de CHADE, la principal compañía eléctrica de España, y director de varios establecimientos bancarios). En 1901, este partido, conocido simplemente por la Lliga, obtuvo un triunfo resonante e inesperado en las urnas, y con ello la lucha por la autonomía catalana comenzó en serio".

(El gobierno central propició todo tipo de guerra sucia en Cataluña con la intención de desestabilizar e intimidar a los nacionalistas). "En 1923, la situación había llegado a un grado tal que la Lliga se sintió contenta viendo a su peor enemigo, el ejército, hacerse cargo del poder para "restaurar el orden". Pero habrá que examinar esto con mayor detalle, ya que fue durante estos años, y surgiendo de estas confusas luchas, cuando se incubaron las fuerzas que llevaron a la guerra civil".

"La primera réplica al movimiento catalanista fue la creación y rápido desarrollo en Barcelona de un partido republicano de izquierda, llamado Partido Radical. Su jefe era un joven periodista llamado Alejandro Lerroux. La extraordinaria demagogia de sus discursos, sus incitaciones a matar curas, saquear iglesias y derrocar a los ricos le crearon gran popularidad en esta ciudad excitable y predominantemente izquierdista. Dará alguna idea de la oratoria de Lerroux por aquellos días el siguiente párrafo:

"Jóvenes bárbaros de hoy: entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura; destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres a la categoría de madres para virilizar la especie. Romped los archivos de la propiedad y haced hogueras con sus papeles para purificar la infame organización social. Penetrad en sus humildes corazones y levantad legiones de proletarios, de manera que el mundo tiemble ante sus nuevos jueces. No os detengáis ante los altares ni ante las tumbas... Luchad, matad, morir". (La Rebeldía de 1 de septiembre de 1906).

La policía no intervenía en sus mítines; el gobernador y los militares se mantenían cortésmente aparte, y en 1903 consiguió derrotar a la Lliga en las elecciones. Lerroux fue aclamado como "emperador" del Paralelo (avenida que bordea un barrio de míseras callejuelas y burdeles de Barcelona). Era anticatalanista, y los catalanistas no podrían hacer muchos progresos en tanto que él controlase las clases medias y bajas de la ciudad.

En 1905, el gobierno de Antonio Maura negó su apoyo a Lerroux y los radicales fueron derrotados por la Lliga en las elecciones".

"A pesar de los esfuerzos del gobierno y del ejército por evitarlo, los catalanistas constituyeron un frente unido Solidaridad Catalana que con Cambó y la Lliga al frente ganaron abrumadoramente las elecciones de enero de 1907, a despecho de que el gobierno incluso había sido instigador de un atentado contra Cambó".

"En España se llegó a creer que Maura (1907), por la fuerza de su personalidad, aniquilaría los viejos dragones de la corrupción y la esterilidad parlamentaria, resolvería la cuestión catalana y daría a la vida política del país un nivel elevado y moral. Maura a pesar de todo su mesianismo (eso me suena) de judío ibérico, no sabía simplemente que hacer cuando llegó al poder. Si es cierto que, desde Cánovas, no había habido ningún político español que se pudiera comparar con Maura en categoría, también lo es que ninguno ha sido tan ineficaz como él.

Ante la sorpresa de todo el mundo, escogió como ministro de la Gobernación a La Cierva, el peor afamado de todos los políticos del momento, y maestro en las artes de falsificación electoral. En cada uno de los siguientes gobiernos de Maura, La Cierva fue su mano derecha, y las elecciones bajo su mandato fueron las más corrompidas del siglo.

El primer año que La Cierva dirigió el Ministerio tuvo como consecuencia un recrudecimiento del terrorismo, por medio de bombas y atentados en Barcelona. En breve estallaron en las calles unas dos mil bombas en su mayor parte contra las propiedades de los fabricantes catalanes que pertenecían a la Lliga. Cuando un detective inglés fue llamado para hacer una investigación, quedo al descubierto que, en casi todos los casos, los atentados habían sido cometidos por una banda de pistoleros y agentes provocadores a sueldo de la policía. El jefe de la banda, Juan Rull, y sus colaboradores más destacados fueron condenados, pero aunque la complicidad del último gobernador de Barcelona, el duque de Bivona, resultó patente, nada se hizo por llevarle ante la justicia, y se acabó echando tierra sobre otras ramificaciones del asunto".

Esta era la opinión de Cambó:

"Con el fin - escribía - de luchar contra una Cataluña que empezaba a levantar su cabeza, los gobiernos españoles llevaron a cabo toda clase de agitación demagógica. Pero, como era de esperar, el bacilo que se extendió por todo el país no se limitó al lugar en el que se esperaba que cumplieran sus efectos. Si algún día descubrimos las causas profundas de los actos de que cayeron víctimas entre otros Cánovas, Canalejas, y Dato, se verá que existía una relación entre ellas y el fermento anarquista que habían sido cultivados en Cataluña por los mismos gobiernos de Madrid".

