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DIOMEDES
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DIOMEDES, hijo de Tideo y de Deifile, fue el héroe favorito de Atenea (Minerva para los romanos) y su protegido. Diomedes participó en la expedición de Le Epigone contra Tebas. Más tarde sucedió a su abuelo Adrasto como rey de Argos y se unió a Atenea ejército griego en la guerra de Troya. En las huestes griegas, Ajax y el Tidida Diomedes destacaron como los mejores luchadores, fueron innumerables troyanos los que cayeron bajo su enorme vigor y el poder de sus armas. Eneas estuvo a punto de morir a manos de Diomedes, pero su madre, la diosa Afrodita (Venus), se incorporó al campo de batalla y le tomo entre sus brazos. Diomedes, que nunca sintió especial respeto por los dioses del Olimpo, fue tras ella y le hirió en una mano. Afrodita lanzó un terrible grito, dejo caer a Eneas y llorando de dolor regresó a la morada de los dioses. Apolo acudió en auxilio de Eneas y, envolviéndole en una nube, le hizo desaparecer de la vista del enardecido Diomedes y le condujo a Pérgamo, donde Artemisa (Diana) curó sus heridas.

La batalla continuó, y Diomedes, que seguía haciendo estragos en las filas troyanas, se enfrentó a Hector. Pero advirtió que el dios de la guerra, Ares (el Marte romano), luchaba, transfigurado en mortal, junto a Hector. Al ver la mancha de Icor (la sangre de los dioses) en el dios asesino, Diomedes gritó a los griegos para que  retrocedieran, despacio y sin dejar de plantar cara a los troyanos. Cuando Hera (Juno), hija de Cronos (Saturno), vio lo que estaba ocurriendo, se dirigió velozmente al Olimpo, fustigando con vigor los caballos uncidos a su carro de oro. Una vez allí pidió autorización a Zeus (Júpiter) para sacar de la batalla a Ares, y Zeus, que nunca sintió especial aprecio por su sanguinario hijo, le autorizó, diciendo: "Ea, aguija contra él a Atenea, que impera en las batallas, pues es quien suele causarle más vivos dolores."

Hera descendió con rapidez al campo de batalla y comunicó a Atenea (Minerva) los deseos de Zeus. Esta, situándose detrás de Diomedes, le alentó a castigar sin consideración al terrible Ares. Con sus palabras alegró el corazón de Diomedes que se abalanzó hacia el dios y lanzándole su broncinea pica le hirió en un costado. Un grito aterrador surgió de la garganta de Ares un grito de tal volumen que ocultó el de todos los combatientes, griegos y troyanos. Ares, ayudado por Atenea, voló al Olimpo. Una vez allí fue reprendido duramente por Zeus, mientras Peón restañaba la herida por la que sangraba abundante Icor y las diosas le ofrecían vino. Los troyanos, sin la ayuda del dios, se vieron forzados a retroceder.

Odysseus (Ulises y Penélope)
Diomedes también acompaño a Odiseo (Ulises) en la aventura nocturna de asalto a la ciudad de Troya para robar el "Palladium", la antigua figura de la diosa, venerada por los troyanos más que ninguna otra. Se dice que Diomedes, más tarde, condujo la efigie de la diosa hasta Argos.
Cuando finalizó la guerra de Troya, Diomedes regresó a su tierra y descubrió que su esposa Egiale le había sido infiel (la griegas eran facilonas y las troyanas también, veasé La Manzana de la Discordia). Abandonó Argos y viajó al sur de Italia, donde se dedicó a la buena vida y fundó varias ciudades, entre ellas Brindissium (Brindisi) y Arpus Hippium (Arpi).

Y ahora oigamos a mismísimo Zeus abroncando a Ares tras el ataque de Diomedes y su regreso al Olimpo. Conozcamos las escenas previas a la gran bronca, según palabras de Homero en La Iliada:

Zeus (Júpiter) Diomedes a Atenea - "Te conozco, oh diosa, hija de Zeus, que lleva la égida. Por esto te hablaré gustoso, sin ocultarte nada. No me domina el exánime terror ni flojedad alguna; pero recuerdo las órdenes que me diste. No me dejabas combatir con los bienaventurados dioses; pero si me indicaste que si Afrodita, hija de Zeus, se presentaba en la pelea, debía herirla con el agudo bronce y así lo hice. Pues bien: ahora te obedezco y retrocedo. He mandado que los arguivos (griegos y sus aliados) se replieguen aquí, porque comprendo que el dios Ares impera en la batalla."

Atenea a Diomedes- "Diomedes Tidida (hijo de Tideo) carísimo a mi corazón no temas a Ares ni a ninguno de los inmortales; tanto te voy a ayudar. Ea, endereza los solípedos caballos hacia Ares, hiérele de cerca y no respetes al furibundo dios, a ese loco voluble y nacido para dañar, que tanto a Hera (Juno)  como a mi nos prometió combatir contra los teucros (troyanos y sus aliados) en favor de los arguivos (griegos y aliados - Argos) y ahora está con aquellos y de sus palabras se ha olvidado."

