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El Corán – Comentarios

Por Arturo Rodríguez de MIñón 



Para una persona nacida y educada bajo el cristianismo, la ardua tarea de analizar los contenidos del Libro sagrado del Islam es un reto inexcusable. Comparar, sin graves prejuicios, el cristianismo y el islamismo es una tentación en la que muchos eruditos se han ocupado durante siglos con mayor o menor acierto. Hacerlo desde la perspectiva del hombre de la calle no es tan complicado como pudiera parecer. Pues manifestar opiniones sencillas  y nada retorcidas es un lujo que cualquiera puede permitirse. Los grandes debates teológicos o filológicos solo han complicado las cosas y alimentado la capacidad humana de imaginar, elucubrar y filosofar sobre lo sobrenatural al margen de las evidencias científicas y la razón. El progresivo avance de la ciencia ha desmitificado muchas creencias religiosas, pero no ha conseguido que el ser humano deje de ser un animal religioso en el fondo de su esencia. La cuestión está en que las religiones dan consuelo, orientación moral y explicaciones que son necesarias para mantener la cohesión social de aquellos que no están dispuestos a ejercer con plena libertad su capacidad de raciocinio y  prefieren abrazar la fe religiosa sea esta del signo que sea.

 

Las religiones han sido siempre un importante factor para frenar la innata tendencia animal del hombre al dominio de su entorno y de su prójimo mediante la fuerza bruta. Napoleón, hijo y ferviente defensor de la Ilustración, decía sin ningún rubor “Se puede prescindir de Dios, pero no de la religión”. 

 

Se han construido credos de todo tipo como reguladores de convivencia y en el fondo de todos ellos habita lo que podríamos llamar “La moral natural”. Eso no ha impedido que las religiones, salvo raras excepciones, hayan sido utilizadas como herramientas de poder o contrapoder durante la historia del dominio del hombre por el hombre y como factor, a veces imprescindible, para la expansión o consolidación territorial de los pueblos de las diversas civilizaciones que son o han sido en este mundo.

 

Entre el total “sometimiento a Dios” o a los mensajes de sus profetas y representantes terrenales y la voluntaria aceptación de la “declaración universal de los derechos del hombre” existe un abismo profundo. Es el abismo entre la fe religiosa y la razón. Ni la razón ni los derechos del hombre han demostrado todavía que la ira y la agresión entre humanos puedan ser erradicadas y sigan siendo una constante en la civilización actual. Sin embargo, si puede ser cierto que la humanidad ha tomado conciencia de su capacidad de autodestrucción  y de la fuerza que “la razón” en las sociedades abiertas puede ejercer, para tratar de evitar males mayores, mediante el ejercicio de las libertades individuales y colectivas.

 

Pero no olvidemos que la libertad en las sociedades democráticas es un concepto abstracto, ya que solo significa que uno es potencialmente libre de hacer lo que le venga en gana, pero sin traspasar los límites establecidos. Sus características más particulares son la libertad de expresión y de asociación para la defensa de intereses comunes. Uno es auténtica y plenamente responsable de sus actos. Traspasados los límites acordados por la propia sociedad democrática de la que forma parte, el individuo puede ser castigado. La democracia también puede ser considerada como el sistema de la tiranía de la conciencia colectiva. Conciencia que puede ser manipulada por la habilidad e influencia de poderes y grupos difícilmente identificables. Al tratarse, la democracia, del supuesto gobierno del pueblo por el pueblo no hay escapatoria ni rebelión posible contra el sistema. Todo esto implica que parte del pueblo, no siempre ni necesariamente mayoritaria, puede imponer sus leyes sobre la otra parte. Un sistema que, como toda obra humana es, todavía, imperfecto y muy vulnerable ante los que atentan contra él o desvirtúan con la práctica política su esencia. En su vulnerabilidad reside su fuerza.