Por su parte el escritor el escritor Madariaga, que nunca quiso dar una mala imagen exterior de su país, escribía:

"No puede ser obra del azar, el que las explosiones de las bombas anarquistas coincidieran invariablemente con momentos en que los nacionalistas catalanes daban señales de particular vitalidad, provocando con ello medidas represivas que redundaban principalmente en contra de los intereses nacionales catalanes."

Y el mismo atribuye la desaparición de los atentados durante la dictadura de Primo de Rivera al hecho de que entonces se habían suprimido las actividades del nacionalismo catalán.

Como notaba en 1909 un observador inglés, si se preguntaba a cualquier obrero en Barcelona de donde venían las bombas, este contestaba: "¿No lo sabe? Las fabrican los jesuitas".

"En julio de 1909 tuvo lugar en Marruecos uno de los muchos pequeños desastres originados por la mala organización del ejército español y una columna de tropas resultó aniquilada cuando se dirigía a ocupar unas minas de hierro, cuya concesión había obtenido el conde de Romanones. Para reemplazarla el Ministerio de la Guerra recurrió a los reservistas de Cataluña. Los reservistas eran hombres casados de las clases trabajadoras, pues en España no se movilizaba a nadie que pudiera pagar la pequeña suma requerida para rescatarse del servicio militar. Hubo dramáticas escenas en la estación en el momento de partir las tropas; al día siguiente la población estaba sublevada.

Lo largo de seis años, Lerroux había estado incitando al populacho al saqueo, al incendio y al derramamiento de sangre. Ahora que había llegado el momento, tanto el como sus compañeros radicales desaparecieron de la escena, pero sus secuaces más jóvenes, los "jóvenes bárbaros" como se llamaban así mismos, marcharon adelante. El resultado fue cinco días de motín, durante los cuales los jefes obreros perdieron el control de sus hombres, y veintidós iglesias y treinta y cuatro conventos fueron incendiados. Hubo muertes de frailes, profanación de tumbas, y extrañas y macabras escenas por las calles en las que ciertos individuos bailaban con las momias de las monjas desenterradas".

"El motín fue reprimido duramente por La Cierva. Ciento setenta y cinco obreros fueron muertos en las calles, y siguieron otras ejecuciones. Entre las víctimas cayo Francisco Ferrer, anarquista teórico que había fundado un establecimiento de enseñanza, La Escuela Moderna. No parece que hubiera tenido nada que ver con el levantamiento, pero se le consideraba el instigador del atentado de su discípulo Mateo Morral, contra Alfonso XIII, y se aprovechó esa ocasión para librarse de él. Aquello constituyó un error político, pues Ferrer era muy conocido fuera de España y su muerte causó una impresión que en vida había hecho poco él por merecer.

El gobierno de Maura cayó y tal fue la aversión que se creó entorno a su nombre que tuvo que abandonar la jefatura de su partido; pasaron casi diez años antes de que él y de La Cierva pudieran volver a participar activamente en la vida política. Uno de los efectos de los sangrientos acontecimientos de Barcelona fue la ruina del partido radical. Lerroux cambió sin gran pesar su tribuna de madera y su camisa abierta por el confortable sillón y la pechera almidonada de la plutocracia".

Federica Montseny escribía a su amigo Tarrida el 13 de julio:

"Lo que está ocurriendo aquí es algo sorprendente. En Barcelona ha estallado una revolución social y ha sido iniciada por el mismo pueblo. Nadie la ha instigado. Nadie la ha dirigido. Ni liberales, ni nacionalistas catalanes, ni republicanos, ni socialistas, ni anarquistas".

 "Los siete años siguientes (1909-1916) representan un pausa en la historia de España. Los anarquistas estaban ocupados organizando una nueva sindical, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), imitación de CGT francesa, y rival de los socialistas. Los nacionalistas catalanes asustados por los recientes desmanes estaban quietos. El frente unido Solidaridad Catalana, se había dividido a causa de la cuestión religiosa, y la Lliga, aunque con menos entusiasmo, se había convertido una vez más en la única representación seria de las ambiciones catalanas. Pero había sido momentáneamente apaciguada con un nuevo programa de tarifas aduaneras que daba a Cataluña el completo monopolio del mercado anterior, y una moderada ley de descentralización (la Ley de Mancomunidades), que después de interminables discusiones en las Cortes, fue aprobada por decreto en 1913."

El ejército y la lucha sindicalista en Barcelona (1916-1923).

"Teniendo en cuenta las circunstancias que atraviesa la nación,
lo más conservador que se puede ser es ser revolucionario"
Francisco Cambó.

La guerra europea causó una profunda impresión en España. La opinión estaba dividida de acuerdo con las líneas clásicas del país: el ejército, la Iglesia, la aristocracia y los terratenientes eran, con raras excepciones, germanófilos; los liberales, los intelectuales, los partidos de izquierda y los grandes industriales de Barcelona y de Bilbao, partidarios de los aliados. El rey consiguió mantenerse en equilibrio entre ambas zonas de opinión, y hasta el final de la guerra unos y otros le consideraron como suyo.)