Apenas hubo dicho estas palabras, asió de la mano a Esténelo (el auriga), que saltó diligentemente del carro a tierra. Subió la enardecida diosa, colocándose junto a Diomedes, y el eje de encina crujió porque llevaba a una diosa terrible y a un fortísimo varón. Atenea (Palas Minerva), asiendo con fuerza el látigo y las riendas, guió los solípedos caballos hacia Ares; el cual quitaba en aquel instante la vida al gigantesco Perifante, preclaro hijo de Oquesio y el más valiente de los eolos. A tal varón mataba Ares, manchado de homicidios. Y Atenea se puso el casco de Plutón, para que el furibundo dios no la reconociera.

Diomedes lanza la bronzínea pica contra Ares (Marte)

Cuando Ares, funesto a los mortales, los vio venir, dejando al gigantesco Perifanes tendido donde la matara, se encaminó hacia el carro del divino Diomedes, domador de caballos. Al hallarse a corta distancia, Ares, que deseaba acabar con Diomedes, le dirigió la broncínea por encima del yugo y las riendas; pero Atenea, cogiéndola y alejándola del carro, hizo que aquel diera el golpe en vano. A su vez Diomedes, valiente en el combate, atacó a Ares con la broncínea pica, y Atenea, apuntándola a la ijada del dios, donde el cinturón le ceñía, hirióle, desgarró el hermoso cutis y retiró el arma. El férreo Ares clamó como gritarían nueve o diez mil hombres que en la guerra llegaran a las manos; y temblaron amedrentados, arguivos y teucros. ¡Tan fuerte bramó Ares, insaciable en el combate!

Cual vapor sombrío que se desprende de las nubes por la acción de un viento abrasador, tal le parecía a Diomedes Tidida el férreo Ares cuando, cubierto de niebla se dirigía al anchuroso cielo. El dios llegó en seguida al alto Olimpo, mansión de las deidades; se sentó, con el corazón afligido, a la vera de Zeus (Júpiter, el Saturnio Jové); mostró la sangre inmortal que manaba de la herida, y suspirando dijo estas airadas palabras:

Ares "¡Padre Zeus! ¿No te indignas al presenciar tan atroces hechos? Siempre los dioses hemos padecido males horribles que recíprocamente nos causamos para complacer a los hombres; pero todos estamos airados contigo, porque engendraste una hija loca, funesta, que solo se ocupa de acciones inicuas. Cuantos dioses hay en el Olimpo te obedecen y te acatan; pero a ella no la sujetas con palabras ni con obras, sino que la instigas, por ser tu el padre de esa hija perniciosa que ha movido al insolente Diomedes, hijo de Tideo, a combatir, en su furia contra los inmortales dioses. Primero hirió a Afrodita en el puño, y después cual si fuese un dios, arremetió contra mi. Si no llegan a salvarme mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir horrores entre espantosos montones de cadáveres, o quedar inválido, aunque vivo (los dioses nunca mueren), a causa de las heridas que me hiciera el bronce."

Mirándole con torva faz, respondió Zeus, que amontona las nubes: "¡Inconstante! No te lamentes, sentado a mi vera, pues me eres más odioso que ningún otro de los dioses del Olimpo. Siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas, y tienes el espíritu soberbio, que nunca cede, de tu madre Hera, a quien apenas puedo dominar con mis palabras. Creo que cuanto te ha ocurrido lo debes a sus consejos. Pero no permitiré que los dolores te atormenten pues eres de mi linaje y par mí te parió tu madre. Si, siendo tan perverso, hubieses nacido de algún otro dios, tiempo ha que estarías en un abismo más profundo que el de los hijos de Urano (ver La Creación y La Manzana de la Discordia" )

Esto dijo Zeus, y mandó a Peón que le curara. Este le sanó, aplicándole drogas calmantes; que nada mortal en él había. Como el jugo cuaja la blanca y líquida leche cuando se le mueve rápidamente con ella; con igual presteza curó aquél al furibundo Ares, a quien Hebe lavó y puso magnificas vestiduras. Y el dios se sentó al lado del Saturno Jové, ufano de su gloria.

Hera arguiva y Atenea alalcomenia regresaron también al palacio del Gran Zeus, cuando hubieron conseguido que Ares, funesto a los mortales, de matar hombres se abstuviera."

AQUILES
 

Epílogo y final:

Como es sabido Homero escribió estos textos unos 800 años antes de nuestra era y es curioso comprobar con que claridad reconoce jerarquías, privilegios y las castas sociales, así como el jugeteo prepotente de los "Amos del Universo" con los humanos, nobles sí, pero humanos, ¡vamos! los del montón, las mayorías silentes y pacientes.

Diomedes (un Outsider) consiguió herir al caprichoso, injusto y sangriento Marte, pero lo hizo con la autorización del gran jefe de los dioses y diosecillos y con  la ayuda de dos de ellos, de su protectora Hera y de Atenea. Está claro que para triunfar, contra uno de los poderosos, el más fiero e irrazonable, no le bastó a Diomedes con su habilidad en el combate, ni con su vigor y fortaleza. Y así es la vida, la vida misma.

¡¡¡¡REFLEXIONAD!!!!
Diomedes sobrevivió y sobrevivirá a cualquier TROYA y tuvo y tendrá siempre la protección necesaria de algún dios para seguir  escarmentando a cualquier ser, divino o humano,  cruel e injusto que quiera abusar de los hombres de bien.
 
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