 

El imperativo del “sometimiento a Dios” no ha sido nunca otra cosa que el ocultamiento de la mano del hombre en la elaboración unas leyes basadas en tradiciones o costumbres que tratan de imponerse al prójimo mediante la prédica del temor al castigo que un ser todopoderoso puede ejercer sobre el hombre, bien sea ese ser todopoderoso Dios, Yahvé, Eloim, o Alá. Ese ser cuya existencia cierta se presupone y cuya esencia se sigue desconociendo a pesar de toda la rica e inmensa mitología creada de la que hemos tenido conocimiento a lo largo de la historia de la humanidad.

 

Unas leyes que de ser observadas garantizan a los creyentes la felicidad en este mundo o en el más allá, así como predicen terribles males para los que no las cumplen y para los descreídos y apostatas. En todo esto, siempre ha estado presente la voluntad de dominio por los más hábiles oportunistas, profetas y líderes religiosos y políticos, sobre las masas difícilmente gobernables de otra forma. Premio y castigo son los fundamentos para la imposición de las leyes y para el “debido” control y mantenimiento del orden social de las masas que habitan la Tierra.

 

Esto es norma común, tanto en las teocracias como en las democracias laicas. La gran diferencia entre unas y otras es la ausencia del reconocimiento de la mente del hombre en el origen de las leyes para las primeras y, por el contrario, el absoluto reconocimiento de las manos y acción del hombre en las segundas. Del sometimiento a la ley de Dios se ha pasado en gran parte de nuestro mundo al sometimiento a la ley del hombre hecha para si mismo y administrada por el dios Estado, un ente perfectamente alcanzable, reconocible, controlable y vulnerable, progresivo sustituto del inalcanzable e indiscutible legislador divino que los hombres han recreado a su imagen y semejanza para reforzar la credibilidad de sus normas y de su poder para imponerlos. Muchos seres humanos seguirán siendo fervientes creyentes e incluso fanáticos de las divinidades y sus supuestas leyes y preceptos, pero deben someterse al poder terrenal del estado laico que representa al auténtico dios hecho hombre. El hombre el único dios verdadero al que el hombre debe respetar y amar sobre todas las cosas para alcanzar la paz en este valle de sangre y lágrimas al que ninguna generación desde Adán y Eva ha sido ajena.

 

En grandes áreas del planeta ya no es necesario invocar a los dioses por los poderes terrenales para contener a los hombres y marcar sus derechos y obligaciones, premios y castigos. De esta forma, se ha iniciado la implantación de una verdad que nunca debió ser otra. La esencia de Dios, sea cual fuere, está impresa en cada partícula del universo así como en la esencia de la energía que las anima o destruye en un espacio tiempo sin límites conocidos. Entre los seres vivos, por poco racionales que puedan ser, las leyes o preceptos de la naturaleza que les corresponde han sido impresos en su ADN. Este fue el auténtico código que el creador, cuya esencia real trasciende el conocimiento humano, transmitió para la supervivencia y evolución de las formas de vida. Código que incluye las normas morales que los profetas y sus seguidores  han tratado de interpretar, transmitir y remodelar durante milenios con incompleto y discutible éxito.

 

Desde que el hombre empezó a dar al hombre lo que es del hombre y a Dios lo que es de Dios, las sociedades han progresado según se avanza en el respeto de los derechos del hombre. Cuando estos lleguen a aplicarse en todo su contenido se conocerá la paz mundial. Mientras la intolerancia religiosa o el radicalismo, en gran parte responsables de la intolerancia política y viceversa, siga existiendo, la causa religiosa será uno de los principales impedimentos para la convivencia pacífica de los pueblos.

 

Mientras algunas naciones o colectivos sigan vulnerando los derechos del hombre por ideologías religiosas o políticas la paz no será posible. Mientras existan líderes “mesiánicos” o político religiosos en busca de tierras prometidas para su pueblo, pero que traicionan los derechos del hombre, el mundo será un infierno terrenal que puede llegar a su propia destrucción por la demencia o fanatismo de unos pocos. No más profetas, no más dictaduras religiosas o políticas. Todos debemos conocer y asumir los errores de nuestros antecesores para no repetirlos, y la triste historia de la humanidad que se culminó en el siglo XX, el más violento y cruel de los vividos por el hombre hasta nuestros días, debe tratar por todos los medios de convertirse en una feliz historia.