Por otra parte el país se estaba enriqueciendo a una velocidad vertiginosa. Al terminar la guerra la mayor parte de la deuda industrial y nacional se hallaba amortizada y las reservas de oro del Banco de España aumentaron de 23 a 89 millones de libras esterlinas. Pero como se trataba de un país enfermo y desunido ("invertebrado" como decía Ortega y Gasset), el primer resultado de este fortalecimiento de la economía fue incrementar la potencia de cada uno de sus órganos para luchar por separado contra los demás.

Alfonso XIII era ya un hombre de edad madura y con experiencia. Su inclinación precoz por los cambios políticos se había convertido en el deseo, por completo consciente, de gobernar sin Parlamento. ( ) Pero el rey tenía más talento y, cuando se lo proponía, más simpatía personal que el Káiser, su modelo. Su habilidad política era realmente excepcional, aunque por desgracia carecía de toda comprensión y de toda preocupación por lo que se refería a los intereses reales de los españoles. Su actitud, como la de muchos grandes, educados por institutrices extrajeras, y par quienes el mundo se limitaba a París, Biarritz y Madrid, correspondía a la de un príncipe extranjero llamado a reinar sobre un pobre, bárbaro y desgraciado país. Como decía uno de los médicos de la corte: "¡El rey se siente tan entusiasmado con España!".

"Solo yo y la "canalla" estamos a favor de los aliados", era uno de sus dichos que llegó a ser famoso". Ningún otro rey se hubiera atrevido a referirse de este modo a la mayoría de sus súbditos - en la que entraban tanto la clase media como la masa de trabajadores -, "la canalla". Pero Alfonso era hombre impresionable y mimético, y había hecho suyas las maneras y los puntos de vista de la deplorable clase social entre la que se había criado.

El acontecimiento que precipitó la crisis inevitable fue la constitución, en la primavera de 1917, de las "juntas de defensa", o sindicatos de oficiales del ejército.) "Los oficiales del ejército - dice Salvador de Madariaga - tomaron en sus manos el arma que esgrimían los obreros sindicalistas, y volvieron contra el Estado la fuerza misma que el Estado les había confiado". El primer objetivo de estas juntas, no obstante, no dejaba de ser razonable: se trataba de determinar los abusos que habían arraigado dentro del propio ejército (sic) y como cualquier otra organización obtener y un aumento de sueldo para sus componentes.

Las juntas obligaron al gobierno a dimitir y en junio del mismo año forzaron al jefe del nuevo gobierno, Dato, a aceptar su ultimátum y darles estado legal.

Las juntas, en el primer momento, semejaban parte del movimiento de renovación que agitaba aquel verano España en toda su extensión y cuyos objetivos eran librar al país del corrompido régimen político y convocar unas Cortes libremente elegidas que le diesen una nueva Constitución. A la cabeza de ese movimiento se hallaban los fabricantes catalanes de la Lliga bajo la jefatura de Cambó, los industriales de Oviedo y Bilbao bajo la de Melquiades Alvarez y el Partido Socialista. En el mes de julio, los miembros de ambas cámaras del Parlamento que favorecían esta corriente (71 de un total de 760) se reunieron en Barcelona y anunciaron que la asamblea se consideraría en sesión permanente con objeto de preparar el camino a unas Cortes constituyentes elegidas por votación libre. La asamblea fue prohibida por el gobierno, pero continuó reuniéndose en secreto". (Como se puede ver, una vez más, se fraguaba en Cataluña el principio de un nuevo desastre histórico, la divina e irresistible tentación del resplandor de lo inmediato).

Era un momento crítico en la historia de España. Los grandes industriales del país, aliados a los socialistas y otros partidos de izquierda se colocaban en actitud revolucionaria frente al gobierno. no se trataba ya de una mera cuestión de regionalismo catalán o vasco; lo que se ventilaba era si habrían de ser los propietarios de las fábricas del norte o los latifundistas de Castilla y Andalucía quienes llevasen el peso de la dirección política de la nación: cuestión análoga a la decidida un siglo atrás en Inglaterra por la Reform Bill. Los burgos podridos ingleses de 1832 tenían su equivalente en el caciquismo español de 1917. Para Cambó no se trataba únicamente de la autonomía de Cataluña. Se había hecho el portavoz de la demanda de una regeneración de España, gobernada por hombres a la moderna, decentes y eficaces, que intentasen un serio esfuerzo por resolver los problemas económicos fundamentales del país. No le importaba que esto se llevase a cabo bajo una monarquía o bajo una república federal.

En este momento, el factor decisivo era el ejército. Tanto los partidarios de la renovación como el propio rey estaban tratando de atraérselo.)

En tan delicado momento sobrevino una huelga de ferroviarios de la Compañía del Norte, encuadrados en la sindical socialista, la UGT. La huelga estaba a punto de encontrar una solución, cuando el gobierno, que trataba de provocar una crisis general antes de que el movimiento en gestación cobrase demasiada importancia, se negó a aprobar los términos del acuerdo. El Partido socialista recogió el guante que le lanzaban y ordenó la huelga general (a pesar de las indicaciones en contra de Pablo Iglesias que, viejo y enfermo, había sido desplazado en influencia por el joven Francisco Largo Caballero). Los anarquistas por su parte, más bien de mala gana, se unieron a ella. El 10 de agosto de 1917 comenzó la huelga.

Tan esperanzados estaban que se decía que Lerroux contaba con ser, en el plazo de una semana, presidente de la República. Pero las tropas fueron movilizadas y utilizaron sus ametralladoras contra los huelguistas. La huelga terminó a los tres días, dejando un balance de setenta muertos, centenares de heridos y dos mil presos. Se estimó que las tropas se habían conducido bárbaramente y por ello las juntas perdieron toda la popularidad que habían adquirido entre el pueblo, como enemigas del gobierno; pero el ejército "había salvado al país" y a partir de aquel momento se convirtió, junto con el rey, en el único poder efectivo. Cambó había entendido siempre que con el ejército enfrente no había revolución posible, y como tampoco, como banquero e industrial, deseaba ver triunfar la revolución de las clases medias mediante una huelga general, se inclinó del lado del rey y la asamblea de la renovación ya no tuvo gran cosa que hacer.

Para evitar la dictadura militar, ya que las nuevas Cortes no eran manejables, se constituyó un "gobierno de concentración" formado por los jefes de todos los partidos: Maura, Romanones, Cambó, Santiago Alba y otros. Pero este gobierno, aparte de conceder la libertad a los jefes socialistas que habían sido condenados a cadena perpetua - Largo Caballero, Besteiro, Saborit, y Anguiano -, no consiguió ningún avance notable.

A partir de entonces, la única solución parecía ser una dictadura militar. Como Maura dijo: "Que gobiernen los que no dejan gobernar". El rey no quería dar todo el poder a las juntas, sino gobernar a través del ejército, pero el final de guerra con la victoria de los aliados y la caída de varios tronos en Europa le hicieron poner freno a sus aspiraciones. Aunque siguió velando por la decadencia de los viejos partidos. Resultado de ese proceder fue que años más tarde, cuando cayó Primo de Rivera, no hubo un solo político que le apoyara.

La escena se traslada de nuevo a Barcelona. La negativa de la Lliga a apoyar la huelga general la había desacreditado ante los ojos de muchos de los que la sostenían. La burguesía rica se hallaba más dispuesta que antes a contentarse con el pacto secreto que, según frase de Cambó, habían sellado Barcelona y Madrid; pacto que convertía a Castilla en tributaria económica de Cataluña, y a Cataluña en tributaria política de Castilla. En materia de tarifas aduaneras, y en general en todas las cuestiones económicas, Madrid dejó ahora las manos libres  a Cambó. Y así fue como la Lliga, que siempre había sido un partido conservador, se hizo más clerical y reaccionaria, y perdió simpatías y votos, mientras surgieron nuevos partidos catalanistas que se orientaban hacia la izquierda. Estos partidos fueron los que más tarde se fundieron para fundar Esquerra, partido de las izquierdas de Cataluña, bajo la dirección del coronel Macià.

Entretanto, los conflictos y luchas que tan mala reputación habían dado a Cataluña en el extranjero empezaron de nuevo. Y una vez más, como en la etapa 1906-1909, su origen resultaba complejo.)

En la práctica, no obstante, hay que distinguir entre dos elementos actuantes: el uno, los nuevos sindicatos, que englobaban a la gran mayoría de los trabajadores bajo la dirección de sus jefes Pestaña y Seguí, y que eran opuestos a la acción violenta; el otro, los grupos anarquistas, más o menos disidentes, que seguían aún aferrados a las ya superadas teorías de la acción individual. De estos últimos se nutrieron los centros de acción terrorista, como réplica a la actuación de la policía.

Pero los patronos, por su parte, se habían organizado también. La industria de Barcelona, con excepción de las empresas extranjeras, poco numerosas, se mantenía en un estadio primitivo; no existían grandes factorías, sino un gran número de pequeños talleres que competían unos con otros de la manera más anárquica.). Llegó 1914 y las federaciones patronales celebraron un congreso que trazó un definido plan de acción, y en la época a que nos estamos refiriendo, temerosos de la actitud cada vez más agresiva de los sindicatos obreros y del inmenso y alarmante crecimiento del número de sus militantes, decidieron dar la batalla a la CNT mediante un lock out. Siguiendo el estilo habitual en España, empezaron para ello a preparar el terreno movilizando agentes provocadores.)