 

No cabe duda de que las religiones nacieron con el hombre, la necesidad de explicarse la gran cantidad de fenómenos que no controlaba ni conocía no le ofrecía otra alternativa. La necesidad de protección les forzó a crear una mitología cada vez más compleja y toda una serie de ritos para tratar de comunicarse con seres invisibles que consideraban superiores. La capacidad de autosugestión y la predisposición a lo sobrenatural son cualidades del ser humano, cuya identidad y potencial físico y mental se ha ido y sigue descubriendo, son característica comunes a todos. Las mayores sensibilidades desarrollan en mayor medida, esas capacidades, creyéndolas poderes sobrenaturales que les permiten hablar en nombre de los dioses como enviados del más allá. Alrededor de estos iluminados siempre ha existido una corte de seguidores dispuestos a construir nuevos reinos terrenales por voluntad divina o a dominar con su verdad los reinos en este mundo, destruyendo o transformando los poderes preexistentes. No cabe duda de que muchos profetas consiguieron sentar las bases del triunfo de sus ideologías y que sus fieles seguidores fueron durante generaciones los amos temporales de numerosos territorios y de la voluntad de millones de almas.

 

Todas las religiones son resultado evolutivo de las que les precedieron o influyeron por ser contemporáneas y del sincretismo de corrientes de pensamiento que convivieron durante su gestación. ¿Cómo consiguieron imponerse algunas de ellas y llegar a la actualidad? Es una cuestión que solo puede responderse desde una visión mercantilista o de marketing, supieron crear un líder espiritual haciendo apología de sus virtudes y de un supuesto e innovador mensaje de inspiración divina y siempre se afirmaron mediante la descalificación o apología negativa de la competencia. Supieron satisfacer y adaptarse, progresivamente, a la demanda de su potencial mercado, eligiendo los mejores canales de distribución y divulgación. Crearon grandes alianzas o se mimetizaron o hicieron con el poder político, fueron permeables a sus intereses contribuyendo a la integración social y modernizaron o reinterpretaron el mensaje original a lo largo de su historia sin dejar de innovar y sofisticar su contenido en función del avance intelectual de su público (los creyentes). E, inexorablemente, terminaron recurriendo a la fuerza bruta. Directa o indirectamente, emplearon la violencia, primero para extender su mercado, después para mantenerlo. Cuando traicionaron esas reglas quedaron estancadas, fueron rechazadas o desparecieron en la noche de los tiempos.

 

La ciencia y la razón, poderosos competidores de muchos credos religiosos, han llegado a desterrar muchos mitos, pero no ha sido suficiente para explicarlo todo racionalmente y terminar con las religiones, ni con la sensación de desamparo que su ausencia genera en muchas almas. La cuestión es saber hasta que punto una práctica religiosa cuando se mantiene como ideología comunitaria y de masas puede servir para desviar la mirada del hombre de su prójimo y desembocar en graves enfrentamientos entre diferentes sociedades o culturas. La espiritualidad religiosa debería llegar a ser algo íntimo para el que lo necesite, pero nunca algo que imponer a los demás. Nadie es infiel por no aceptar la ideología ajena, ni nadie merece castigo por ello. Se es infiel a la humanidad cuando se atenta contra el prójimo y su libertad o cuando se permite y tolera impasible su esclavitud. Solo es lícito el castigo cuando el uso de la libertad es contrario a los Derechos del Hombre y libre es el hombre de elegir entre el premio o el castigo que se deriva de sus acciones. Premio o castigo que no solo ejerce la sociedad, sino también la propia y recta conciencia, pues la tolerancia a las acciones humanas debe tener unos límites que de ser traspasados ponen en grave riesgo la ya compleja y poco estable convivencia humana.