Las condiciones de Barcelona en 1918, eran especialmente apropiadas para el desarrollo de bandas criminales. La ciudad, finalizada la guerra europea, se había convertido en refugio de delincuentes de toda índole. Un tal Bravo Portillo jefe de una organización de espionaje que había sido encarcelado unos meses, culpable de haber informado a los alemanes de la salida de unos barcos españoles, que fueron torpedeados, fue reclutado con su banda de pistoleros por el capitán general Milans del Bosch (las cloacas del Estado) y por la patronal. Cuando cayó asesinado en represalia por el asesinato del jefe sindicalista Pablo Sabater, fue sustituido por otro aventurero/espía alemán que se hacía llamar el barón Koenig, que esta vez fue reclutado por el general Arlegui, jefe de policía de la Capitanía General y por el marqués de Foronda, uno de los dirigentes de la Lliga e íntimo amigo del rey. Su misión consistía en quitar de en medio a los jefes sindicalistas y en provocar a la clase trabajadora a una revancha que obligara a suspender las garantías constitucionales; lo que reduciría a nada los poderes del gobernador civil, enfrentado con el gobernador militar, haciendo a este el hombre preponderante de Barcelona, para que pudiera llevarse a efecto el lock-out.)

Tales eran las circunstancias cuando se abrió la lucha entre sindicatos y patronos. En febrero de 1919 se declararon en huelga los obreros de la importante compañía eléctrica Riegos y Fuerzas del Ebro, generalmente conocida como La Canadiense. La respuesta a la huelga, esencialmente pacífica, consistió en encarcelar a los jefes sindicalistas, declarar la ley marcial y militarizar a los huelguistas. El jefe del gobierno, Romanones, que no estaba de acuerdo con esa determinación del capitán general, llegó a un acuerdo con los huelguistas, pero este se negó a liberar a los sindicalistas y al día siguiente se declaró la huelga general. Fue una huelga pacífica, pero los militares detuvieron a gran número de personas y dictaron sentencias de hasta mil setecientos años de prisión - sentencias que, naturalmente no se cumplieron. El resultado de la huelga quedó indeciso, ni sindicalistas ni patronos pudieron atribuirse el éxito. Pero al día siguiente Milans del Bosch ponía en el tren, enviándolos a Madrid, al gobernador civil Montañés, y a su jefe de policía, Doval. Ante tal acto de violencia, Romanones dimitió y Maura entró a formar gobierno cediendo a la insistencia del rey (abril de 1919).

(Maura se había hecho viejo y no consiguió mejorar la situación. Le sucedió Sánchez Toca pero el gobierno cayó, a pesar de sus intentos de mejorar la situación en Cataluña. Tras su dimisión le sucedió un gobierno débil y los patronos encontraron la situación, esperada desde hacía tiempo para declarar el Lock out).

Se detuvo a muchos sindicalistas; fueron suspendidas las garantías constitucionales, y al mismo tiempo se inició una serie de asesinatos seguidos de otros de réplica. Esta situación se prolongó durante todo el invierno, hasta que en marzo de 1920 se constituyó un nuevo gobierno conservador presidido por Eduardo Dato.

Dato intentó una política de apaciguamiento, pero desencadenadas ya las pasiones, en ambos bandos, esto no fue posible. Los patronos pretendía que la CNT - central sindical a la que pertenecían el 80% de los trabajadores - fuese disuelta y que sus líderes fueran fusilados. El nuevo Gobernador; Carlos Bas, consiguió desarticular la banda de asesinos dirigida por Koenig, pero la patronal contaba con otros terroristas, uno de los cuales lanzó una bomba en el "Pompeya", un café atestado de trabajadores. Bas tuvo que dimitir al enfrentarse abiertamente con el capitán general, y el gobierno nombró a Martínez Anido, pero las cosas no cambiaron y los atentados de uno y otro lado continuaron. En dieciséis meses cayeron asesinadas 230 personas, extendiéndose por Barcelona y por toda España una ola de histeria. Cambó elogió la actuación de Martínez Anido.

En mayo de 1921, fue asesinado Dato como represalia por los atentados contra los sindicalistas catalanes. Dato fue el tercer jefe de gobierno asesinado, en el espacio de veinte años, en venganza de las atrocidades policíacas. En marzo de 1923, cayó asesinado en las calles de Barcelona el líder sindicalista Salvador Seguí, y poco después, como represalia, el cardenal obispo de Zaragoza. No llegó a restaurarse la paz hasta el advenimiento de la Dictadura, con la prohibición tanto de los sindicatos anarcosindicalistas como de la Lliga y de todo vestigio de nacionalismo catalán; y al mismo tiempo con la imposición obligatoria de comités paritarios de patronos y obreros, que tanto unos como otros rechazaban.

El desastre de Marruecos fue el último episodio del viejo régimen parlamentario. El rey estaba ansioso de un éxito espectacular que le permitiera verse libre de una vez del Parlamento. Envió al general Silvestre sobre Alhucemas. El 23 de julio de 1921 la columna de Silvestre fue copada en Annual por las fuerzas rifeñas de Abd-el-Krim. Hubo diez mil muertos, cuatro mil prisioneros y cayeron en su poder todas las armas. Raro fue el que consiguió escapar. El propio general Silvestre se suicidó. Dos semanas más tarde, la posición fortificada de Monte Arruit tuvo que rendirse. Su guarnición, de unos siete mil hombres, fue exterminada y los oficiales, cargados de cadenas, guardados para el rescate. La misma Melilla estuvo a punto de caer.