 

Todo libro sagrado o tradición religiosa existente ha sido obra de los hombres y de su inspiración y conocimiento de las tradiciones o historia de su pueblo, en un gran esfuerzo por recoger lo esencial y dictar las leyes o preceptos que a su juicio deben marcar las conductas de la humanidad para una eficaz convivencia social. Es cierto que todo libro sagrado es atribuido a la inspiración divina que algunos privilegiados, los profetas, recibieron de Dios directamente o a través de su seráfica corte. La revelación divina es el sello que legitima, por tanto, todo texto sagrado y han sido los hombres sabios o los iluminados por la gracia divina los que se han encargado de su reelaboración y transmisión a lo largo de los tiempos. Lo que nadie debe dudar es que los textos o mensajes originales, como todo escrito o transmisión oral, han sufrido e incorporado innumerables correcciones, adaptaciones y añadidos o interpretaciones según la época y los intereses del poder y de los sometidos al mismo.

 

Además, las múltiples copias y traducciones también han colaborado en la progresiva modificación de los originales. Como ejemplo, cualquiera puede comparar dos traducciones castellanas actuales de la Biblia o del Corán, dos best seller internacionales, para advertir que si bien, siendo tolerantes, el fondo o los contenidos no difieren sustancialmente, las frases y palabras si lo hacen y de forma, a veces, alarmante, siendo cada traductor un interpretador más o menos hábil del texto que traduce. Siendo esto así, cabe preguntarse ¿qué queda en realidad de los originales en los textos sagrados que han llegado a nuestro tiempo?. ¿Fueron totalmente fieles a los originales las legiones de copistas preimprenta o añadieron algo de su propia cosecha en la soledad de sus monasterios y conventos?

 

El Corán, el Libro  Sagrado

 

El Corán es considerado el libro sagrado del Islam. Adapta viejas tradiciones milenarias preislámicas, especialmente de las más arraigadas en el siglo VII como eran las judeo cristianas recogidas en el Talmud y en la Biblia. Mahoma y sus seguidores las hacen suyas mediante la curiosa interpretación atribuida al profeta, que, según cuentan los eruditos, nunca fue un gran conocedor de aquellos textos. (“La verdad es como un mismo río del que toman sus aguas los pueblos que atraviesa”)

 

También recoge los numerosos mensajes recibidos de Alá por Mahoma, entre los años 612 y 632, a través del ángel Gabriel. El texto actual fue redactado en árabe muy puro unas décadas después de su muerte (632) por orden del tercer califa Utman (644-656). Se presenta dividido en 114 capítulos (suras o azoras) y cada capítulo se subdivide en versículos o aleyas que suman un total de unos 6.200. El Corán no solo fue un libro sagrado guía espiritual y política sino que también supuso la unificación de la lengua árabe, factor clave para el desarrollo con éxito de cualquier nacionalismo.

 

Uno de los principios de los juristas y sabios musulmanes fue el mantener, en cada copia posterior en  árabe, desde su primera edición alrededor del año 650, el número de letras (323.631) y palabras (77.934). Se considera que esta medida contribuyó eficazmente al mantenimiento del contenido en su pureza o versión original. Esto no significa que no hayan existido y existan cientos de interpretaciones diferentes de los diferentes mensajes contenidos en el libro sagrado. Así como, numerosas traducciones a otras lenguas que pueden haber desvirtuado el sentido original de los mensajes. Este hecho, por un lado es garantía de autenticidad de las sucesivas ediciones y por otro hace difícil su lectura y comprensión.

 

Aunque el Corán (recitación) es el corazón y alma del Islam un texto para ser recitado una y otra vez que, incluso, es memorizado por aquellos que desean destacar en la comunidad islámica (umma). Existen otros documentos canónicos (hadices) que recogen los supuestos dichos y hechos del profeta, importante factor en la mitificación del profeta por sus seguidores, pero que se encargaron de dar por ciertos una serie de hombres sabios al seleccionar una pequeña parte de los cientos de miles que estaban en circulación solo dos siglos después de muerto Mahoma. Se dice que los hadices seleccionados o canónicos, más respetados por el islam, podrían ocupar un libro de cinco mil páginas. Además el mundo islámico cuenta con una abundante literatura que se han generado durante siglos para divulgar, interpretar y espiritualizar o intelectualizar el mensaje original de Mahoma. Hecho éste, común a todas las religiones que cuentan con profetas y con libros sagrados.