Durante las investigaciones de aquel trágico suceso se encontró una carta del rey al general Silvestre en la que le ordenaba: "haz como yo te digo y no hagas ningún caso del ministro de la Guerra; que es un imbécil". Una semana antes de que el asunto fuera discutido en las Cortes. Primo de Rivera; nuevo capitán general de Cataluña, se erigió en dictador. Deben hacerse notar dos circunstancias: la primera que el dictador tomo el poder con el consentimiento del ejército pero no en su nombre; la segunda, que el rey, salvado por el dictador de una ignominiosa situación, veíase condenado a algo que le desagradaba en exceso: quedarse en una situación de segundo plano.

De La Dictadura a la República (1923-1931)

La represión del catalanismo, por la dictadura de Primo de Rivera, fue particularmente dura. Había subido al poder con la connivencia de muchos elementos de la Lliga aterrados por los disturbios anarquistas de Barcelona. Lo que no fue óbice para que disolviera la Mancomunidad, forma muy restringida de gobierno regional concedida en 1912, y coartara todo lo posible las libertades de los catalanes. Fue prohibido el uso de la lengua catalana en las escuelas y reuniones públicas, así como en las comunicaciones oficiales y en cualquier anuncio. Tampoco podía hacerse exhibición de su bandera. Incluso la sardana se prohibió y, con infantil virulencia, se seccionaron en dos las placas con los nombres de las calles de Barcelona, escritas en catalán y castellano, quedando la parte en castellano. Las consecuencia de todo esto fue la ruina de Lliga y el que iniciaran su camino hacia el triunfo los partidos de izquierda. El voto arrollador de los catalanes por la república, más que por cualquier otro factor, fue en 1931 lo que dio al traste con la monarquía.

(La dictadura supuso un periodo de paz, de represión de libertades, de ejecución de grandes obras públicas y de gastos desorbitados. Las exposiciones de Barcelona y Sevilla fueron un lujo desproporcionado para los recursos del país y crearon una falsa sensación de prosperidad. La deuda pública se elevó de 15000 a 20000 millones de pesetas y la cotización de la peseta cayó de 33 a 47 con relación a la libra esterlina. No había descendido a un nivel tan bajo desde hacía medio siglo).

"La dictadura no logró el apoyo de las clases medias. No es España un país cuyos sentimientos patrióticos se galvanicen con facilidad en torno a sus gobernantes; los españoles son capaces de levantarse en tromba contra un invasor, simplemente por que su presencia perturba sus vidas, y pueden también aferrarse con frenesí a una idea, pero la adhesión activa a un régimen de gobierno no parece estar dentro de sus capacidades. No existe otro país tan dado a elevar héroes; ninguno, tampoco, más pronto en echar abajo al héroe que no continúa triunfando. Y en España no hay nadie que pueda triunfar y mantenerse mucho tiempo sobre la multitud. Por otro lado, ningún régimen que propugne un mero bienestar material a costa de la libertad logrará dar satisfacción a los españoles".

Tras la caída de Primo de Rivera, Alfonso XIII quedó sin apoyos. El recuerdo del su participación en el desastre de Marruecos y el error por hacer ejecutar a los capitanes, Galán y García Hernández por su rebelión, en Jaca, en favor de la República, hizo inviable sus intentos de restaurar un gobierno constitucional sin convocar elecciones. Convocadas estas, todas las capitales de provincia excepto cuatro votaron por la república, siendo en Madrid y Barcelona donde la mayoría republicana fue abrumadora.

"Así se vino abajo la Monarquía. Niccolò Pascazio, periodista italiano que hizo una viva reseña de su caída, escribió "...una sociedad de socorros mutuos del clero, los militares y la aristocracia, a expensas de todos los demás. Carecía entre la clase media, de todo apoyo".

Y en cuanto la tan traída y llevada fidelidad de los españoles para con sus reyes, era cosa hacía tiempo desaparecida. De los predecesores inmediatos de Alfonso XIII, cuatro, incluyendo en este número a una reina regente, se vieron forzados a abdicar; uno, Fernando VII, solo gracias a las armas francesas había podido mantenerse en el trono, y otro, Alfonso XII, murió muy joven. Desde 1789 ni un solo monarca español pudo disfrutar de un reinado normal".

Tras la victoria en toda línea de la Esquerra de Macià que obtuvo cinco veces más votos que la Lliga, un amplio estatuto de autonomía para Cataluña se había convertido en una necesidad. Ciertamente, el impetuoso coronel había proclamado una República Catalana independiente desde el balcón de la Generalidad, al día siguiente de saberse el resultado de las elecciones. Esto fue rectificado pronto, pero pocos meses después, cuando un bosquejo de estatuto presentado por un comité a las Cortes fue sometido a votación , un 99% de los votos se manifestó a su favor y en septiembre de 1932 fue aceptado, despojado de alguno de sus privilegios. Los prejuicios castellanos contra el estatuto catalán fueron vencidos solamente por la persistencia de Azaña, que se sintió recompensado al comprobar que la República había ganado su más decidido sostenedor en el pueblo catalán.

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La reinstalación (Macià)

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Pero la Esquerra había reemplazado a Madrid en el gobierno de Cataluña. Luis Companys, un abogado que durante muchos años había estado en relación con los anarquistas, fue elegido alcalde de Barcelona, siendo después nombrado gobernador civil. Lo que propició la incesante lucha anarcosindicalista pues las condiciones de los trabajadores y el paro eran lamentables tras la recesión económica originada por la depresión y por el boicot inversor de los bancos, que restringieron créditos, y de los patrono que escondieron capitales empeñados ambos en desacreditar a la República. Los anarquistas se lamentaban de que el gobierno republicano era más tiránico que la dictadura de Primo de Rivera, olvidando el silencio que ésta les había impuesto durante los cinco años que se mantuvo en el poder. En 1932 la FAI proclamó el comunismo libertario en el Alto Llobregat, siendo tomados los edificios públicos en Manresa y Berga y, en algunos lugares, las propiedades agrícolas divididas y repartidas. La tropa sofocó el alzamiento y detuvo a ciento veinte de los más destacados militantes, entre ellos a Durruti y Ascaso, y los deportó, sin previo juicio, a la Guinea española. La violenta agitación que se desató obligó a liberarlos poco tiempo después.

Un año después tuvo lugar otro alzamiento armado en Barcelona, Lérida y Valencia, pero fue un fracaso mayor que el anterior y el gobierno declaró ilegal a la CNT. Pero este sindicato declaró una huelga general de la construcción en Barcelona que duró dieciocho semanas, mientras, por simpatía, la huelga se extendió a Zaragoza, La Coruña, Oviedo y Sevilla. A la muerte de Macià en diciembre de 1933, fue proclamado jefe del partido Luis Companys. El movimiento revolucionario y los desordenes se extendían a varias regiones españolas estallando simultáneamente en Madrid, Barcelona y Asturias.

Durante meses después de la muerte de Macià, se fraguó una lucha entre los grupos que convivían en Esquerra (la pequeña burguesía republicana; el grupo separatista "Estat Catalá" dirigido por Dencás y Badía; el Partido Socialista Catalán, y los "Rabassaires" o partido de los campesinos) que vino a polarizarse en Companys y en Dencás.

El Estat Catalá representaba el fascismo catalán y tenía una pequeña organización militar, los "escatmots", que vestían uniforme verde. Companys se vio forzado, aunque lleno de escrúpulos, a condescender a las exigencias de Dencás de que Cataluña debía aprovechar la primera oportunidad y romper con Madrid. Companys obrando por si mismo habría contado con la CNT. Pero Dencás y Badía, el jefe de la policía, se opusieron a ello rotundamente. La Generalidad controlaba 3400 escatmots y 3200 guardias de asalto, muy poco dispuestos a batirse.

El 5 de octubre de 1935, Companys, con voz débil y vacilante, proclamó desde el balcón de la Generalidad la independencia del Estado catalán dentro de una República Federal española. A continuación los acontecimientos se sucedieron muy rápidamente. Habían contado con las simpatías del comandante de la guarnición de Barcelona, el general Batet, que era catalán, pero este se mantuvo firme. Dencás no se movió de su despacho y negó su ayuda al alzamiento. Poco después de las diez de la noche, varias compañías de soldados salieron de sus cuarteles y pusieron sitio a la Generalidad. La artillería fue puesta en movimiento y hacia media noche disparó algunos cañonazos. Antes del amanecer del día siguiente el edificio había sido tomado, Companys hecho prisionero y la lucha había terminado. (Poco después cobró fuerza la afirmación de que el alzamiento había sido alentado por Dencás, bajo ordenes de Gil Robles. Este se jactó de esto en las Cortes. Dencás huyó a Italia tras negar ayuda a Companys y despedir, la noche del alzamiento, a sus escatmots). Companys fue juzgado por el tribunal de garantías constitucionales y condenado a treinta años de prisión.

Hacia la guerra civil

Entretanto la huelga de UGT seguía su curso por toda España, los mineros de Asturias se abrían paso hacía Oviedo y se luchaba en las calles de Madrid. La mayor parte de las armas destinadas a Madrid habían sido descubiertas y recogidas un mes antes en Asturias y las restantes no habían llegado. Un plan para volar el Ministerio de Gobernación no pudo ser llevado a efecto. El alzamiento de Madrid fue un fracaso completo.