 

El Corán, no respeta la cronología de las revelaciones y agrupa en cada azora un número de versículos relacionados o que forman un mismo tema. Para cualquier ingrato (infiel) como yo, la lectura crítica del libro resulta pesada y, a veces, decepcionante por la insistente reiteración de las mismas ideas o mensajes. Muchos de los cuales son simples amenazas al infiel de un tono como el siguiente:

 

  “…les espera un castigo cruel”. “…les espera un doloroso castigo, porque han tratado de embusteros a los profetas”. “¡Ay! Cometen desórdenes, pero no lo comprenden”.

“Dios se reirá de ellos…irán errantes e inseguros de un lugar a otro”.

“Poco falta para que el rayo los prive de la vista…¡Oh hombres!, adorar a vuestro Señor al que os ha creado…¡Temedme!. “Temed el fuego preparado para los infieles…”

 

El dios de Mahoma es el mismo y terrorífico ser de las escrituras que a su vez puede ser el más misericordioso para todo aquel que reconoce su ceguera ante la Verdad, única y absoluta. La amenaza del fuego eterno y de crueles castigos en vida al ingrato con Dios es una letanía permanente. Inspirar temor en el creyente o descreído es todo un decidido objetivo y la principal herramienta elegida, junto con Ley del Talión y la Yihad, como factores de peso en su proselitismo. Por otro lado, para comprender gran parte de los mensajes del Corán es aconsejable estar algo enterado de la historia del profeta, de las tradiciones preislámicas del medio oriente y de los violentos hábitos en el desierto árabe de tiempos de Mahoma.

 

Conviene añadir que Mahoma, como “último profeta”, no crea una religión sino que, siguiendo la  línea de su principal y respetado antecesor, Jesús de Nazaret, acepta gran parte de la tradición judeo cristiana anterior al nazareno, la resume, modifica o interpreta a su manera, le da un buen número de retoques y añade lo que considera necesario para unir a las tribus de Arabia y dirigir a su pueblo como la nueva comunidad elegida para mantener y extender la pureza del mensaje divino y la única religión verdadera, el Islam. Los musulmanes le consideran un reformador de la religión judeo cristiana y de otras tradiciones semíticas y árabes, monoteístas y politeístas, corrompidas con el paso del tiempo por los hombres. De ahí, que los islamistas rechacen que su religión sea llamada mahometanismo, puesto que nace con Adán, Noe, Abraham e Ismael y una larga lista de personajes bíblicos. Incluso atribuye a Abraham e Ismael la construcción de la Kaaba en la Meca. Cristianos, judíos e islámicos nacen de un tronco común, pero el pueblo de Israel quedó anclado en sus errores y “condenado” a errar eternamente, mientras cristianos y musulmanes se repartían el poder político y religioso en el mundo conocido, aunque siempre enfrentados y dispuestos a evangelizase mutuamente.

 

“…Dios ha enviado un  libro verdadero (El Corán), y los que disputan respecto a él, producen una escisión que los pone muy lejos de la verdad”( Sura II, 171).

 

“Los que ocultan a los hombres parte del libro enviado de arriba, y compran así un objeto de valor ínfimo, llenan sus entrañas de fuego. Dios no les dirigirá la palabra el día de la resurrección y no los absolverá. Les espera un doloroso suplicio.”(Sura II,169).

 

“La piedad no consiste en volver vuestras caras hacia Levante o Poniente. Piadoso es el que cree en Dios y en el día final, en los ángeles y en el Libro, en los profetas; el que, por el amor de Dios, da de su haber a sus semejantes, a los huérfanos, a los pobres, a los viajeros y a los que piden; el que rescata a los cautivos, el que hace oración, el que da limosna y cumple los compromisos contraídos, y el que es paciente en la adversidad, en los tiempos duros y en los de violencias. Estos son justos y temen al Señor”. (suraII, 172).