El fracaso de los alzamientos de Madrid y Barcelona fue vergonzoso; el de los mineros de Asturias fue épico, aterró a la burguesía y enardeció a la clase trabajadora de España. Puede ser considerado como la primera batalla de la guerra civil. Las perdidas en asturias fueron serias: unos tres mil muertos y siete mil heridos, la mayoría de ellos trabajadores. La represión fue levada a cabo por el tercio y por los moros, ordenado su envío por el general Francisco Franco, que había sido llamado por Diego Hidalgo, ministro de la Guerra e importante miembro del Partido Radical, entonces en el poder. El salvajismo de los moros era bien conocido, pero el terror que la rebelión de los 40.000  mineros infundió en las derechas les hizo sacrificar todos sus principios y la Media Luna ondeó sobre una de las tierras donde jamás llegaron sus antecesores. Los legionarios del coronel Yagüe y los moros no solo liquidaron, siguiendo su costumbre, a los prisioneros hechos en el momento de la lucha sino que, días después de sofocada la revuelta, fusilaron a un enorme número de mineros que habían sido encarcelados.

La situación seguía deteriorándose y el 16 de Febrero de 1936, por estrecho margen, ganó las elecciones el Frente Popular. (Las derechas, en las que ahora se incluía la Lliga catalana, obtuvieron 3.997.000 votos; el Frente Popular 4.700.000, y el centro 449.000. A estos deben añadirse los nacionalistas vascos con 130.000. Este partido aunque católico y conservador, daría su adhesión al Frente Popular poco antes de estallar la guerra civil. De acuerdo con la ley electoral de 1932, el Frente Popular dispuso de 267 diputados y la derecha de solo 132).

En consecuencia, el pánico siguió al anuncio de resultado de las elecciones. Las derechas pensaban que socialistas y anarquistas se alzarían en armas. Las izquierdas y con mucha razón, temían un golpe de Estado por parte de las derechas. El primer ministro, Portela Valladares, declaró más tarde que Gil Robles y el general Franco le habían propuesto un golpe militar antes de que se convocaran las Cortes. El presidente de la República encargó a Azaña la formación de un nuevo gobierno. Este promulgó inmediatamente un decreto por el que liberaba a los 15.000 presos del alzamiento de octubre, aunque muchas cárceles habían sido ya abiertas sin que ninguna autoridad se opusiera.

El primer acto de la apertura de las Cortes fue la deposición de presidente de la República, Don Niceto Alcalá Zamora, culpándosele de haber disuelto las últimas Cortes sin ninguna necesidad. Las derechas, que tenían razones más fuertes para detestarle, se abstuvieron de votar. Azaña permitió que su nombre fuera propuesto como Presidente de la República. Además de que el gran hombre ya no era el hombre que había sido y estaba sufriendo una gran desilusión al ver en lo que la República, por la que tanto había luchado, se había convertido, con esta maniobra trataba de impedir que los socialistas formaran gobierno ellos solos, ya que el candidato mejor colocado para presidente del gobierno era Largo Caballero.

Fue elegido el 10 de mayo por una inmensa mayoría con solo cinco disidentes. Las derechas, para demostrar que la República había dejado de existir para ellos, votaron en blanco.

Azaña estaba ansioso por formar un gobierno de unión nacional con Indalecio Prieto a la cabeza, pero Largo Caballero recorría España enardeciendo a los trabajadores. En junio, cuando un golpe militar parecía ser inminente, tuvo una entrevista con Azaña y pidió que se entregara armas al pueblo. Azaña rechazó la petición, estaba empeñado tanto en impedir una dictadura de izquierdas como de derechas.

El 13 de Julio se conoció la noticia de que Calvo Sotelo había sido asesinado por un grupo de  socialistas disfrazados de policías, en represalia por el asesinato de un compañero suyo por los falangistas pocos días antes.

El 17, el ejército de la zona española en Marruecos se alzó ocupando Ceuta y Melilla. El gobierno aún tenía tiempo de actuar. El ejército podía ser disuelto y se podían entregar armas al pueblo. En lugar de esto se publicó una proclama diciendo que nadie, absolutamente nadie, debía tomar parte en este absurdo complot. Aquella tarde, los oficiales de las guarniciones se alzaron en casi todas las ciudades de España. Solamente en la noche del sábado del 18 se dio la orden de entregar armas al pueblo. Aún en aquel momento, algunos gobernadores se negaron a obedecer.

El resultado de la guerra fue decidido por la ayuda extranjera. Mientras había poco para elegir entre la competencia o incompetencia política y militar de ambos lados, casi todo el sostén de masas, entusiasmo y espíritu de sacrificio, estuvieron de parte de la República. Los falangistas demostraron ser una simple Guardia de Hierro indisciplinada e irresponsable. Para el espíritu de cruzada de Franco solo pudo contar con los carlistas. Pero, la ayuda alemana e italiana fue mucho más poderosa que la de Rusia y por esa razón las fuerzas de Franco obtuvieron la victoria".

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"En una república, en que unos se ven atiborrados de riquezas
y otros faltos aun de lo más necesario,
no puede haber paz ni felicidad."
Juan de Mariana, de rege et regis institutiones, 1599.
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El Laberinto Español (portada)
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Los nacionalismos y el Terror
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YEGEN, "En Busca de Gerald Brennan"


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