 

Tratando de concluir, Mahoma fue un hábil líder religioso, político y militar que integró a su pueblo ¡Oh árabes!  bajo un credo común y le dio un libro sagrado del que surgió toda su renovada cultura y su fuerza. Un pueblo que conocería la gloria terrenal en una fulgurante expansión militar, política y cultural similar a la de los imperios que le precedieron.

 

Hoy, muchos de los 1.200 millones de musulmanes recuerdan las glorias terrenales pasadas y la dilatada época de esplendor económico y cultural que se empezó a agotar en el siglo XVII. Siguen integrados en una gran comunidad religiosa con graves disensiones internas y bajo una nueva gran presión ejercida por el occidente judeo cristiano. Un occidente que les tuvo bajo control a partir de finales del siglo XVIII y hasta mediados del XX.

 

A pesar del tímido resurgir en el siglo XIX y en la época de la posterior descolonización, la “maldición del oro negro” y la teocracia endémica les tiene sumidos en una gran crisis política, social y económica que alimentan el fanatismo religioso y un terrorismo que bajo el nombre de la Yihad islámica ha conseguido atemorizar y desestabilizar de nuevo oriente y occidente, tras el final de la guerra fría. Millones de emigrantes islámicos conviven con americanos y europeos en los países occidentales en una continua y visible diáspora, que mantiene intacta su práctica religiosa y hábitos sociales, mientras construyen aceleradamente mezquitas y escuelas coránicas y procrean a un ritmo muy superior al de los occidentales. Esta puede ser la suave colonización de un occidente que nunca llegaron a alcanzar plenamente durante los tiempos de gloria del pasado. Esperemos que la libertad, la tolerancia de las sociedades abiertas, los derechos del hombre y el consumismo les hagan integrarse en los países que les acogen, en lugar de tratar de imponerse a ellos.

En los escritos del Mar Muerto figura el siguiente texto:

Otro escrito de Qumrán (1Q27:9-10) dice:

¿No odian todos los pueblos la maldad? Y sin embargo todos marchan de su mano. ¿No sale de la boca de todas las naciones la alabanza a la verdad? y sin embargo ¿Hay acaso un labio o una lengua que persevere en ella? ¿Qué pueblo desea ser oprimido por otro más fuerte que él? ¿Quién desea ser despojado abusivamente de su fortuna? Y sin embargo ¿cuál es el pueblo que no oprime a su vecino? ¿Dónde está el pueblo que no ha despojado la riqueza de otro?".

 

Aunque al revisar el tratamiento de estos temas, parece claro que los rollos de Qumran no fueron escritos por los cristianos, es imposible sostener que no tienen nada que ver con el cristianismo primigenio, cuyo camino indudablemente fue allanado de alguna forma por los esenios.

Este es el tiempo de preparar el camino en el desierto (4Q258)

Se separan de en medio del domicilio de los hombres de iniquidad, para marchar al desierto para abrir allí el camino de Aquel. Como está escrito: "en el desierto, preparad el camino de ***, enderezad en la estepa una calzada para nuestro Dios" (1QS VIII Lucas 3:2-11)

Pues los cielos y la tierra escucharán a su Mesías, y todo lo que hay en ellos no se apartará de los preceptos santos. ¡Reforzaos, los que buscáis al Señor en su servicio! ¿Acaso nos encontraréis en eso al Señor, todos los que esperan en su corazón. Porque el Señor mirará a los piadosos y llamará a los justos, y sobre los pobres posará su Espíritu, y a los fieles los renovará con su poder. Pues honrará a los piadosos sobre el trono de la realeza eterna, liberando a los prisioneros, dando la vista a los ciegos, enderezando a los torcidos. Por siempre me uniré a los que esperan. En su misericordia Él juzgará y a nadie le será retrasado el fruto de la obra buena.; y el Señor obrará acciones gloriosas como no han existido, como Él lo ha dicho, pues curará a los malheridos, y a los muertos los hará vivir, anunciará buenas noticias a los humildes, colmará a los indigentes, conducirá a los expulsados y a los hambrientos los enriquecerá.

 

 

Arm 20.11.07


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